Diario inédito de un relator apócrifo

Las crónicas de Cádiz (Cap. XXX)

  • Resumen capítulo anterior: Alburquerque ha llegado a la Isla de León y ha sido recibido como un héroe. Sus hombres cansados y hambrientos han salvado todos los obstáculos para llegar a este reducto, último lugar libre de la patria. Ha sido perseguido por el enemigo, que ya está apostado en los pueblos de la bahía, es la hora de la resistencia.

Mientras que las rejas de nuestros hermosos balcones y cierros han sido arrancadas de las paredes por necesidades expresas de hierro para la fundición de armas, mientras el ruido estrepitoso de los picos desgajaba la intimidad de nuestras casas, nació nuestro hijo. Apenas su llanto fue lastimoso, comparado con la lánguida tristeza de las cartas y decretos que hoy susurran en las calles de la ciudad. Ni tan siquiera los gritos de dolor de María se oyeron ante el estridente ruido de los carros en las calles, aprovisionando de víveres los pósitos y los almacenes de la aduana, ante el daño irremediable que pueda causar el enemigo en la escasez de alimentos para una población cada vez más cuantiosa.

Todo ha ido bien. Sin llamarle y sin esperar que nadie viniera a socorrerla, cuando aún el sol despuntaba tenuemente entre los alejados pero vigorosos montes de la sierra de Cádiz, se dejó ver por el mundo mi hijo. Teresa, la madre, cercana y presurosa, tenía todo listo. Tan solo despertar el día y la habitación se lleno de vida. Buscamos a Rosario, la comadrona que había asistido a algunas de las señoras que en estos días habían compartido quehaceres con María, y entonces todo fue fácil, todo perfecto hasta la llegada de Eduardo, mi hijo.

Nicolás se paseaba nervioso, bajando y subiendo impulsivamente las escaleras mientras en el ambiente todo era silencio; apenas un beso y salí de la habitación hacía la calle, queriendo parar los hechos, asustado de las continuas explosiones que desde cualquier punto de la ciudad podían escucharse. Era muy temprano, pero la ciudad se sabía sitiada. Fogonazos deslumbrantes salían desde la otra parte de la bahía, y en cada uno de ellos veía peligrar los sueños de mi vida. Era muy temprano, las calles empezaban a poblarse, los aguadores bajaban hacía la plaza de San Juan de Dios, aún con sus búcaros vacios, olía a pan recién hecho, y el trajín de los tenderos y el tintineo de los mulos coincidía con el repique de las campanas a misa.

Subí hasta la sala contigua a nuestro dormitorio. Sobre la mesa los tozales de lienzo blanco, las palanganas de agua, las tibias planchuelas de tela fina, las toquillas de suave lana, las flores secas de lavanda, el agua de toronjil, alfileres y escapularios. La dulce cuna de madera blanca, las sábanas de hilo azul celeste y la pequeña cotilla.

-Solo una mujer puede cuidar de otra mujer, me había repetido continuamente Teresa, cada vez que insistía en que fuera un doctor quien estuviera en el parto de María, -solo una mujer puede cuidar de otra mujer, solo ella puede saber de los trances, dolores y cuidados que hace falta manejar en estos asuntos.

Ya me había resistido a formar parte de esta cultura que considera a la partera una sacerdotisa de la salud, capaz de manejar hierbas, ungüentos y pociones. Yo, ilustrado y aspirante a conocer cuantas teorías nuevas provenían del mundo de las ciencias, finalmente había claudicado y aceptado las palabras de Teresa, quizás más por madre que por mujer. En esto, seguramente, necesite asirme al recuerdo de mi propia madre, aquella hermosa mujer del norte, de bellísimos ojos claros y pelo ondulado, que murió demasiado pronto como para imaginarla ahora. Sin embargo, sus cuidados, sus eternos mimos y caricias en mi infancia, me hicieron entender que las manos de las mujeres son manos especiales para el cuidado, para la protección y la atención.

Durante estas últimas semanas Rosario, la partera, se hizo más presente en nuestra casa, y ya intuía que era la elegida. Nunca he querido inmiscuirme en las decisiones de María, he confiado sinceramente en sus decisiones y actos, y si, finalmente, había decidido que fuera Rosario la que se ocupara en el fin de su gestación, de seguro que era lo más conveniente para ella. Ni mis conversaciones con el doctor Juan de Navas ni las nuevas técnicas que me explicó disuadieron a María de su objetivo, parir en casa, y del modo en el que ella misma había nacido. Solo conseguí que admitiera llamarlo en caso de necesidad, pero, llegado este momento en que todo había ido convenientemente, me alegro de no haber tenido que avisarlo.

Rosario, como digo, en estas semanas había orientado a María en asuntos de higiene y cuidado, insistiendo sobre todo en que no ayunara y en que no durmiera demasiado para evitar malformaciones en la criatura. Sabía hablar y escuchar sabiamente con un concienzudo conocimiento del tema, a pesar, seguramente, de que su preparación académica sería la mínima exigida por los tribunales de protomedicato.

Esta nueva filosofía, que cuestiona las tradiciones, revaloriza el papel de la mujer como madre, como eje de una sociedad cambiante aún subordinada a nosotros, los hombres, al servicio de los hijos, futuros formadores de esta nueva sociedad. Mueren demasiados niños con apenas cumplidos los primeros años de vida, muchas madres en partos improvisados, por eso creo importante que la idea de los médicos de que cuidar y fomentar el cuidado de los niños supone hacer crecer hombres más sanos. Rousseau, al que admiro profundamente como pensador y como escritor de uno de los libros más hermosos sobre la infancia, "Emilio", me ha hecho entender que la mujer encinta es una mujer a la que hay que rendir culto, una mujer capaz de amamantar a sus hijos, capaz de dejar crecer a los niños en libertad y en contacto con la naturaleza, como si la naturaleza le dijera a la mujer, sé mujer y al niño, sé niño.

Cuando entré en la habitación el sol inundaba la cama de María, que, con rostro cansado, depositaba su cabeza entre los almohadones. Su vientre, aún henchido, estaba cubierto con unas sábanas limpias, y un fuerte olor a alhucema se hacía presente en el ambiente. Todo había pasado, el llanto de mi hijo me despertó de mi dulce letargo y allí, en los brazos de mi dulce esposa, reposaba radiante mientras la ciudad estaba en guerra. Rosario volvió a entrar en el cuarto después de sacar los restos del alumbramiento, y estaba atenta a María, observaba si todo iba bien, si había pasado el riesgo de alguna hemorragia mientras tomaba su pulso. Había fajado a María y la incorporaba suavemente en la cama para lo que necesitó de mi ayuda. Acercó a su boca un vaso con vino, yema de huevo y azúcar, para que repusiera fuerzas.

Mi hijo olía a aceite de almendras dulces, almendras envueltas en una mantilla azul cielo.

Seguramente en estos días mi situación en la ciudad cambiará, no puedo quedar impasible ante los continuos bandos de alistamiento y de peticiones de mano de obra para las fortificaciones. Como relator y hombre de prensa necesito contar cuanto pasa, pero como ciudadano impera en mí un sentido responsable de colaborar en las labores que ocupan a mis convecinos y ahora paisanos. Tengo miedo de enfrentarme a las armas, no soy un hombre valiente, y dejar ahora a María y a mi hijo abate mi alma. Sin embargo, sé que mi obligación es otra. Mañana mismo buscaré a Quintana, intentaré vislumbrar en sus palabras lo mejor para mi conciencia, sabré enseguida que le escuche que es lo más lógico y necesario en estos momentos, y entonces actuaré en justicia.

El pecho de María está próximo a la boca de nuestro hijo, no habrá nodriza más atenta y entregada que ésta, su propia madre. Ojalá pudiera parar la guerra, ojalá las andanadas que resuenan en el aire fueran barridas por un fuerte viento de levante, ojalá la suerte continuara acompañando a esta ciudad efímera y guardada entre las olas.

Diego de Ustáriz

Continuará

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