Diario inédito de un relator apócrifo

Las crónicas de Cádiz (Cap. LXI)

  • Resumen capítulo anterior: Un grupo de guerrilleros ha liberado a Diego junto a otros prisioneros que marchaban hacia Jerez. Encima de uno de los carros donde se refugiaban los hombres liberados, estaba Carmela dispuesta a llevar a Diego hasta la Isla donde permaneció escondido en la venta Isabel frente al Arsenal.

Aquella misma noche la terquedad de Carmela me trajo a esta Isla, logrando esquivar el fuego cruzado que no distingue la procedencia de los hombres. El caño enfangado que nos separaba del Arsenal se hacía infinito mientras que hacía destellos con el candil encendido. La esperaban. Esperaban que en el falucho, a la hora en que cantan los gallos, la encendida manola de pelo oscuro llegara con su cargado equipaje hasta el muelle. Sin embargo, hoy ya no podría volver como lo había hecho en otras ocasiones, su rostro, la voz con la que entonaban sus coplas, el desaire con el que miraba los ojos de los soldados era muy conocido por todos. Su vida corría ya el mismo peligro que la mía y la de otros tantos hombres a los que había ayudado; de forma irremediable debía quedarse en la Isla.

No saben bien en este momento aquellos hombres que continúan olvidados en las fauces francesas lo que se han perdido al no poder contar con una mujer como Carmela.

Amanecía cuando fui consciente de dónde estaba, la rapidez con que ocurrieron los hechos no permitió hasta ese instante que me diera cuenta de que había sido liberado, sin pedirlo, sin suponer o pensar si era el momento o no lo era. Sin artificios de escritor, sin que nadie me pidiera aguantar ni un solo instante más. Solo fue el momento oportuno, el justo para que subiera mi cuerpo inmundo y apestado a aquel carro donde Carmela me esperaba para desaparecer entre el pinar.

Ahora que en la tarde que cae escribo sentado junto a esta iglesia del Carmen, donde los olores de los arboles de la Alameda susurran tibiamente el cálido perfume de las camelias y las damas de noche, pienso en volver a casa después de estos días en el arsenal.

Apenas tres leguas me separan del Castillo de San Sebastián y aún no tengo permiso de mis superiores para abandonar la Isla y marchar hacia Cádiz. Esta es una Isla distinta a la que dejé hace tan pocos meses, una Isla hermosa que desde antaño ofreció su tierra a las grandes familias y estirpes gaditanas, una tierra para el descanso, para construir amplios caseríos para pasar el verano, para pasar los días de ocio y placer; un lugar de recreo para el reposo y el alivio de las fatigas y excesos de la bulliciosa Cádiz. Ya no había los abundantes coches de caballos y calesas que deambularan por sus amplísimos espacios, había más gente a pie, soldados y militares habían tomado la ciudad como el bastión inexpugnable que era. Ya no llegaba al muelle de Fadricas la barca con los pasajeros ociosos que querían pasar el día entre las ventas de las salinas. Ahora la bahía era muy peligrosa y los únicos barcos que se atrevían a cruzarla eran navíos cuyas insignias eran de guerra.

Sentado frente al Carmen, cerca de la Compañía de María, entre profundos y robustos eucaliptos, siento la hermosura de los jardines de estas casas de la isla, con jardines imposibles en las casas gaditanas, llenos de huertos, laberintos y árboles frutales que nada tienen que ver con las nuevas construcciones y el aspecto de una ciudad preparada para la guerra.

Se había convertido en el lugar más importante para la estrategia de la guerra. La bahía abierta, la estrechez de los caños, el resguardo de los castillos, fuertes, baluartes, todo era perfecto. Desde entonces, los proyectos, las construcciones, las fábricas, cuarteles, hospitales, escuela de Guardia Marinas, astilleros, escuelas de artillería y no sé cuántas cosas más, toda la fuerza naval, todos los proyectos navales están aquí. Quizás ha merecido la pena el sacrificio tributario al que ha tenido que someterse a la población para que así sea, consignaciones presupuestarias, fondos vitalicios, préstamos, arbitrios, donaciones, siempre a cambio de gracias y benevolencias para los benefactores, ante la incapacidad de la Hacienda de hacerse con otros recursos para sufragar los gastos.

Las campanas de esta Iglesia hacen que vuelva de mis pensamientos hacia este banco de azulejo en el que me siento y en el que espero que aparezca José Mariano Vallejo, al que conocí en Madrid como profesor de matemáticas en el Semanario de de Nobles, siendo académico de las Ciencias y Artes de Barcelona. Todo esto, en esos días en que preocuparse de la ciencia, de las letras y del conocimiento, era nuestra única obsesión. Desde el inicio de la Guerra trabajaba en un laboratorio de fuegos artificiales del Cuerpo de Artillería y sus implicaciones en el campo de las matemáticas le había traído a la isla y al Arsenal para no sé qué cuestiones con los mandos españoles.

Necesitaba hablar con alguien que supiera de lo que estaba ocurriendo en la ciudad. Desde el punto de vista de los ejércitos resultaba evidente que el propio arsenal era un hervidero de comentarios de la situación de las tropas, pero lo que no tenía nada claro era lo que había ocurrido con la Junta de Sevilla y con la convocatoria a Cortes. Saber de los acontecimientos políticos y contar a alguien lo que estaba ocurriendo en la otra zona era un modo de no volverme loco. Me poseían unas ganas tremendas de coger el camino del arrecife hacia Cádiz y llegar a mi casa, sorprender a María, a la que imaginaba preocupada sin saber de mi paradero desde la única carta que pude recibir de ella gracias a fray Damián. Pronto ocurriría, sólo debía esperar el momento en que autorizaran mi traslado. Mientras tanto, tenía que colaborar en cuanto me pidieran los mandos españoles y esta mañana de asueto, sentado en esta Alameda, es solo un alivio para mis cansadas ilusiones.

Diego de Uztariz.

Continuará

03153017

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