Diario inédito de un relator apócrifo

Las crónicas de Cádiz (Cap. XLVII)

  • Resumen capítulo anterior: La lectura del Diario de Madrid sobresaltó a Fray Damián que no se resigna a creer que los españoles han sucumbido ante la presencia francesa. Del mismo modo que aumenta su odio al observar a los hombres que están contribuyendo con su esfuerzo a la ruina de nuestro país en vez de oponerse abiertamente, aunque pierdan en ello la vida.

Como una losa soporto en mi cabeza las idas y venidas con el fraile, un fraile cada vez más descontento y excitado que se arriesga en las entregas de individuos que pasan por Santa Ana hasta Sancti Petri. Consigo estar junto a él sin ocasionarle más presión que la que soporta, camino a su vera, le acompaño y escucho todo lo que dice. Aprendo de su capacidad de aguante, de su ilusión por la lucha, de su valentía y del ímpetu que demuestra en sus acciones. Su forma de hablar, el coraje de sus palabras se enquistan en mis oídos, despiertan mis ansias de venganza, sobretodo porque me hacen extrañar más a María, más el dulzor de las calles gaditanas, el agua clara de sus aljibes, el aire fresco de la bahía, las calles salteadas de arena en los días de levante.

Al amanecer, como si el día no tuviera suficientes horas, viene a buscarme con el carro preparado; sabe que escribo cuanto dice, que redacto y fijo en este nuevo diario las ofensas que salen de su boca. Me cree preparado para lo que de mí ha dispuesto y hoy me ha llevado a un lugar secreto donde moran otros oradores ocultos, donde la imprenta guardada me espera para hacer patente mis palabras, para reproducir y lanzar por los pueblos nuevas proclamas, nuevos papeles de lealtad al rey Fernando que aviven los sentimiento patrióticos de los hombres y mujeres ya presos de los franceses, de los que, faltos de libertad, han perdidos las esperanzas.

Marismas y más marismas acompañan los andares de nuestro carro. Despunta el alba y fray Damián parece dormido. Pocas tierras de labor, algunos olivos y árboles frutales saltean los caminos, sobretodo en el cortijo de Guerra. Llegando al pueblo donde el movimiento de tropas era grande se percibía el trabajo de los molinos de harina, como el de Don Blas y la Goyena. Lo más que sabía de Puerto Real era la función del Trocadero, esa porción de tierra y monte bajo que penetra en las aguas de la bahía, destruida, en la que ahora se trabaja intensamente para su reconstrucción. Llegan aquí profusamente y hacen terrible daño los proyectiles lanzados desde el Puntal, cuyos destrozos se mezclan con los salados, las palmas y los lentiscos que antes lo cubrían todo, justo detrás la cortadura hecha por los hombres de Alburquerque, y que ahora bien sabe Dios qué será de ellos.

Normalmente íbamos solos los dos y aprovechábamos el transcurso de nuestros paseos para intentar arreglar las malas hazañas de estos enemigos. Sin embargo hoy el silencio lo dominaba todo, sólo la humedad de la mañana, ciertamente desapacible, me inquietaba.

Parecía tener claro dónde íbamos, la iglesia de San Sebastián aparecía al final de la calle de la Palma; encalada de un blanco reluciente despuntaba en el cielo nuboso que empezaba a cubrirlo todo. Las tropas francesas deambulaban por las calles recogiendo provisiones para llevar al campamento de la Algaida. Los hombres ya viejos y cansados que quedaban en el pueblo marchaban en una triste procesión hacia el pinar, donde talarán los hermosos árboles ante la necesidad de madera.

Tal y como había ocurrido en todos los lugares que había visitado con el fraile, el respeto que se le profesaba era digno de admiración. Franceses y españoles le trataban con tal rectitud que parecía ser el mando supremo de ambas fuerzas contendientes. Dominaba los lugares a donde se dirigía, la gente de a pie besaba su mano y el rosario que colgaba de su cintura como si se tratase del mismo pontífice.

Bajo la sacristía había una tosca puerta cerrada a cal y canto. Le bastaron un par de golpes precisos para que se abriera. Dentro, mi vida recobró el aire que había necesitado todos estos días. Una máquina de impresión funcionaba frenética de forma continua. El olor de la tinta, el ruido de la máquina grabando los tipos y el papel cayendo hacia la mesa donde se amontonaba me recordaron los días de trabajo intenso y tranquilo de mi periódico en Madrid, aquellos días en que el trabajo era sólo una rutina necesaria para sobrevivir. Cientos de libros estaban expuestos en las estanterías de madera pobre. No había orden en su colocación, estaban dispuestos de forma desorganizada, incluso amontonados sobre algunos bancos viejos y rotos de la iglesia, que, de forma improvisada, servían de repisas y de mesas. Imagino que fueron traídos de forma apresurada, quizás temiendo la llegada de las tropas ocupantes decidieron esconderlos, buscar un lugar secreto donde poder seguir al tanto de la ciencia, al tanto de los avances, al corriente del impulso de los hombres ilustrados.

Allí sentado en un pequeño confesionario inservible y destartalado estaba sentado un hombre de mar, un hombre de rostro triste y rotundo cuyas manos soportaban los dedos quebrados de una segura artritis. Un hombre que sostenía una pequeña pipa de tabaco en la boca, mientras que me miraba intentando reconocerme.

Alonso de Rivera era uno de esos hombres que siempre creyeron que la imprenta y el descubrimiento de América eran las dos acciones más importantes que habían conseguido los hombres en toda su historia. Trasladarse a América como miembro de las expediciones científicas que avalaron las monarquías europeas desde principios del siglo anterior, el XVIII, le había supuesto no sólo ver el mundo, sino que por su amor a la imprenta, a la edición de libros y a la encuadernación de estos, había tenido la posibilidad de escribir, publicar, encuadernar y lanzar al mundo cuanto había visto. Había sido discípulo de Antonio de Ulloa, nacido en la Isla y fallecido hace ya algunos años, lo que le supuso vivir al lado de uno de los mejores hombres de ciencias de este siglo, que durante más de veinticinco años estuvo en tierras americanas. De este hombre aprendió el uso de la imprenta, conoció el magnífico papel de Capellades, los metales más convenientes, los matrices para fundirlos, la tinta más duradera con la que escribir sus más audaces descubrimientos, aquellos magníficos trabajos de los que ahora Alonso presumía, como la circulación sanguínea en la cola de los peces, las reliquias del diluvio universal en los Andes a modo de conchas y moluscos en las alturas montañosas, el uso de la resina, de la canela.

Apenas hablaba, pero fray Damián, hasta ahora callado, quiso que yo supiera bien de quién se trataba mientras sacaba de los estantes y de los bancos uno tras otro los libros de los viajes y expediciones de estos hombres valientes y de espíritu abierto y arriesgado. Los fósiles, animales, minerales, rutas, vientos, corrientes, aguas, costumbres, vida cotidiana, nada escapó a la curiosidad de estos hombres; el que quedará plasmado en el papel de sus obras era el ejemplo más claro de lo que se pretendía de mí. Ulloa había logrado escribir más de cuarenta obras, producto de su nivel científico y su amistad con Jorge Juan. Alonso de Rivera dominaba la imprenta, había sido compañero fiel de Ulloa en sus viajes y ahora, escondido y asustado por los derroteros políticos de la patria, quería usar el poder de su implacable trabajo para hacer oír la voz de los débiles. Suya era la mecánica y mías deberían ser las palabras.

Diego de Uztariz. Continuará

03153017

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