Diario inédito de un relator apócrifo

Las crónicas de Cádiz (Cap. XXXVII)

  • Resumen capítulo anterior: En el hospital provisional del pinar al que llaman de los franceses, Diego de Ustáriz se encuentra preso y convaleciente de sus heridas. La hermana Consuelo es el vínculo que le une a la zona libre de la patria, ese pedazo de tierra que es la Isla de León y Cádiz, donde viven María y su hijo Eduardo

LA FIEBRE AMARILLA

Efectos del mal

Consecuencias demográficas:

Durante una semana no he tenido dónde escribir, las palabras se amontonan en mis labios queriendo escaparse para ser recordadas, pero solo puedo soltar de golpe las de las últimas horas, los últimos instantes, sintiendo lástima y pena por aquellas que rememorarían los hechos de días pasados y que, por cruentos, difíciles y dolorosos, quisiera conservar siempre entre mis recuerdos.

El escribir de forma instantánea los acontecimientos, cosa que me había ocurrido siempre, resultaba alentador para mis lectores. Sé que a Quintana los asuntos de este lado de la guerra vividos en mi persona, contemplándolos desde las mismas camas donde yacen los muertos y heridos de esta guerra, le resultarán oro. Pero no puedo recordar todo como quisiera hacerlo, revivirlo como ha ocurrido, el dolor intenso provocado por la inflamación de mi pierna hizo necesario el sangrar la rodilla todas las mañanas, y el vino y las tisanas provocaron en mí una rara sensación de duermevela, de inconsciencia, que enturbiaba mis sentidos. Cuando tenía mi diario cerca no importaba la humedad fría de los barracones, o la estrechez de la pequeña barca que me llevó hasta Doñana, los mercados, las colleras, los muelles infectados de personas, los hospitales, las fábricas. Sin mi diario, sin aquellos hermosos lápices de grafito hechos de arcilla y rodeados de madera de cedro que María había traído de París, la escritura se hacía imposible. No había logrado ningún otro trozo de lienzo o papel como el de ese primer día en el que desperté del letargo en el que volví a caer en las siguientes horas.

Una semana de inconsciencia, donde los delirios de la fiebre me hicieron vivir en un estado de sueño perpetuo; no sé si lo que recuerdo es real o producto del estado de embriaguez que me provocaban las calenturas, pero de aquellos momentos de lucidez perviven en mi cuerpo las heridas de las sangrías, las sábanas sudorosas apestadas de vómitos, y una terrible sensación de vacío en las tripas, que producían un intenso ruido a hambre que jamás había sentido.

Ahora, un tanto recuperado, mientras la Hermana Consuelo intenta que tome a sorbos un caldo de achicoria fría con trozos de pan tostado, voy recobrando mis fuerzas, mis sentidos, más aún cuando esta monja del cielo ha procurado a mis dedos papel y lápiz para trazar a tientas los recuerdos. Ha sido solícita en mi petición del primer día en que desperté en este hospital de entre los pinares, ha sido presurosa en buscar el modo en que yo pueda recoger lo que percibo, porque ha entendido que mi misión es la de ser redactor de la guerra. La disentería, por el agua pútrida de estos lugares de muerte y la pólvora que contaminó mis entrañas, me ha tenido al borde de la muerte. Me ha cuidado en el aislamiento, en el que junto a otros jóvenes soldados nos tienen en espera de resolver si es fiebre amarilla lo que nos aflige o si son solo estás diarreas que deambulan por cuarteles, hospitales y cárceles. Hoy respira tranquila y nos anima con un cariño intenso a seguir vivos, a recuperar fuerzas y a estar presurosos y atentos a cuantos acontecimientos se están produciendo en esta parte de la patria.

Escuchar hablar de fiebre amarilla, de tifus, me hacía recordar mi primer viaje a Cádiz, cuando sobre las azoteas, hospitales, lazaretos y murallas ondeaban banderas amarillas con un mensaje implícito que todos entendían. Se desplegaba la señal inequívoca de que el lugar estaba siendo devastado por el tan temido vómito negro que en solo cuatro meses recorrió todos los barrios y comisarías de la ciudad.

Era Octubre de 1800, y tras publicarse en El Mercurio de Madrid la cédula por la que se prohibía a los andaluces atravesar la Peña de los Perros, fui mandado a Cádiz como redactor de mi periódico a escribir sobre lo que estaba ocurriendo. Cuando llegué la epidemia estaba remitiendo, aunque el dolor por la muerte de hombres y mujeres pululaba aún por la bellísima ciudad gaditana. Se inició a finales de Julio en el barrio de Santa María y acabó en apenas cuatro meses, con más de siete mil muertos, en su mayoría varones jóvenes y fuertes.

Yo sé lo que es la peste, había entrado en las salas de disección del Real Colegio de Cirugía para ver desde la altura de sus estrados aquellos cadáveres abiertos, putrefactos, sucios de una sustancia negra y con los órganos llenos de lombrices, como gangrenados. Escalofríos, fiebres altas, vómitos de sangre, la ictericia, el pulso frenético, eran síntomas propios de la cruel enfermedad que acaba con la vida antes del octavo día. Sin embargo, yo estaba mejor, la hermana Consuelo lo sabía, para ella la disentería y la infección de la herida de mi pierna eran los causantes de mi mal estado, y no la temida fiebre amarilla. Aunque conozco por ella que hay brotes en la bahía y en algunos pueblos del interior de la provincia, no estaría vivo ni lúcido si el tifus se hubiera refugiado en mí, lo que me reconfortaba.

Cuando aquello ocurrió no estaba entre los ánimos de la ciudad el pensar en los conflictos venideros, y los asuntos políticos y las relaciones internacionales quedaban lejos de sus pensamientos. Sin embargo, presentí que en esta ciudad maltratada nacería un espíritu de supervivencia y lucha capaz de poner trabas a quienes quisieran dominarla. Fue como si la crueldad de la enfermedad y los vínculos que el padecimiento creó entre los ciudadanos ayudaran a forjar el espíritu solidario, aguerrido y contestatario de este pueblo. Ese mismo espíritu que yo ahora necesito para recobrar las fuerzas y seguir con el propósito de mi trabajo.

No merecería la pena haber dejado a María y a mi hijo recién nacido para morir aquí de fiebres o de disentería, no habría merecido la pena haber logrado sobrevivir a la explosión del Castillo del Puntal, entre tantos jóvenes muertos, para acabar ahora víctima de la enfermedad. Es el momento de recobrar mis ansias, de hacerme con mi vida, conseguir la confianza necesaria para que los heridos franceses que aquí se encuentran puedan llegar a contarme sus cosas, sus vivencias, lograr que las hermanas y frailes españoles sepan de mi misión y puedan ayudarme a recuperar mi diario, ayudarme a seguir infiltrado, a pasar las cartas para Quintana y, por qué no, para María.

Diego de Ustáriz

Continuará

03153017

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