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Sola y en la calle

Sobre la Academia

Una imagen de la Academia Santa Cecilia.
Juan Antonio Villarreal Panadero

27 de enero 2026 - 07:00

Aquel padre de familia numerosa sólo tenía hijas. Cada una de ellas destacaba por tener un don especial, un rasgo del carácter que las identificaba y que casi sustituía a sus nombres de pila.

Una, por ejemplo, era muy piadosa. Le encantaban las procesiones y todo ese mundo devocional que las rodeaba: música, flores, incienso…

Otra, sin embargo, era todo lo contrario que su hermana: se volvía loca por el carnaval. En cuanto oía un tango, un pasodoble o un cuplé, allí estaba acompañando con su voz y su cimbreo al ritmo del tres por cuatro.

Había otra hermana que era una fanática de la velocidad, sobre todo de la velocidad a dos ruedas. No había fin de semana en que no planease una ruta a lomos de su motocicleta recorriendo carreteras y autopistas con la misma emoción que lo haría John Wayne, a caballo, por las praderas del lejano Oeste.

Otra era flamenca por los cuatro costados. Tocaba la guitarra y hasta se atrevía a entonar con mucho arte cualquier palo del repertorio.

No puedo olvidarme de hablar de la loca por la música. No se perdía un festival, concierto o cualquier otro evento en el que las canciones, las luces y los altavoces a todo volumen hasta altas de la madrugada fueran los protagonistas.

Y ¿qué decir de la enamorada de las cabalgatas? Cómo disfrutaba yendo al compás de cornetas y tambores, acompañando enfervorecida y con el móvil en ristre, para dejar constancia documental de cuanto sucedía en cada uno de los desfiles que, cada dos por tres, se sucedían para regocijo y alborozo de la población.

De todas ellas estaba el padre orgulloso y lo manifestaba en cualquier ocasión que se le ofreciese. ¿De todas? Bueno hay que contar, en honor a la verdad, que había una hija de la que, al parecer, el padre no se mostraba tan ufano. Es cierto que era una mujer encantadora, culta, estudiosa, constante, sencilla. No es menos cierto que siempre estaba dispuesta a compartir sus conocimientos con los demás. Sabía de pintura, de escultura, de dibujo, de música, de cerámica… Pero, a los ojos del padre, tenía un gran inconveniente: que no era tan popular como sus otras hermanas y, al ser menos conocida, no le reportaba al padre tantas felicitaciones y apretones de mano.

Hoy vive en la calle porque su vivienda literalmente se derrumba y el casero sigue dando largas para acometer la reforma necesaria. ¡Ah! No quiero que se me olvide: esta mujer se llama Cecilia y, hasta ahora, habitaba en el número 1 de la calle Pagador.

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