Diario inédito de un relator apócrifo

Las crónicas de Cádiz (Cap. XLI)

  • Resumen capítulo anterior: Diego pudo escribir una carta a María, era el pago por convertirse en redactor de panfletos y pasquines subversivos a las órdenes del fraile Damián. La primavera llega al pinar de la Algaida y las aves comienzan a llenar los humedales.

Aunque no tendré pruebas fehacientes de que María haya recibido mi carta, me conforta la idea de que la tenga ya entre sus manos y que cese su segura inquietud. Los días pasan de forma inexorable y mi pierna está mucho mejor, aunque mi cojera es pronunciada. Las noticias de lo que ocurre en uno y otro lado de la bahía llegan con la mañana, una mañana llena de una luz que huele a primavera. Los humedales están atestados de aves, las lluvias de estos últimos meses han convertido esta zona en una eclosión de vida. Charcas y esteros empapan los arenales cercanos a este pinar y la gente rezuma, a pesar del desconcierto de la guerra, otro talante.

El que mi pierna mejorase a este ritmo suponía tener que dejar el hospital; Fray Damián, sabiéndolo, se apresuró tal como me había prometido en buscar una labor que pudiera desempeñar junto a él para que de esa forma cumpliera el objetivo que se había marcado conmigo. Al parecer ha logrado que los oficiales franceses que tienen a su cargo el hospital accedan a su petición de que le acompañe durante las visitas diarias, que el fraile hace para solucionar cuestiones de índole benéfica y religiosa. Fray Damián, al que los franceses consideran un hombre cercano en sus ideales a los de ellos, argumentó que conozco el francés y que me conoce como hombre de bien ,que quizás pueda ser útil como traductor y le sirva para obtener información valiosa.

Salimos temprano hacía Chiclana. Un carro lleno de heno y tirado por una mula nos transportaba hacia la ermita de Santa Ana. Fray Damián, seguro de que estábamos solos, empezó a contar y enumerar todo cuanto sabía de la situación de las tropas enemigas y españolas como si en algún momento yo le hubiera preguntado. Prometo que mi única intención es que pudiera contarme qué había hecho con la carta que le entregue a Sor Consuelo para María.

Desde el Castillo del Puntal y Matagorda, las cañoneras y el navío Paula no paran de disparar fuego al Trocadero. A pesar de que los enemigos intentan, para desestabilizar a la población de la bahía, convencer a todos de que en Cádiz hay hambre, los barcos no paran de llegar cargados de víveres. Tenía noticias de que ayer mismo, sin ir más lejos, un barco cargado con provisiones llegó desde Alicante, acompañado por un convoy inglés. La entrada continua de embarcaciones debe hacer un daño profundo entre los franceses que se encuentran reconstruyendo el castillo de Santa Catalina, del Puerto de Santa María, y recogiendo materiales y fragmentos de piedra de las playas para adecentar las carreteras. Los enemigos han intentado extraer madera del molino de Montecorto, pero las baterías de Gallineras lo impidieron. Las cañoneras apostadas en el caño de Mínguez han hecho fuego a dos carros cubiertos que pasaban justo delante de nosotros. Sería terrible morir por fuego español, pero estos caminos desde el pinar hasta Puerto Real y Chiclana se han vuelto muy peligrosos, tal es la dureza de los fuegos lanzados desde la primera línea defensiva española. Desde el Castillo de Sancti Petri hasta la Carraca el forcejeo es impresionante y en nuestro camino el ruido incesante de las balas asusta a los animales. Uno de los lugares donde la concentración de fuego es más intenso es frente al pinar de la Algaida, treinta lanchas y otros tantos botes ingleses, situados frente al rio San Pedro, además de tres corbetas bombarderas arrojan continuamente fuego hacia los gabachos apostados en dicho pinar.

En estos días el movimiento en donde se encuentra el hospital de campaña ha sido frenético, sin atreverme a adivinar lo que ocurría. Hoy me he atrevido a preguntarle al fraile y parece que más de tres mil soldados franceses han llegado para relevar a los que se encontraban aquí desde el inicio del asedio y que persiguieron a Alburquerque.

Mucho debe confiar en mí este hombre de hábito oscuro para dejar que un individuo pequeño y enjuto saliera a mitad de camino de entre el heno. Era un oficial español huido de Sevilla. Preso en Puerto Real, había permanecido oculto por las monjas hasta el momento. Su fuga se planteó como un acto de vida o muerte. Las autoridades españolas anunciaban públicamente la intención de los franceses de alistar en sus filas a todos los españoles jóvenes y solteros de los pueblos conquistados y ocupados. Esto y la intención de José Galindo de reunirse con los ejércitos españoles para pasar información de vital importancia sobre la situación del ejército francés en Huelva, obligó a Fray Damián a actuar rápidamente. El cuerpo de caballería donde servía había quedado entre Cantillana y Sevilla, y justo en el intento de acercarse fue hecho preso. Parece que los franceses han evacuado Huelva a finales de Marzo marchando hacía Moguer, donde después de nueve días de saqueo y atrocidades han sido expulsados por los soldados españoles que han restablecido como soberano a Fernando VII. Ballesteros, con más de siete mil hombres, establecidos en Trigueros y Gibraleón, mientras que en Lepe y Rio Piedra hay otros ochocientos, junto al Señor Albornoz.

Extremadura y Huelva están libres de gabachos, lo que ha hecho que Ballesteros se haya podido aprovisionar de víveres y de la plata que queda abandonada por los franceses en retirada. Junto a la venta del Chaparro, cerca del Ronquillo, las aclamaciones al general son inmensas, fruto del entusiasmo que ha despertado la huída hacia Sevilla de los viles usurpadores de nuestra tierra.

Ahora puedo entenderlo todo, mientras escucho a José hablar y contar con lujo de detalles las noticias que trae de lo que ocurre en la zona de batalla, donde se está jugando la libertad de la patria. Hombres como Fray Damián realizan una labor peligrosa y apasionante por la causa, sé que lo que quiere de mí no es nada para lo que él hace cada día. Los caminos por los que transitamos están llenos de soldados, pero con un aplomo infinito los saluda de forma casi entrañable, se permite parar el carro, a pesar de la carga peligrosa que llevamos, bromea sobre los pobres españoles y nuestro instinto de gallardía, y defiende a gritos el nombre de Napoleón. Si no supiera de su verdadero trabajo, del riesgo que corre trayendo y llevando recados, atreviéndose a poner su vida en riesgo por salvar a otros, por hacer que la información llegue a los generales españoles, pensaría que es un traidor.

Las primeras casas se avistan antes de cruzar el río Lirio, la ermita a donde vamos se encuentra en lo alto de un cerro. La ciudad está descuidada, los animales deambulan a sus anchas por las calles y la gente, presa de la desidia de sentirse presa y acabada, no hace nada por remediarlo.

Raro cuanto menos este aspecto cuando la fama de esta población entre los gaditanos es la de un lugar de delicias para la gente rica de Cádiz y la provincia, que viene aquí a divertirse en la época de tiempo bueno y agradable. Muchos hablan de las señoras y damas gaditanas que, acompañadas por sus amantes y seguidas de todo lujo, vienen a los recién descubiertos baños de Fuente Amarga.

Diego de Uztariz

Continuará

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