Noticias de Cádiz

Hilda Martín García

No es ciudad para jóvenes

Tribuna de opinión

Qué va a ser de esta ciudad donde nos hacemos viejos sin personal que nos cuide

No es ciudad para jóvenes.

26 de junio 2024 - 07:00

DICE el profesor Ugalde, académico de la universidad de Guatemala, que los jóvenes son los verdaderos y únicos líderes y protagonistas de los movimientos migratorios. Que la rebeldía, propia de sus escasos años, le procura ese afán por abrirse a los cambios y por tomar riesgos hacia lo desconocido. Dice también que su idealismo les hace tener una visión del futuro lleno de esperanzas, y así, como si se les considerara exploradores en la Amazonia, se lanzan a buscar un lugar donde ubicarse que les permita vivir en condiciones dignas.

Leía estos días la noticia en la prensa, informándonos, de como más de doscientos enfermeros y enfermeras recién graduados tienen que abandonar la ciudad y marcharse lejos de sus casas. Hablamos de sanitarios, los mismos a los que bendecíamos y agasajábamos cuando estábamos expuestos. Esos jóvenes profesionales que se han formado para cuidarnos son expulsados de la ciudad, la misma ciudad, en donde las familias y profesores han hecho todos sus esfuerzos por prepararlos y donde sabemos que son irremediablemente necesarios.

No es que no podamos entender que quieran irse, que sus escasos años y la fuerza de un cuerpo intacto les lleve a buscar un lugar digno donde comenzar su historia como hombres y mujeres autónomos. Pero, una vez más, somos las familias los que tenemos que hacer el esfuerzo de su ida. El acompañamiento en la distancia, a jóvenes exhaustos mentalmente agotados que se sienten expulsados de su tierra, mientras escuchan que hay miles de enfermos en listas de espera. Saben de la falta de personal en los centros de atención primaria y en los hospitales, y mientras contemplan como los que sí están en el sistema se encuentran desbordados, en una sanidad pública que está al borde del colapso.

Pero y si no quieren irse. Y si en su crecimiento personal, su evolución hacía adultos quieren hacerlo en la ciudad en la que nacieron. Quieren pasear por sus calles, mirar sus puestas de sol desde la Victoria o simplemente permanecer cerca de sus familias. Es muy injusto que se les impida hacerlo cuando su labor es primordial y la necesidad de ellos es perentoria.

Qué va a ser de esta ciudad donde nos hacemos viejos sin personal que nos cuide y con los hijos lejos. Quizás alguien piense que el asedio desde el muelle de los cientos de cruceros, que los miles de turistas que ocupan nuestras calles y la multitud de pisos turísticos nos darán de comer siempre. Creo firmemente que aún no nos hemos dado cuenta que cada piso que ocupe un turista de ida y vuelta es un gaditano menos.

Sé que no son solo ellos, aunque me afecta personalmente el mundo sanitario, sé que no son solo ellos, que miles de jóvenes gaditanos pueblan las calles de otras tierras y que en un afán de convertir su marcha en algo romántico y en una especie de novela de aventuras, los echamos al mundo sin percatarnos que nos quedamos solos, forjando una ciudad de ancianos.

Tenemos que asumir desde ahora que todos nuestros hijos e hijas se marcharán más pronto que tarde de Cádiz. Asimilar desde el mismo momento que empiezan a estudiar, que nos tocará desprendernos de ellos y que tendremos que acompañarlos, los que podamos hacerlos, en ese enorme esfuerzo mental y económico de empezar una nueva vida fuera de casa.

Entre los años 1959 y 1971, el 70 %, unos dos millones y medio de personas, tuvieron que emigrar a Europa, atraídos por una mejora de las condiciones laborales y los sueldos. Más de siete millones de personas, el 20 % de la población, abandonaron sus pueblos y se instalaron en las periferias de las grandes ciudades españolas. Hombres y mujeres que llevaban su país en la maleta. Y desmitificando ese intento burdo de que todo fue perfecto, vivieron de forma precaria intentando con su esfuerzo y sus ahorros levantar lo que quedaba de esa España que le acogería a la vuelta.

Tengo la sensación de que la historia se repite, pero hoy perdemos los que nos quedamos. Y no hay nada que revierta en positivo en la marcha de los jóvenes. No hay nada bueno para las ciudades que los expulsan. Según un informe de la Fundación BBVA, IVIE en el 2022, de las cuatrocientas mil personas que abandonaron España, ciento treinta y cinco mil eran menores de treinta y cinco años.

Más de la mitad de los jóvenes que se marchan tienen una enorme cualificación que son aprovechada por los lugares a los que llegan. El impacto económico de su salida va a más cada año y a nadie parece preocupar su marcha. Más de ocho mil, en estos últimos años, son enfermeros, según el Consejo General de Enfermería, más de seis mil a otras provincias españolas y mil quinientos, aproximadamente, fuera de España. La temporalidad, que no baja del 30%, pese a que el gobierno se marcó el 8 %, aleja toda posibilidad de que puedan quedarse en sus localidades de origen, cuando sería más que factible, con una política adecuada y una planificación eficaz por parte de quienes tienen todas las competencias, que son las comunidades autónomas.

Es de una extrema injusticia para ellos que se fueron, y para las familias que los vimos irse, escuchar por parte de la Junta de Andalucía que no hay personal disponible y que a modo de advertencia, como si quisiera prepararnos, nos hace saber que se pueden cerrar centros de salud durante el verano. Me pregunto si creen que somos ignorantes que no entendemos la causa y efecto, las consecuencias de sus recortes e inversiones en la sanidad púbica.

Las ciudades se hacen viejas, y no solo por su historia, sino por el espíritu de los que las pueblan.

Aquellas ciudades que los acogen están llenas del poder de sus alas vírgenes y se enriquecen de la savia que recorren sus cuerpos llenos de fuerza y de coraje. Ellos y ellas engrandecerán esos lugares a donde llegan con la plenitud de sus pocos años. Formarán familias nuevas y proveerán a esas tierras de la fertilidad de sus vientres, haciendo a esas ciudades más fuertes.

Mientras tanto, aquellas, como la nuestra que los desechan y abandonan a su suerte, quedaran convertidas en una triste ciudad de viejos.

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