Diario inédito de un relator apócrifo

Las crónicas de Cádiz (Cap. XXXIX)

  • Resumen capítulo anterior: Diego de Ustáriz se ha convertido en escritor de cartas y confesor de los secretos de los hombres que presos añoran volver a la España libre. Cada historia que escribe, como la de los artilleros de la armada, son historias llenas de dureza y dramatismo, escenas comunes de la guerra. Los días pasan y la falta de noticias le hace perder sus fuerzas.

DOS onzas de tocino, cuatro de arroz, algo de menestra y a falta de tocino menudo o despojos era nuestra comida, la misma que la de los soldados rasos franceses, una al mediodía y la otra al atardecer. Nos despertábamos a golpe de diana y el toque de retreta lanzaba a los soldados hacia sus tiendas mientras que nosotros, que andábamos en una situación mezcla de presos y trabajadores, éramos puestos en filas para el recuento y llevados a las salas del hospital improvisado.

La mañana trajo a aquel hombre robusto y apuesto de pelo anillado, ojos absolutamente negros y porte de caballero medieval. Si no hubiese sido por su hábito de fraile jamás hubiera pensado que su vida estaba entregada a Cristo. No superaba mis años, andaba con prestancia y en sus ademanes había un claro acicalamiento de hombre de letras, formado en bibliotecas y archivos, dedicado a los libros y sabedor de ciencia y cultura. No era un ser corriente, apareció detrás de una de las sábanas que a modo de cortinas separaba la sala de infectados de la de herido. Un golpe seco le hizo aparecer por la fingida puerta; la hermana Consuelo hizo un gesto señalando mi persona y, decidido, vino a mí. Puso su largo brazo sobre mi espalda acogiéndome en un profundo acercamiento y susurró en mis oídos mí nombre: ¿Diego de Ustáriz?

Escuchar mi nombre en sus labios me conmovió. No sentí mi nombre como el de un preso, percibí mi nombre como en el pasado, cargado de trabajo, de familia, de esfuerzo, de ideales. Fray Damián me llevó afuera, donde apenas amanecía y el canto de algunos gallos rompía el silencio de la mañana. Los hombres se afanaban por llenar los carros de material de guerra, apresurándose por enganchar las mulas para empezar a caminar hacia la línea del sitio. No pude evitar continuar bajo su brazo y me llevó bajo éste hacía la derecha del campamento. Todos le saludaban con respeto, franceses y españoles, a los que devolvía una sonrisa amplia y sincera. Mi cojera, aún bastante notoria, extraviaba el paso que marcaba con ritmo y compás hasta que llegamos frente a un pequeño muro de piedra que, cerca de un molino de marea, se levantaba frente al caño de Sancti Petri. Solo entonces, cuando estuvimos suficientemente lejos y las nubes traían una lluvia fina y limpia que empapaba mi saya blanca, quitó el brazo que me agarraba y volvió a susurrar: Diego de Ustáriz.

Intuí que me conocía, tenía claro que sabía quién era yo y qué hacía en este lugar. Entonces pronunció otro nombre: Quintana. ¿Cómo era posible que alguien dado a las letras desconociera a Quintana? Solo dudaba de cuál había sido el momento, el dato que le había hecho conectar su nombre al mío, cómo había logrado saber que él era la causa por la que yo estaba aquí. Además, no supe en aquel momento si era mejor sincerarme o mentir, no le conocía de nada y, a fin de cuentas, estaba en tierras enemigas.

Sin embargo, las palabras de afecto y de apoyo me tranquilizaron, la hermana Consuelo le había hablado de mí y de mi interés por recuperar mi diario, y fue en ese momento cuando le resulté interesante, cuando se preocupó por buscarlo, lo leyó y comprendió que mi labor no había concluido. Fue muy claro en sus argumentos, sus ideas liberales le habían llevado a luchar en lugares distintos durante los años que llevaba la guerra en marcha, de forma abierta, empuñando armas, llegando a matar por defender la libertad de los españoles. Ahora su estrategia había cambiado, una vez ocupada Chiclana utilizó su destino en la ermita de Santa Ana para convertirse en director espiritual de los presos españoles en territorio francés. Desde entonces, utilizó su posición para alentar y levantar a los pueblos sumidos en el sufrimiento contra los gabachos. Era un espía perfecto, convertido en hombre de confianza de los mandos de la tropa francesa por su inmejorable francés y su talante afrancesado, jugando a dos bandas. Podía acercarse a los presos españoles y procurar que su estancia en este lugar fuera lo menos cruel posible, contando para ello con hermanas y frailes que sabían de su labor y le apoyaban. Por otro lado, por su cercanía a los ejércitos napoleónicos logró enterarse de cuanto sucedía en la zona, transmitiendo la información a los hombres de Alburquerque al otro lado del Puente de Suazo.

El fraile veía en mí, reconoció en mí a través de las páginas de mi diario, una posibilidad para introducir la esperanza en estos pueblos desvalijados, la oportunidad de dar un golpe magistral a través de las letras a las huestes de Víctor. Nunca en las hojas de mi desaparecido diario alardeé de ser valiente, antes bien, sabiéndome cobarde, solo he dominado el arte de la pluma. Carezco del ímpetu del guerrero, no hay en mi alma el fuego pasional que éste necesita para poner su vida en juego y así se lo hice ver reiteradamente. Pero él lo había leído todo y esgrimió mis propias obras para convencerme: mi encuentro con los pueblos aún libres de la bahía, las fábricas de cañones y fusiles, los barcos que entraban en el puerto gaditano, los escritos de la Junta y las denuncias sobre sus injusticias, la falta de alimento, la subsistencia, el poder de los ejércitos que conservábamos, el estado de los caminos, mi compromiso y lealtad con los hombres a los que consideraba justos, mi amor inmenso por María. En fin, me conocía, había violado lo más íntimo que surgió de mis dedos y ahora me tenía en sus manos. ¿Acaso uno no escribe para que alguien pueda leerlo?

Todas las pertenencias de los presos son arrojadas a un barracón, solo queda lo que nadie quiere, lo que no tiene valor, lo demás ni siquiera llega al campamento, en los mismos lugares donde caen los heridos desaparecen sus pobres tesoros, relojes de bolsillo, anillos, cadenas o algo de dinero. Allí estaba mi diario, a nadie le importó, solo fue buscado por Fray Damián cuando mi interés porque la hermana Consuelo lo encontrara despertó el suyo.

La pérdida de las propiedades de la Iglesia, la destrucción de conventos, imágenes religiosas, la violación de monjas y la profanación de tumbas despertaron en estos hombres de Dios un sentimiento de lucha. Eran la fuerza de la beneficencia, como lo venían siendo desde antaño, las manos presurosas para la ayuda y la caridad, la fuerza moral para los ejércitos abatidos, curaban, oraban y daban de comer a los enfermos. Los franceses aprovechaban la fe del pueblo español, su profunda fe, para embaucarlos y seducirlos cuando en el fondo todos sabían de su abierta apología anticlerical y antirreligiosa. No sé qué podía hacer yo en este entramado de espionaje, tenía claro que no era mi capacidad para las armas, que no era mi preparación militar, lo que quería era mi escritura, las letras que escapaban de mis dedos llenas de la ilusión de provocar el desconcierto y la ira. Quería que escribiera, que enarbolara la bandera de la libertad mediante la palabra, que provocara la irritación en las tropas enemigas mediante la publicación de pasquines y escritos subversivos que serían impresos ocultamente por el fraile y los suyos, y llevados por los pueblos en los mismos carretones y por los mismos hombres con los que contaba y que se dedicaban a llevar la oración entre los enfermos y afligidos.

Quise oponerme, negarme era salvar la vida, pensé. Si alguien pudiera sorprenderme y saber que yo era el autor de los libelos, mi muerte sería segura. Estoy vivo, preso pero vivo y creo que unirme a fray Damián para su misión es muy peligroso. Pero, por otro lado, la guerra podía durar mucho tiempo y podría necesitar de su ayuda. A mi primera negativa se violentó, e hizo que me arrodillara haciendo ademán de bendecirme. Algunos cabos franceses andaban cerca y quiso despistarles.

-Diego, voy a devolverte tu diario cuando los panfletos fluyan por los pueblos. Pero si te opones a colaborar en este propósito lo entregaré al Mariscal y que él decida sobre su importancia, aunque yo mismo tenga que traducirlo. También te prometo hacer llegar una carta a tu esposa, aunque no puedas recibir respuesta alguna.

No pude más que asentir con la cabeza asumiendo su bendición como parte de mi condena.

Diego de Ustáriz

Continuará

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