Diario inédito de un relator apócrifo

Las crónicas de Cádiz (Cap. XLIII)

  • Resumen capítulo anterior: En un carro de heno, atraviesa Chiclana el fraile y Diego hacía la ermita de Santa Ana, donde a diario, celebra misa para las tropas extranjeras que sirven al ejército francés. Allí, se abre ante sus ojos un túnel por donde Fray Damián libera a los presos españoles, recibe correspondencia y papeles de la España libre.

LOS ejércitos polacos y franceses son mejores en los campos de batalla, el campo abierto es el escenario natural en el que mejor saben defenderse, las grandes contiendas les benefician. Están mejor armados, sus líderes son más expertos, sus estrategias de combate más definidas y devastadoras. Pero no son nadie ante las temibles guerrillas españolas que les hostigan, les impiden las requisas, que siembran de miedo y terror con una crueldad a veces extrema su existencia. Los guerrilleros les privan del sueño, la vigilia es continua, les hace estar de forma permanente en alerta, siempre escasos de aprovisionamiento, la mayoría de las veces, hambrientos, deambulan por las tierras españolas. Fray Damián conocía a estos hombres extranjeros que, sin pertenecer al ejército francés, estaban obligados a servirle, sabía que estos hombres habían tratado una y otra vez de frenar el comportamiento cruel y asesino de la tropa gala.

Dalaki era uno de esos hombres, un oficial polaco al servicio de Bonaparte que, sentado en la primera fila de la ermita, se preparaba recogido para recibir la comunión de manos del fraile. Ha sido mucho el horror que han presenciado estos hombres, un horror que se acentúa con el miedo que sienten al pertenecer a un ejército invasor, sobre todo sintiéndose católicos. Cuando los polacos llegaban los primeros a las ciudades conquistadas organizaban guardias para que no se cometiesen excesos, pero cuando llegaba la infantería francesa ese orden se acababa, todo era victima del pillaje y de la blasfemia, algo intolerable para un hombre de fe. Ver soldados borrachos vestidos con las ropas litúrgicas, bebiendo vino en los cálices bendecidos, escupiendo en las hostias, destrozando las imágenes e iglesias, violando monjas o asesinando a los sacerdotes se escapaba del razonamiento de lo puramente bélico y entonces eran los que odiaban más a estos franceses que les habían hecho venir a una tierra extraña.

Cuando Fray Damián escucho decir a Dalaki ¿Cómo la nación española no va a tener motivos para jurar venganza a los franceses? entendió que había encontrado un aliado entre los enemigos, un enemigo capaz de justificar la actuación de aquellos hombres salvajes de las guerrillas capaces de cortar orejas y lenguas, sacar los ojos y arrancar las vísceras y las venas.

Mi asombro continuó durante toda la eucaristía, ver aquellos enemigos de tez clara y de pelo dorado doblegar su espalda ante la bendición del fraile me hizo comprender que, sin Dalaki, mi carta nunca hubiera llegado a María. Quizás no saben con seguridad qué es lo que hace este grupo que se aventura a poner hombres en libertad y mandar correspondencia a la zona española, pero lo permite, desconoce la minuciosidad de los actos, pero los olvida cada vez que comulga, como si entre católicos el ser enemigos no contase. En todos los ejércitos los hay, como los hay en general en la vida, aquellos hombres que apoyan las atrocidades y los otros que las evitan.

Mientras ayudaba a Fray Damián a quitarse el alba recordé aquellos días de Zaragoza, cuando la ciudad cayó y los aragoneses fueron forzados a cruzar el río y, exhaustos , a punta de bayoneta, llevados a Bayona por Pamplona y Fuenterrabía. Aquellos hombres valientes que lloraban temiendo no volver nunca más a pisar tierra maña y veían morir a sus hijos de disentería. Fueron sólo los soldados polacos los que se apiadaron de sus vidas y socorrieron sus almas, haciendo lo posible por evitarles el sufrimiento. Me quedaba claro qué clase de soldados son éstos y las razones de peso que hacían que se confiara en ellos.

La ermita quedó vacía y una enorme angustia invadió mi garganta, sentí una pena inmensa por la guerra, por los días no vividos cerca de los seres amados, por los días sin juego de los niños tristes, enfermos y abandonados; estos niños y aquellos, los de los otros lugares del mundo donde se pelea, aquellos lugares donde han quedado huérfanos de padres soldados. Ya sabía el porqué de la confianza depositada en ellos y la libertad con la que se movían los que se atrevían a socorrernos, ahora quedaba preguntar al fraile por qué confiaba en mí, por qué se había atrevido a que yo viera todo esto, a que participara abiertamente en su lucha activa.

Muchas veces algunos de los redactores de Madrid discutimos sobre la visión que estos hombres extranjeros tendrían de España y de los españoles, considerándonos hombres orgullosos y altivos que, cuando se sienten ofendidos, se emplean con vehemencia en su venganza. Hombres de las clases bajas, que a veces de cuchillos y navajas dejan resueltas sus rencillas mientras que las clases más altas acuden al duelo y al sable. Extranjeros que odiaban el brasero por el dolor de cabeza que llegaban a producirles, que amaban el cuerpo menudo y gracioso de las españolas, que se asombraban del uso de la bota de vino y de los botijos, y a los que les encantaba la sopa hecha con tomates, pan, sal, ajo, cebolla y aceite, a los que sorprendía la falta de agua en las fuentes y la existencia de los miles de aguadores por las calles.

A las afueras de la ermita veía el mar coronado por una lengua de arena que asomaba lánguida aproximándose al castillo de Sancti Petri. La marea vacía daba la sensación de ser muy fácil pasar hacia la otra orilla, cruzar hacia la batería de Urrutia, donde los cañones disparaban de forma tajante y violenta. Las olas tibias llegaban hasta la orilla que, plagada de fragmentos de las batallas, parecía herida y maltrecha. La vida de los barcos de pesca estaba extinta, nadie se atrevía a pescar y navegar en esta zona. Sólo las lanchas de la marina vigilan el caño mientras los soldados de uno y de otro lado están alertas, tan cerca que pueden contemplarse sin cuidado, tan cerca que de tantos días frente a frente se conocen, asumen sus movimientos y en la vigilancia continua se hacen fuertes. Al final del caño el puente de Suazo, donde fui hecho preso, donde acabaron mis días de libertad.

Los polacos

Los Mamelucos

03153017

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