Bicentenario

Las crónicas de Cádiz (Cap. LX)

  • Resumen capítulo anterior: Desde la Isla de León y de nuevo como un hombre libre, Diego relata en su diario el ataque de los guerrilleros en los campos inertes y aniquilados de la campiña jerezana.

H abía transcurrido apenas media hora cuando el silencio se adueñó del lugar.

No quedaba un francés en pie ni a caballo y tímidamente levanté la cabeza para ver qué estaba ocurriendo.

Los presos españoles que componíamos aquel triste convoy estábamos sentados en el margen del camino.

Quedaban pocos, muy pocos, la dura afrenta no diferenció bandos y cayeron entre las balas y golpes de sables como inocentes víctimas que pretendían ser salvadas.

La locura se apoderó de muchos de ellos, que gritaban de forma ingenua a los libertadores dando las gracias por devolverles a la vida.

Me levanté y sin pensarlo me encaminé hacia uno de aquellos hombres que, ataviado con un pañuelo en la cabeza, ordenaba darse prisas en montar a los prisioneros españoles en unos carros de heno para llevarlos hacia tierra libre.

Levantaban las cabezas de los hombres muertos tendidos en el suelo, buscando un rostro, una cara que quizás conociesen y que no hallaban.

El tiempo corría en su contra, seguro que el ruido de las armas ya habría alertado a alguna de las patrullas que se encontraban en la entrada de Jerez y ya se habrían puesto en marcha.

Entonces la vi, la vi sobre uno de los carros tirados por dos hermosos caballos, era Carmela, aquella muchacha de piel tostada que había salvado mi vida en Santa Ana.

Llevaba un carro cargado de zapatos, de cueros y útiles de zapatero, el atrezo perfecto para pasar inadvertida, para simular la entrada y salida de los pueblos, una zapatera mágica que me devolvía la ilusión por recuperar mi vida.

Entonces me vio, me reconoció entre el grupo de hombres que, asustados, esperábamos que nos dijeran qué hacer con premura.

¡Anda, Diego, sube! Esta vez no hay vuelta atrás ni nadie que necesite más sacrificio.

¡Sube! ­me dijo.

Ante la inminente llegada de nuevas fuerzas francesas al lugar los hombres se dividieron, eligiendo distintos caminos con los reos que pudieron asirse a los carros y con esto, a la vida.

Cruzamos el puente de San Alejandro, ayudados por los barqueros que nos cobijaron en un cortijo hasta que, al llegar la noche, la valentía de estos hombres me llevó hasta la venta de Isabel, en las salinas, frente al Arsenal de la Carraca.

Los carros fueron incendiados para protegerme y mientras, escondido bajo el suelo falso de la venta, esperé asustado por la posibilidad de que nos hubiesen seguido y tomaran represalias contra esta gente, que de forma tan generosa me cobijaba.

Esos carros que habían acompañado mis días de preso de una forma o de otra ahora salvaban mi vida.

Sobre el suelo, el chasquido del zapateo de Carmela me haEl triste y desolado camino del Puerto de Santa María a Jerez, en otro momento campiña reluciente de siembras y vides, le separa cada instante un poco más de María cía recordarla, menuda y valiente, moviendo sus lánguidos brazos al viento.

Debía ser ella la bailaba al compás de una guitarra un tanto triste, porque lo gritos de los franceses que bebían y se emborrachaban la llamaban por su nombre, la vitoreaban sin saber que era la heroína que había salvado la vida de buenos españoles esa misma mañana.

Tenía la tranquilidad de que ella y sus amigos velaban mi sueño, la seguridad de que estando arriba, moviendo su sinuosa silueta al compás de unos tangos, mi vida no corría peligro.

Era la segunda vez que salvaba mi vida, la segunda en tan corto tiempo, y ya no había vuelta atrás, debía aprovechar la ocasión y escapar, poner el conocimiento de los lugares en los que había estado en estos meses al servicio de las tropas españolas; cómo iba a lograrlo, aún lo desconocía. Apenas una legua me separaba del Arsenal, las lanchas cañoneras disparaban sin tregua hacia esta parte del puente de Suazo, sin saber, sin intuir, que una mujer hermosa y valiente se jugaba la vida por salvar la mía.

Cruzar el caño que nos separaba, el Sancti Petri, no debía ser difícil, pero el modo de hacerlo sin ser visto, la manera de no poner en peligro la acción emprendida por Carmela y sus amigos guerrilleros debía estar preparada al detalle, porque seguramente no era la primera vez que lo hacía, me quedaba confiar, descansar y asearme mientras que se decidiera la jugada.

La madrugada trajo el silencio a la venta. Los ruidosos franceses fuera, dormidos por los efectos del vino, quedaron al calor de la intemperie, acurrucados junto al pozo en el que abrevaban las vacas.

Entonces una luz tintineante se asomó sobre las rendijas de la madera que separaba mi descanso del tumulto que hacía unos instantes provocaba el baile de Carmela. Era ella la que bajaba sigilosa hasta mí, menuda, hermosa, envuelta en volantes y topos de colores, con flores frescas sobre el pelo, embozada en una toquilla blanco brillante que le daba el aspecto de una virgen. Aseado, vestido con una muda que Isabel había dejado para mí, había recobrado el aspecto de un hombre; pude mirarla a los ojos sin temor a avergonzarme por la inmundicia y la suciedad que traía en el camino mientras le oía decir:

­Ha llegao el momento, Diego, de que vuelvas a casa.

Mucha gente ha querío que te busque y te devuelva a Cádiz.

Po ya llegó el momento, así que palante, escritó.

Fue un diecinueve de Julio de aquel año de 1808 en que empezó la guerra el día en que Carmela se convirtió en una mujer de los caminos, una hermosa mujer de casta que aprendió a defender la tierra en la que había nacido y que estaba siendo devastada. Aquel día ella estaba allí, en los campos que se abrasaban por el sol, campos que se cubrieron con despojos de hombres y de bestias. Las moscas cubrían el estiércol que se esparcía por las casas y las calles, mientras la gente amontonada acababa por completo con los pozos de agua.

El calor era insoportable. Enterrar a los cadáveres para evitar la aparición de enfermedades fue su cometido y el de de otras mujeres tras la batalla, pero, durante la misma, Carmela, María y otras tantas vecinas de Bailén apagaron la sed de aquellos moribundos valientes, que se enfrentaron a la muerte sin resquicios de timidez.

Diego de Uztariz.

03153017

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