Vargas Llosa muestra su faceta más periodística en 'Diario de Cádiz'
El Nobel de Literatura visitó la sede de este rotativo un día después de recibir el VI Premio Libertad Cortes de Cádiz El escritor se mostró interesado por la historia del periódico
Mario Vargas Llosa sabe dónde mirar, por eso, quizás, sabe justo qué preguntar. El Nobel de Literatura, el Cervantes, el Príncipe de Asturias es escritor, sí, uno de los escritores más importantes de nuestro tiempo, pero también es periodista. Conocedor del qué, del cómo, del quién, del cuándo y del dónde, el niño de Arequipa, el joven de Cochabamba y Lima, el hombre transatlántico se hace una composición de lugar con un solo barrido de sus ojos indescifrables, profundamente oceánicos, no por lo azul, por lo insondable. Pisa la hemeroteca de Diario de Cádiz, disfruta de su colección, historia viva de una ciudad, firma en el libro de la casa... Como un invitado de honor más. Y no. Porque Mario Vargas Llosa no pierde oportunidad para preguntar, para satisfacer sus ansias inagotables de conocimiento, para interesarse por todo. No le va la contemplación, le va la acción. "¿Sería posible visitar la redacción?". Al Nobel de Literatura le gusta preguntar y le gustan las trincheras.
El autor que asombró al mundo con La ciudad y los perros y lo deslumbró con Conversación en la catedral visitó ayer la sede del histórico rotativo en las postrimerías de su estancia en la ciudad donde el lunes recibió el VI Premio Libertad Cortes de Cádiz. En su nutrida agenda, el escritor peruano reservó un hueco para conocer este periódico tras recibir el Premio 1812 que le otorgó en 2010 el Club Liberal de Cádiz y tras una visita a la Santa Cueva. Entre unos destinos y otros, el literato no pasó desapercibido para muchos gaditanos.
Pasadas las doce de la mañana, la figura esbelta e imponente de Mario Vargas Llosa cruzaba las puertas del edificio Fénix. Acompañado de su mujer Patricia Llosa, unos amigos españoles y los concejales del Ayuntamiento de Cádiz Bruno García y Alejandro Varela, el autor de El sueño del celta fue recibido por el director general del Grupo Joly, Tomás Valiente, y por el director adjunto de Diario Cádiz, José Antonio Hidalgo.
Se abrían las puertas de la joya de la corona. La hemeroteca de Diario de Cádiz. La cámara del tiempo soñada en maderas nobles y vivida en papel. Una visión a la que no se pudo resistir la mirada del escritor y, sobre todo, la mirada del periodista. La mesa principal -testigo de cientos de reuniones y entrevistas- moquetada para la ocasión con dos números de El Conciso (la recuperación llevada a cabo por este periódico de la legendaria cabecera) muy especiales, el primer número y el ejemplar dedicado al propio Mario Vargas Llosa. "¡Oh! Recuerdo esta entrevista, qué bueno...", exclamaba el invitado de honor aún en fase de reconocimiento del terreno. Pero fueron dos grandes tomos abiertos sobre la tabla los que imantaron el interés de Vargas Llosa. El primer número de Diario de Cádiz, de 1867, y un ejemplar del 28 de marzo de 1936. Mario Vargas Llosa se sorprendió, se acercó al tomo y leyó las noticias que sucedieron en Cádiz el día de su nacimiento.
Leyó y preguntó. Miró y preguntó. Escuchó y preguntó. "¿En qué fecha se fundó el periódico?". "¿Y es de los más antiguos de España, no?". "¿Es parte de un grupo de comunicación?, ¿cómo funcionan?"... Siempre cortés, siempre educado, con ese aire de hombre tranquilo que parece libre de la dictadura de los relojes. Vargas Llosa no acribilla con sus interrogantes, los deja caer, reposar, respetando los espacios entre preguntas y respuestas, creando un clima de interés y confianza. Vargas Llosa no olvida las enseñanzas de sus tiempos de periodista.
No sólo las estanterías preñadas de la historia de la ciudad fueron objeto de su atención, desde las paredes los antiguos carteles comerciales de la imprenta médica (que pertenecía a Diario de Cádiz) le hablan de buques que partían desde nuestro puerto a su continente. "Ese barco iba a Perú, fíjate, pasaba por tantos lugares..." El cartel dueño de su interés le será enviado al escritor.
Vargas Llosa también regaló algo al rotativo. Su firma. Una agradecida dedicatoria llena de buenos deseos en el libro de honor del periódico: "Es un honor visitar el Diario de Cádiz, que desde hace un siglo y medio viene ejerciendo un periodismo libre e independiente. Os deseo muchos otros aniversarios y cada vez mayor número de lectores. Muchas gracias por la cariñosa hospitalidad".
En este mismo legajo otra rúbrica señalada. La de otro Nobel de Literatura. Una gran margarita firmada por Gabriel (García Márquez). Vargas Llosa la vio. Y sonrió. Esa sonrisa, como su mirada, también es oceánica, no por lo amplia, también por lo insondable.
"¿Sería posible visitar la redacción"? Bajar (subir, en este caso) a las trincheras, al corazón de todo periódico. Donde late. "Qué poco ruidosa y qué limpia", se asombraba el literato que confesó que las redacciones donde trabajó eran "más bulliciosas y más sucias". Los compañeros presentes en este especial mediodía le explicaron que la mañana suele ser más tranquila porque los periodistas están en la calle. Las tardes son las de las pulsaciones aceleradas. Las tardes (y las noches) hacen ruido.
Los apretones de manos, los gestos de cercanía y cortesía se repitieron en la redacción. Y la curiosidad. Las trabajadoras de Tabacalera retratadas por Kiki en una asamblea de la huelga del año 88 atraparon a Vargas Llosa, que se iba, pero que se quedaba para preguntar por el cuadro situado a la entrada de la redacción. Se quedaba, un poco más. Sólo un poco. Le esperaba un almuerzo en El Ventorrillo del Chato y otro compromiso en La Puebla del Río, entregar el título de Hijo Predilecto a Morante de La Puebla. Pero se quedó, un poquito más .
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