Diario inédito de un relator apócrifo

Las crónicas de Cádiz (Cap. XLIV)

  • Resumen capítulo anterior: Dalaki y otros compatriotas polacos, reciben la comunión a diario en la Ermita de Santa Ana en Chiclana. Hombres extranjeros que, sin pertenecer al ejército francés, estaban obligados a servirle. La propia ocupación de su país les trajo a España, donde el pillaje y la blasfemia eran algo intolerable para un hombre de fe.

Terminada la misa, fray Damián y yo recogimos los bártulos y subimos al carro. Creí que volvíamos al pinar al que ya todos conocen como de los franceses, donde tenía mi destino de preso. Sin embargo, la mañana no había concluido y mis quehaceres como hombre sometido al fraile no habían hecho más que empezar. Bajamos desde el cerro hasta el camino que conducía a las fuentes termales; no hablaba, pero tenía un semblante alegre, esbozaba una sonrisa que me cautivaba. Arengaba al mulo para que apresurara su paso, mientras los soldados franceses transitaban hacia la playa con pesados carros cargados de munición y armas.

No hay hombres jóvenes por las calles, solo viejos, mujeres y niños desde que el Marqués de las Hornazas mandara desde Cádiz que todos los mozos capaces de usar las armas, entre los que se encontraban los salineros, los hombres jóvenes de la mar y los campesinos, abandonaran la ciudad para que acudieran a defender la Isla y la ciudad gaditana. Fray Damián no perdonaba a este Marqués que con su orden dejara a los chiclaneros indefensos y faltos de brazos fuertes y útiles para trabajar por sus familias. No sólo no perdona, sino que inculca a los que puede la idea de la defensa, la idea de la hostigación del asesinato en los caminos y en los campos de los soldados invasores.

Era la primera vez que veía las calles de Chiclana. Me pareció una ciudad triste, asolada, donde la ausencia de víveres por los continuos requerimientos de los ejércitos franceses había traído la ruina y la más absoluta de las pobrezas. Escaseaba la harina para hacer pan, el ganado era consumido por las tropas de ocupación, la uva no llegaba a los lagares porque los viñedos quedaron vacíos y destrozados antes de que pudieran vendimiarse. Comprendo la tristeza de estos hombres y mujeres que han visto en sus calles construirse las mejores casas de los más ricos hombres de negocios y consignatarios de buques, casas hoy aposento y alojamiento del francés. Visitantes de lujo como el Marqués del Socorro, Francisco Solano, que disfrutó de la riqueza de sus frutos y huertas, de la benignidad de su clima y de la vista de estas hermosas casas blancas donde los geranios explotan de color antes de su cruel asesinato.

Nos acercamos a la Iglesia de San Juan Bautista, que, aún sin concluir, se presentaba hermosa y altiva. Pero un olor a bestia salía de sus adentros y es que era utilizada como cuadras para los caballos, a los que había que sustentar con más de setecientas arrobas de paja diarias, mientras docenas de niños cargaban con el alimento de los animales de los carros a la iglesia y sacaban la suciedad que amontonaban en la Plaza Mayor.

Monjas agustinas descalzas, de la misma orden que Fray Damián, se aproximaron a éste y besaron su mano. Iban a cargo de niñas pequeñas recogidas en algunas escuelas de primeras letras, niñas sin padres que vivían en el hospicio o casa de misericordia. Hizo ademán de que le acompañara y después de andar un rato entramos en el convento de San Telmo, que con su espadaña en la misma esquina del edificio me pareció muy poco común. Una larga fila de ancianos, mujeres y niños se acercaban al zaguán del edificio con unas escudillas vacías para recoger la comida del día, en calidad de beneficencia.

Durante mi estancia en Cádiz comprobé cómo los establecimientos benéficos eran los únicos encargados de socorrer a la ingente población que empezaba a concentrarse en la ciudad antes del asedio. Algunos enfermos eran recogidos en el Hospital de San Juan de Dios, no sin antes pasar todo un examen que descartara algún síntoma de peste o de cualquier otra enfermedad infecciosa. Los vagos que deambulaban por la ciudad se acogían a la sopa boba del hospicio de la Misericordia, donde niños y ancianos compartían el mismo techo y aprendían los unos de los otros oficios y labores que pudieran servirles en un futuro. Éste era el único modo de atender a los que no tenían nada, y yo había visto a María acudir no sólo a las escuelas de párvulos a ayudar en la enseñanza de las letras, también en los hospitales como el del Carmen, que acogían a mujeres solas y embarazadas abandonadas a su suerte y aquello niños pequeños que eran llevados al torno de las monjas y recogidos en San Germán.

Dentro del convento, reunidos en el refectorio, estaban los hombres encargados de los alojamientos y suministros de las tropas francesas, gente que nunca había visto y a la que me limité a servir un poco de vino por orden del fraile. Juan Antonio Merino hablaba en francés con algunos de los oficiales de la tercera división de Infantería mandadas por el general Villate. No supe quiénes eran hasta llegar al anochecer al pinar donde me esperaba mi celda, pero juro ante este escrito, como si fuera la Biblia, que jamás pensé que hombres de sangre española pudieran llegar a ostentar cargos de responsabilidad tan grande como lo hacían estos hombres, sin atisbo de patriotismo, sin recelo por la traición que cometían ante su monarca, sin sentir la indecencia de los que venden a los amigos, a las familias, por un puñado de reales. Repartían los bienes de los chiclaneros sin escatimar y sin pensar que el pueblo quedaba a merced del hambre, en manos de la muerte. Los responsables del repartimiento y distribución de las carnes, Olmedo y Galván; los de la harina, en manos de Dº Antonio Jurado y Dº Nicolás Tocino; el pan, por Dº Juan Montiel; Dº Francisco García, encargado de la leña; Ariza, de la limpieza del pueblo; Lozano, para el cuidado del ganado y de los campos; Juan Antonio Merino, para los alojamientos; Diego Pérez, para el vino. Despedazaban las riquezas de un pueblo que era sometido a la contabilidad por los comisionados de forma que nada podía guardarse, nada podía quedar sin entregar a las tropas, nada para la ingente población que quedaba arruinada.

Los libros de cuentas llevados por Pascual Morales descansaban en manos del oficial francés Dantos, que escudriñaba con ojos de halcón cada real, las rentas, los diezmos, los acopios de sal, las yeguas, el vino y el jabón. Todo llevado a cabo por un español, un hombre que hasta hacía unos meses bendecía el trono de Fernando y que hoy, convertido en lacayo de José Bonaparte, obra con tal astucia y arrogancia que hace fortuna de la desgracia de los pisoteados, de los hombres de bien que luchan en los frentes de batallas, Dº Manuel Alonso, que prefirió la traición a perder el poder y la vida.

Desde la sacristía fray Damián me hacía escuchar todo lo que hablaban, me hacía sentir un odio irreverente hacía el comportamiento de estos hombres, a los que sin conocer ya aborrecía. Pretendía generar en mi alma un sentimiento de ira capaz de arrancar mi cobardía y armarme con el valor suficiente como para poder escribir lo que él necesitaba, aquellas arengas de justicia que quería hacer fluir por los pueblos dominados. Verdaderamente, el corazón me hervía, la sangre se calentaba en mis venas y asentí, asentí una y otra vez a todo lo que me había propuesto. Era terrible ver cómo, mientras estos hombres amasaban fortunas y vivían placenteramente junto a los infames gabachos, yo había tenido que enterrar a muchachos de piel rosada e imberbe con el alma henchida de patriotismo. Esto no era ser afrancesado, yo había sido afrancesado, yo había levantado mi pluma en apoyo de la revolución francesa, en apoyo de la abolición de la esclavitud, del sufragio y de la separación de poderes. Estos no son afrancesados, son traidores serviles que, sin moral, prefieren la vida vuelta de espaldas hacia los suyos que la muerte cara a cara, sin complejos y sin miedo.

Diego de Uztariz

Continuará

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