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Confluencia astral

Crítica de teatro

Diego Lorca y Pako Merino llevaron al Falla 'Distancia siete minutos': una cuidada propuesta con el trabajo actoral como su centro y bastión.

Un momento del montaje.
Mª Ángeles Robles / Cádiz

27 de octubre 2016 - 05:00

Obra: Distancia siete minutos. Grupo: Titzina. Dramaturgia y dirección: Diego Lorca y Pako Merino. Reparto: Diego Lorca y Pako Merino. Dirección técnica: Albert Anglada y Marta G. Aguado. Diseño de sonido: Jonatan Bernabeu. Diseño de escenografía: Jordi Soler I Prim. Diseño de iluminación: Miguel Muñoz.

Pocas veces nos encontramos con una propuesta teatral cuidada hasta el más mínimo detalle como ocurre con Distancia siete minutos del grupo Titzina. Empezando por el programa de mano, que ofrece al público a punto de disfrutar de la representación información sencilla y necesaria con un diseño en el que se nota la preocupación por llegar y llegar bien, por explicar el proceso creativo del tándem todoterreno formado por Diego Lorca y Pako Merino. Este mismo cuidado se traslada a la escenografía, que cumple perfectamente su objetivo -apoyar, sin distraer- y a un trabajo actoral que es el centro y bastión del espectáculo.

Siete minutos pueden ser un intervalo de tiempo decisivo: el que se tarda en morir ahorcado, el lapso temporal determinante para que el astromóvil de la misión espacial Curiosity se pose en la superficie del planeta Marte con éxito. Siete minutos para cambiar la historia personal, el mismo tiempo necesario para marcar un antes y un después en la carrera espacial.

La historia que nos plantea Titzina tiene como centro una confluencia astral, o mejor dicho, una coincidencia en apariencia fortuita, la que une un episodio personal trágico con un suceso científico de primera dimensión. Algo se ha movido en el universo, y ese movimiento alcanza al corazón del ser humano. Se plantea una paradoja que es a la vez correlación. La paradoja viene dada por el éxito de la misión espacial en contraposición al hecho trágico y la correlación porque ambos sucesos coinciden en lo singular de su naturaleza.

Esta continuidad de fuerzas se traslada también a lo cotidiano, a lo meramente anecdótico, al microcosmos personal del protagonista, que tiene que enfrentarse a su pasado familiar cuando un ejército de termitas toma su piso y se ve obligado a pernoctar en la casa paterna durante unos días. La virulencia de los insectos, que horadan y destruyen la madera, se traslada al plano emocional de un hombre carcomido por la incertidumbre, que necesita cerrar heridas para seguir viviendo.

Estudiada, meditada, bien documentada, la propuesta de Titzina incide en aspectos fundamentales para el ser humano: la felicidad, la justicia, la comprensión del dolor, su aceptación, la falta de comunicación, el peso del pasado y su repercusión en el presente. Distancia siete minutos invita a reflexionar sobre estos asuntos con una mezcla de humor y dramatismo bien equilibrada, que cumple bien con su misión, aunque la propuesta acabe resultando un tanto árida. Teatro serio, sin duda, que puede convencer o no.

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