La historia de Luiso, el vecino de Alcalá de los Gazules perdido y hallado dos veces en el monte
Sucesos
Tras pasar dos días, con sus noches, perdido en la Sierra de Ronda, Luis Tizón, de 83 años, cuenta en su casa de Alcalá de los Gazules, rodeado de su familia, cómo vivió una experiencia terrible
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Cuando Andrea llegó a su casa y le contó que el kilo de tagarninas estaba a cuatro euros, su marido la miró con incredulidad, musitó un “adónde vamos a llegar” y recordó que conocía un lugar en la serranía donde crecían silvestres y frescas. Luiso se vistió, cogió las llaves de la moto y, después de soltar un escueto ahora vengo, salió por la puerta. Eran las diez de la mañana del miércoles 1 de noviembre y ese ahora vengo se convirtió para sus familiares en dos días de ausencia, 50 horas de angustia, de insomnio, de miedo ante la posibilidad, cada vez más real, de que ese esposo, padre y abuelo nunca más entrara por el portal de la vivienda situada en uno de los callejones cercanos a la Plaza Alta de Alcalá de los Gazules.
Porque Luis Tizón, Luiso para casi todos o El Tizón para unos cuantos, a sus 83 años, se perdió en la inmensidad del monte; otra vez, como ya le ocurrió en enero pasado en Algar. Esta vez pasó dos noches a la intemperie con bajas temperaturas, con lluvia, cubriéndose únicamente con una fina sudadera, un pantalón de chándal azul y unas chanclas bajo las que le dio tiempo a colocarse unos calcetines blancos de algodón.
Y es que Luiso nunca pensó en emprender una huida hacia ninguna parte. Simplemente soltó ese ahora vengo y tiró millas con su Aprilia de 49 cc con su tanque lleno de gasolina.
El pasado jueves, rodeado de su mujer, de dos de sus hijas, de su nuera María José y de uno de sus nietos, Luiso recibió a este diario en el salón de su casa, llena de recuerdos, de fotos de sus siete hijos, todos siempre presentes, como antídoto infalible ante un olvido que, a veces, le juega malas pasadas.
Con ojos acuosos por la emoción al revivir su última aventura, Luiso nos fue contando cómo sobrevivió esas dos noches en la serranía de Ronda mientras la Guardia Civil, su familia y hasta el alcalde del pueblo, Javier Pizarro, junto a otros vecinos, se lanzaban al monte a buscar esa aguja en el pajar con la certidumbre de que cada minuto contaba y que, a menudo, la diferencia entre la vida y la muerte reside básicamente en no rendirse.
El ahora vengo de Luiso empezó en Alcalá pero acabó en una finca de Benarrabá, en plena Sierra de Ronda, en la provincia de Málaga. 113 kilómetros que recorrió con su moto. “Y todavía me quedaba gasolina”, nos dice sin poder ocultar una sonrisa traviesa. “Me paré porque ya no sabía donde estaba. Me desorienté. Ya no me acordaba de lo que hacía allí ni de a qué exactamente había ido. Así que eché pie en tierra. Y me quedé donde estaba”.
Y es que Luiso, indómito por naturaleza, respeta la autoridad de Diego, un sargento primero de la Guardia Civil, jefe del puesto de Alcalá de los Gazules, que nada más conocer su nueva desaparición movió cielo y tierra para encontrarlo. Quizá por ello, cuando Diego entra al salón de la casa donde nos encontramos Luiso no puede contener la emoción y las lágrimas acuden a sus ojos. Se abrazan. Todos lo hacen. Saben que Diego tiene buena parte de culpa de que Luiso pueda seguir sonriendo, respirando, abrazando. “Hasta que se le acabó la batería del móvil estuvimos hablando con él”, dice Diego. “Como no era capaz de describirnos dónde estaba le dije que se quedara quieto, que íbamos a buscarlo. Claro que él no pensaba que fuéramos a tardar dos días en encontrarlo”.
Porque Luiso, tras salir de Alcalá por el camino de la venta El Gallo, enfiló hacia Gaucín, ya en la provincia de Málaga. Allí echó tres euros más de gasolina, “porque me gusta llevar el tanque bien lleno”, y siguió su aventura con su casco blanco que luce una gran bandera de España. Antes de perderse alcanzó Algatocín, donde paró en una venta y se tomó un bocadillo. Su última comida en dos días. Y desde allí preguntó si había alguna pista forestal que le permitiera llegar a Benaoján.
Nos cuenta su familia que la pasada semana a uno de sus hijos se le murió un mulo, y que a Luiso, que siempre ha estado trabajando con estos animales, vendiendo, comprando, cuidándolos, posiblemente se le metió en la cabeza llegar hasta Benaoján para adquirir un ejemplar.
La cuestión es que en su obstinación por llegar a Benaoján por la ruta más corta, incluso intentó atravesar un arroyo, lo que terminó por calar su moto y poner punto final a su avance. Fue ahí cuando Luiso entendió que estaba, nuevamente, perdido en el monte.
Para entonces Andrea ya estaba con las carnes abiertas. “Me he acostumbrado a comer con él, así que esperé a que llegara. Había hecho unas lentejitas para almorzar los dos, pero nada, este hombre no llegaba. Así que se lo conté a mis hijos”.
La casa se llenó de gente. Empezaron a llamarlo al móvil y eso los tranquilizó, porque Luiso respondía, pero no era capaz de darles norte de su ubicación. “Sólo nos decía que estaba en un sitio donde había tres castaños grandes, que estaba en el monte, pero no sabíamos más”, cuenta una hija.
Tras denunciar la situación a la Guardia Civil, el sargento primero Diego movilizó al cuerpo. Preguntando aquí y allá al menos lograron el testimonio de algunas personas que lo habían visto en dirección a la provincia de Málaga. Eso acotó la búsqueda. También lo hizo la señal de su móvil, aunque esto de poco sirvió cuando la batería se le agotó por la tarde. “Le dije que llamara al 112, pero le costó –nos cuenta Diego–. Finalmente, al quinto intento, lo consiguió. Los compañeros lo situaron entre el repetidor de Benarrabá y el de Algatocín, pero nos dijeron que podía tratarse de un error y que como el móvil no tenía internet era más complicada la triangulación”.
Primero llegó la tarde, las sombras, y luego lo hizo la noche. “Me acurruqué abajo de unas zarzas, me eché el cuello de la rebeca para la cara y allí me quedé. Llovía un poco pero yo me dije, de aquí no me muevo aunque me granice”, nos cuenta Luiso.
A esas alturas de la noche el alcalde del pueblo, Javier Pizarro, que aparece por la casa durante nuestra visita para interesarse por la salud de su vecino, también se ha puesto a buscar a Luiso con otros paisanos. Al llegar la noche la Guardia Civil advierte a la familia que sin luz es inútil continuar y hay que esperar a que amanezca. Le dicen a sus hijos y nietos que lo mejor es que se vayan a descansar, pero estos no obedecen. Continúan peinando carreteras, pistas forestales, caminos de tierra... Buscan una señal de Luiso y la más fiable es su moto. Pero esta tampoco está por ninguna parte.
“La otra vez, cuando se perdió en Algar, apareció la moto y él fue capaz de caminar ocho kilómetros por el monte. Por eso sabíamos que al menos encontrando la moto acotábamos la búsqueda”, comenta una de sus hijas.
Mientras su familia continúa con su frenética misión, Luiso dormita al raso. Le pregunto si tenía miedo. “Yo no he conocido el miedo en mi vida”, dice con rabia, pero sus ojos nos cuentan otra cosa. Se emociona. “Pensaba en mi mujer, en mis hijos, en si volvería a verlos. No sabía dónde estaba, ni si iban a ser capaces de encontrarme”. Es en ese momento del relato cuando, con ese rastro fiero en su mirada y una sonrisa franca, se dirige al alcalde que acaba de llegar. “Tenía frío y pensaba: yo aquí helado debajo de unos matojos y El Patas en su colchón de lana calentito, jajaja”. El alcalde me mira desde su metro noventa y me apunta, como si fuera necesaria la explicación: “El Patas soy yo”.
El problema con que se topa la Guardia Civil es la amplitud de la zona de rastreo. Hablamos de más de 30 kilómetros cuadrados. “Teníamos hasta drones preparados, pero la cuestión era ¿dónde hacerlos volar?”, dice el sargento primero.
Pero hay un momento en que la búsqueda de Luiso se convierte en cuestión de Estado. Los miembros de la Unidad Central Operativa (UCO) que participaron en el dispositivo de Diana Quer se involucran desde Madrid. Se consigue la autorización judicial para triangular la última señal de su teléfono. Aunque la pista más fiable se encuentra en el propio salón de la casa familiar. Allí, en la vitrina de un mueble bar, hay un búcaro que Luiso le compró a su mujer en una de sus expediciones serranas en busca de espacios abiertos. La cerámica de recuerdo lleva un nombre pintado en letras azules:#Algatocín.
“Se lo traje a mi mujer junto a otras cositas de regalo. Pa que después se queje”, me dice Luiso cuando le pregunto por el botijo.
Una de sus hijas apunta. “Yo sabía que mi padre estaba por esa zona. Algo me lo decía. Por eso cada vez más nos centramos en buscarlo por ella”.
La Guardia Civil del puesto de Ronda inicia el rastreo también. Se suman más agentes pero Luiso sigue sin aparecer. Cuando la noche del jueves se echa encima empieza a cundir el desánimo. Una de las hijas reúne a los miembros de la familia y les dice que tienen que ir preparándose para lo peor. Son dos noches ya al raso, sin comida, sin agua. Desde la tarde del miércoles, cuando el móvil agotó su batería, no saben nada de él. Diego es consciente de que el tiempo es un enemigo feroz que hinca sus dientes en presas como Luiso. Pero Luiso es de pellejo duro.
“Luiso, si yo me pierdo en el Parque Genovés me encuentran muerto a las 20 horas”, le digo para reducir la tensión que vuelve a asomar en su rostro mientras escucha el relato de su propia aventura en bocas de quienes le rodean. “La gente moderna no vale pa na”, me contesta. Touché.
El viernes 3 de noviembre amanece con una ligera neblina. Luiso ahorra fuerzas agazapado bajo la zarza. Se ha hecho un ovillo para conservar el calor. El sol aún no caliente cuando se reanuda la búsqueda. La Guardia Civil intuye que la zona cero debe ser el área que va de Algatocín a Benarrabá. La UCO envía un mapa y colorea la zona más probable de ubicación del desaparecido. La ha acotado lo máximo pero siguen siendo en torno a diez kilómetros cuadrados. Los agentes empiezan a preguntar a los serranos y uno de ellos recuerda haberlo visto. Le preguntó la manera más rápida de ir hasta Benaoján. La Guardia Civil y los familiares de Luiso saben que están siguiendo la pista buena. Pasan junto a la finca Los Pepes y ven que tiene la valla abierta. Es la señal que estaban esperando. Avanzan y al poco rato dan con la moto. Pero Luiso ha desaparecido. Hay un terraplén y temen una caída de dramáticas consecuencias. Pero Luiso es duro de roer. Lo encuentran agazapado. Cuando ve a Diego le dice: “Me dijiste que no me moviera y eso he hecho. Pero has tardado mucho en venir por mí”. Diego no sabe si reír o llorar. Posiblemente los sentimientos encontrados provocan una resaca en sus lagrimales. Se abrazan. Esta vez, después de dos días en la Sierra de Ronda, Luiso El Tizón no tiene ni hipotermia. Con 83 años. Llegan sus hijos, sus nietos, se abrazan y Luiso tiene fuerzas aún para subir a pie por la ladera del monte. Ese monte que le da la vida, y que casi se la quita.
Una semana después, sentado ya cómodamente en su sofá, me reconoce que no está feliz del todo. ¿Y qué problema tienes Luis?, le pregunto. “Que me han quitado la moto”.
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