Bicentenario

Las crónicas de Cádiz (Cap.LXVIII)

  • Resumen capítulo anterior: Diego comunica a Alvear y Eguía la falta de alimentos y de abastecimiento en las zonas ocupadas. Mientras, los niños y las mujeres pasaban hambre deambulando por las calles y cortijos baldíos, españoles al servicio de Napoleón, investigaban las posesiones de los almacenes públicos y privados, de los conventos y las iglesias, siendo temidos por los ciudadanos más que a los mismos ejércitos.

El nombre de Lacy, su trabajo arduo por recuperar la tierra conquistada es constante en las bocas de las gentes de las calles. Desde Junio ha dirigido, en su frenética lucha, una expedición hacia Algeciras, donde después de someter la insurrección decidió volver a embarcarse con el general Copons para acudir al Condado de Niebla con el mismo propósito.

En apenas unos meses ha caído Lérida, Mequinenza fue asediada e incendiada, han sido sometidas Ciudad Rodrigo y Castellón. Algunas localidades resisten como Sanabria y otras, como Burguillos y Monesterio, han sido recuperadas por Rainer. Este movimiento de generales y tropas ha hecho que generales como Blake hayan sido relevados del mando de los ejércitos de esta Isla, con la intención de que salga hacia Murcia, reforzando el ejército del Centro del país.

Si estos son los problemas españoles, no son menos complicados los que tienen los franceses. El miedo a las guerrilleras y a los asaltantes de caminos ha hecho que Soult decrete unas medidas ciertamente sanguinarias: "No hay ningún ejército español fuera del de S.M. católica Don José Bonaparte. Así que todas las partidas que existan en las provincias, cualquiera que sea su número y cualesquiera que sean sus comandantes, serán tratadas como reuniones de bandidos y los individuos de ellas cogidos con las armas en la mano, serán fusilados y sus cadáveres expuestos en los caminos públicos". La respuesta de la Regencia a este abuso desmedido fue la horca de tres franceses por cada español muerto.

A punto de iniciarse las sesiones de las Cortes en esta Isla de León, después de que se eligiera a los diputados que empezaron a reunirse en el mes de Agosto, el clima de rumores y de noticias en las calles y en los cafés de la población enrarece la convivencia. Maquinaciones, traiciones y enredos, que lo mismo provienen de tierras cercanas que a través de los papeles llegados en barcos desde las Américas. América, donde las revueltas de Uruguay, Perú y Nueva España acompañan a las noticias sobre la formación de una Junta en Nueva Granada. No cabe más que entender que México es un polvorín en manos del cura Hidalgo, de la misma forma que lo son Caracas y Buenos Aires en manos del cura Morelos.

Cierto aire, cierto matiz en las autoridades que se encuentran aquí intentando congraciarse con las antiguas instituciones monárquicas, aquellas del antiguo régimen, ha hecho perder credibilidad a estas mismas personas y hay un temor entre la gente de que todo sea un fracaso, de que nada de lo que hagan podrá llegar a tiempo.

Dº Benito Hermida, diputado por Galicia, el Marqués de Villafranca por Murcia, Dº Felipe Amat por Cataluña, Dº Antonio Oliveros por Extremadura, Antonio Samper por Valencia y Dº Ramón Power por la Isla de Puerto Rico, son los diputados comisionados como representantes de la Regencia. Seis diputados propietarios que estaban en la obligación de examinar a sus compañeros y que en este día han llegado a la Isla desde Cádiz.

Isla de León

24 de Septiembre de 1810

En mis manos el Conciso, mientras que un tibio café recorre mi garganta, esplendido en la presentación de los hechos que iban a producirse en este día en el que llega la hora de la Asamblea Nacional, donde todos tenemos puestas nuestras esperanzas. Volver a recuperar la gloria de la patria, desterrar los vicios y restablecer el orden en un país en guerra. Pensé mientras terminaba de arreglar mi ropa en los hombres que tenían en sus manos el devolver la ilusión por el hallazgo de la felicidad, en los hombres que habrán de luchar por crear disposiciones justas y útiles al servicio de los ciudadanos. La situación ideal para que fuera de la esclavitud que no había permitido la palabra, se hablara con claridad de los hechos, de los acontecimientos y necesidades de toda una nación. Una arenga al pueblo con toda la fuerza de las palabras de la prensa. Nunca creí que pudiera ver en esta España caótica y convulsiva las páginas llenas de ansias de libertad de esta publicación.

Ha sido un día pletórico de alardes de patriotismo y de fe en recuperar la libertad. La gente se arremolinaba junto a los batallones de uniformes coloristas en un arrebato por contagiar sus emociones. Y allí estaba yo, formando parte de aquel cortejo por disposición de la propia Regencia. Eran las nueve de la mañana cuando se congregaron los diputados en las casas consistoriales. Entre gritos de Viva la Nación desfilaron hacia la iglesia Mayor, donde el cardenal arzobispo de Toledo Dº Luis de Borbón ofició misa. El Obispo de Orense predicó y tomó juramento a los diputados, dirigiéndonos a continuación hacia la sala que se había acondicionado para las Cortes, hasta hace poco tiempo teatro de la Isla. Las galerías, los pasillos y las tribunas estaban a rebosar de gente que exhortaba a los diputados a que cumplieran sus obligaciones y deberes.

Por aclamación y mientras se ponía fin algunas discusiones se nombró como presidente momentáneo a Dº Benito Hermida, que a su vez nombró como secretarios a Dº Evaristo Pérez de Castro y a Dº Manuel Luján. Procuraba anotar en mi diario todo lo que pasaba de forma fugaz delante de mis ojos, demasiado fugazmente para que no se quedara nada en el aire. No era el único hombre que escribía intentando que nada quedara fuera del recuerdo, todos recogidos en uno de las tribunas, un tanto amontonados para enterarnos a la primera de las votaciones. Pero no importaba, porque el primero que recogía el dato lo repetía hasta que el resto lo tenía anotado.

El presidente provisional perdió por cuarenta y cinco votos contra los cincuentas de Lázaro Dou, de la misma manera en la que Pérez de Castro quedó como secretario de Cortes. Todo lo que ocurrió a continuación, la proclamación de la Soberanía de la Nación en las Cortes, la renuncia a Bayona, la proclamación de Fernando VII como rey , la separación de poderes dando el legislativo a las Cortes, el ejecutivo a la Regencia , que ha llegado apenas hace unas horas al salón de Cortes para prestar juramento una vez ocupados sus correspondientes asientos a ambos lados del Presidente; parecía trasladarme a la misma Asamblea parisina, o aquella primera Constitución americana.

La sensación de alegría y felicidad lo impregnaba todo, y aún ahora, después de haber tomado unos vinos junto al teatro una vez se retiraron a descansar los diputados, me invadió un cierto sentimiento de emoción por los acontecimientos vividos, por lo importante de los decretos establecidos y por este ambiente, que anhela un cambio importante para la Nación española.

Las Cortes están donde estén los individuos que la forman, por lo que no se les permite a ninguno de los miembros de la Regencia alejarse más de una legua sin permiso.

EL día culminaba, eran ya cerca de las doce de la noche. El regocijo del pueblo, las ansias de trabajo de los políticos, las salvas despuntando en el cielo y de seguro provocando el temor de los enemigos, cerraban un día de ensueño. Quedaban en mis oídos, ahora recostados sobre la blanca almohada, las notas musicales, las marchas fastuosas del cuerpo de tambores y cornetas de la Isla.

Diego de Uztariz.

Continuará

03153017

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