Legado de generaciones
informe/ la industria 3 La cara familiar
Trabajadores y extrabajadores de tres de los centros de trabajo históricos de la ciudad nos acercan la historia de estirpes ligadas a una empresa y de empresas donde los antiguos empleados luchan por seguir siendo una familia
El sentimiento de posesión es también resultado natural de años, de sudor. Porque a veces ese pedacito de terreno que es una empresa se siembra de futuro, de vocación, de sustento para la familia. Porque a veces los de la misma sangre acaban formando parte de esa otra casta unida por la conquista del pan. Porque a veces se habita en esa otra casa con esa otra familia demasiadas horas, demasiados días del año. Porque, a veces, ocurre. Que sin acciones, ni documentos de propiedad que lo atestigüen una empresa puede ser la casa de unos trabajadores que se han convertido en familia o el legado que, generación tras generación, atesora una familia de trabajadores. Estas son las historias de unos y de otros. De estirpes ligadas a las fábricas que son, o que fueron, el pulmón económico de esta ciudad y de trabajadores que sin parentesco alguno lograron formar una verdadera familia.
Si de linajes se trata, los Bedeli han ligado su apellido a Astilleros de Cádiz casi desde la fundación de la empresa. Hubo muchos Bedeli en Astilleros. Todos familia. Pero hoy si de Bedeli hablamos en la casa sólo existe un nombre propio, Juan. El presidente del comité de empresa nos abre las puertas de la sala, "del museo" de noticias y portadas de periódicos que recogen las históricas luchas por el empleo del colectivo de trabajadores de Astilleros de Cádiz. Pero hoy Juan no está solo. Francisco, Antonio y Manuel Bedeli lo acompañan. Tres de sus hermanos. Tres extrabajadores de la factoría que nos ayudan a reconstruir esta historia familiar.
Los Bedeli Díez se acuerdan de sus abuelos. "Uno fue carpintero, incluso trabajó en Elcano, y otro capataz de mantenimiento. Mi padre, que entró a finales del 39, no llegó a jubilarse porque le dio una trombosis estando aquí en el turno de noche conmigo", recuerda Antonio, gruista, electricista, que entró en la empresa en 1968 hasta que en 1999 fue prejubilado.
Durante más o menos tiempo, los cuatro hermanos coincidieron junto con su padre trabajando en la factoría gaditana, una buena experiencia ya que, como asegura Manuel (desde 1962 hasta 1989 en Astilleros) se llevaban "como amigos". "Bueno a mí tanto él como mi hermano Paco me sacaban de quicio porque me hacían trampa a las cartas", bromea mirando a Paco que estuvo en la empresa como soldador desde 1971 hasta 1995.
De alguna manera todos echan de menos "el ambiente" de Astilleros de aquellos tiempos. "Hemos pasado buenos y malos momentos pero aquí ha habido muy buena gente y se trabajaba, mucho, y había futuro", explica Paco, el mayor de los hermanos.
Malos momentos como la reconversión "que es lo que dijeron para ocultar otra palabra, reestructuración", dice Manuel, del 84 les viene a la memoria toda vez que repasamos la galería de imágenes de uno de los portafolios de prensa que descansan en la mesa de la sala del comité. "Fue muy duro levantarse por la mañana y ver en Diario de Cádiz los nombres de los 290 despedidos", se lamenta Juan que sigue a la cabeza de la lucha por el mantenimiento de los puestos de trabajo de sus compañeros. "Cuando entré éramos 3.820 personas en plantilla, ahora somos 170 trabajadores pero si tengo que buscar la parte positiva es que si, como ahora ocurre, entran dos barquitos pues se crean 500 puestos de trabajo de un día para otro. Lo malo es que cuando se terminen se irán a la calle por eso hay que luchar para que entren trabajos de construcción porque es difícil subsistir sólo con reparaciones", valora.
Una idea que comparte otro prejubilado de la casa, Manuel Baena, que desde 1969 a 2005 trabajó en la factoría en la que también estuvo su padre conocido como El Icha. "Se trabajaba mucho pero había futuro", resume el operario que, sin embargo, ve como su hijo trabaja "por temporadas" en Astilleros. Cuando hay trabajo.
El legado, en forma de sustento, de herencia laboral de generación en generación, está cada vez más lejos en el que fue uno de los grandes centros de trabajo de Cádiz.
Lazos familiares también dejaron Teresa Aparicio y Rosa Prado en la calle Plocia. La tía de una, el tío de otra, trabajaban en la antigua Fábrica de Tabaco. Pero esa es otra historia. La historia de Teresa y su bocadillo de manteca colorá que no se pudo comer el primer día de trabajo. La del tío de Rosa que daba gloria verlo en el departamento de picado tan arregladito todos los días... Pero, como digo, esa es otra historia. En la familia que nos interesa no existe, a priori, parentesco alguno entre sus miembros. La familia a la que ahora miramos es a la del Grupo de Empresa de Altadis que tiene en su cabeza visible a estas dos mujeres, luchadoras, junto a otros siete compañeros que forman la junta directiva de la entidad. Un Grupo de Empresa del forman parte unos 600 miembros que sienten un profundo dolor por la noticia del próximo cierre de la fábrica en Cádiz.
"Esto es una familia porque ya lo éramos cuando trabajábamos en la fábrica. Nuestra labor es la de hacer actividades y reuniones para mantenernos en contacto, para seguirnos la pista porque hemos sido una verdadera familia, porque han sido muchas horas y muchos momentos compartidos", cuenta Teresa, la presidenta, mientras que Salvador y Lorenzo, otros dos miembros de la junta directiva, nos muestran fotografías de diferentes momentos de la historia de Tabacalera que exhiben en su página web.
"Mira, este señor -certifica Rosa sobre una imagen- tiene cerca de 80 años, se llama Manolo Trigo y no falta a ninguna de las excursiones que hacemos. Viene con sus hijas, también socias del Grupo Empresa, y como él hay muchísimos socios que siempre procuran mantener el contacto".
Fiestas de Navidad, cursos de informática, de baile, excursiones, convivencias... Se trata de estar juntos. Como ahora lo están, como ahora sienten, que deben de estar con la plantilla actual de Altadis "y con las contratas y empresas auxiliares porque hay muchos trabajadores que se irán a la calle además de los de la plantilla", se duelen las mujeres.
Teresa y Rosa trabajaron en la empresa desde 1975 hasta 2009, primero, en las dependencias de Plocia para después pasar "a la fábrica nueva" que este diciembre, fatídico diciembre, cumpliría 25 años. "Hemos vivido tanto...". El encierro del 88. Aunque la madre de Teresa la esperara en la puerta de la fábrica para no dejarla entrar "porque yo estaba de permiso y no debía estar". Los cacheos en el control "que te estrujaban los cigarros como te los vieran". Fumar y comer el bocadillo a escondidas en los cuartos de baño. El premio de la Lotería de Navidad que escucharon y celebraron en la misma fábrica, "180.000 pesetas que nos llevamos cada uno". Esperar a La Cigarrera, como siguen haciendo aún en la puerta de la que fue su factoría... "Vente un miércoles santo que allí nos verás".
Una familia. La de las niñas de Tabacalera. Una familia. La del Grupo de Empresa de Altadis que siguen esperando un local en los antiguos depósitos de tabaco para poder realizar sus actividades sobre las que planea la incertidumbre ya que la entidad se sostiene por una cuota de 12 euros al año por socio y una subvención de Altadis que ahora puede estar en el aire. "Pero de todas formas, en este momento no estamos en esas, ahora estamos con los trabajadores que van a perder su trabajo", aseguran.
Una familia que comparte genes con olor a tabaco y a papel que poco a poco se consumen.
Un avión cruza el cielo. Un pensamiento cruza la mente de Fernando: "Lleva algo mío". Prejubilado de Construcciones Aeronáuticas (CASA) en 1998 tras 42 años de trabajo, Fernando Delgado siempre alza la vista hacia los aviones "pensando que pueden tener una pieza hecha por mí y eso da mucha satisfacción". No es la única que se ha llevado en sus años de trabajo el gaditano que ha visto como dos de sus hijos trabajan en Airbus (que forma parte del Grupo EADS), y otros dos en empresas auxiliares del gigante de la aeronáutica.
Frente al monolito que recuerda la ubicación de CASA en la confluencia de los barrios de Loreto y Puntales, Fernando Delgado Galán echa la vista atrás junto a su hija Teresa Delgado López, que entró en la empresa en 1986 y que actualmente trabaja en el departamento de calidad de la planta de Airbus en Puerto Real.
Fueron muchas las mañanas en las que padre e hijos (Teresa y José María, el mayor) salían juntos de casa para ocupar su puesto de trabajo en CASA. "Yo coincidí físicamente con ellos unos dos años porque tras ese tiempo pasé a formar parte de la unidad técnica que se instaló en Puerto Real de la planta matriz de CASA en Cádiz", precisa Teresa. Aun así, padre e hija recuerdan "con mucho cariño" aquella época.
"Lo bueno es que siempre hemos sabido separar el trabajo y la familia. Unos asuntos no han interferido ni influido en los otros y creo que ha sido fundamental para llevarnos bien. Mi padre nos ha dejado recorrer nuestro propio camino", asegura Teresa ante la mirada orgullosa de Fernando. "Para mí que mi sangre siga dentro de la empresa me da mucha felicidad porque así me sigo sintiendo parte de ella".
Fernando ha visto "crecer y desarrollarse como si fuera un niño" la empresa formada a su llegada por 350 trabajadores y en la que estuvo 26 años de tornero y 16 años en la oficina de proceso y tiempo. "Se fue de Cádiz porque físicamente ya no había espacio aquí, porque las cosas avanzan y hay una tecnología más avanzada, porque tenía que crecer", van explicando padre e hija que se sienten parte de algo más grande que ellos. De un trabajo que es, para ellos, sustento, vocación y legado.
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