La opinión de Pepe Mata: ¿De verdad se han agotado las melodías?
Muchos sostienen que, tras tantos años creando música para el carnaval, llega un punto en el que resulta casi imposible ofrecer algo verdaderamente nuevo, algo que no suene repetitivo ni nos remita a lo ya cantado tiempo atrás. Y puede que no les falte razón. Sin embargo, si tenemos en cuenta que un pasodoble de carnaval, como cualquier melodía, se construye a partir de un material sorprendentemente limitado —siete notas naturales, u ocho si añadimos el do de la octava superior—, la cuestión se percibe desde otra perspectiva.
Con tan poco material, cualquiera pensaría que el repertorio debería agotarse pronto. Sin embargo, las matemáticas, entendidas aquí de forma puramente teórica y simplificada, sugieren lo contrario: una secuencia muy sencilla de apenas ocho sonidos, combinando libremente esas siete notas naturales, arroja ya más de cinco millones de posibilidades distintas. Si ampliamos el cálculo al conjunto completo de los doce sonidos de la música occidental, el número de combinaciones supera los cuatrocientos millones. Cifras que, aunque no describen melodías con sentido musical por sí mismas, sirven para recordarnos que el problema no está en la falta de notas, sino en el talento para ordenarlas.
Aun así, la realidad es que no todas las melodías llegan, ni todas esas combinaciones valen, ni todas emocionan, ni todas suenan a Cádiz. Porque hay quien nace con la magia, con el don de unir esas notas de una forma tan sencilla y magistral que, al escucharlas, uno reconoce la esencia y la autoría sin necesidad de mirar el nombre del creador. Esa sencillez que parece fácil, casi natural, es muchas veces más difícil de alcanzar que llenar un pentagrama de notas o encadenar acordes complejos en busca de solemnidad.
En el carnaval, lo verdaderamente difícil no es escribir mucho, sino decirlo todo con poco. En la música ocurre exactamente lo mismo: conseguir que una melodía se quede en la cabeza del público nada más terminar el pasodoble, que suene antigua sin serlo y nueva sin romperse, es un objetivo que muchos persiguen y solo unos pocos alcanzan. Ahí es donde las matemáticas se rinden y comienza el arte.
Por supuesto, respeto y admiro profundamente a quienes crean pasodobles más elaborados, cargados de recursos complejos, coreados, armonías sofisticadas y arreglos innovadores. Su virtuosismo y creatividad merecen el aplauso y el reconocimiento de los aficionados, porque no es tarea fácil emocionar y sorprender utilizando todas las herramientas que ofrece la música actual.
Como siempre, el libro de los gustos está en blanco: un refrán manido, pero certero, que confirma que todos los estilos tienen cabida en esta fiesta nuestra, y es que, obviamente, existen compositores que se alejan de lo clásico y firman pasodobles que son auténticas maravillas. Del mismo modo, por fortuna, seguimos contando con autores en activo capaces de lograr ese mismo pellizco con músicas más sencillas y clásicas, cautivando a nuevas generaciones sin abandonar su esencia.
Y entre todas las emociones que nos regala la música, hay algunas que se quedan para siempre.
“¡Ay! Cuánto te queremos y añoramos, Manuel Sánchez Alba, entrañable Noli”.
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