Carta desde la calle 24
La resaca de una catástrofe natural Testimonio desde la ciudad de los rascacielos
Estíbaliz Rodríguez, una gaditana que trabaja en la ONU como traductora, explica sus vivencias en Nueva York después de pasar por la ciudad el huracán 'Sandy'
Después de dos días en casa de unos conocidos, volvimos a casa porque estos también se quedaron sin luz. Se portaron fenomenal con nosotros, yo solo los había visto una vez hace 10 días, y enseguida nos ofrecieron cobijo. Pero quedarnos más habría sido abusar: además de nosotros tenían incrustado al hijo de la vecina, un torbellino de 4 años. Mientras el niño revolucionaba la casa, su madre trataba de rehacer su vida sentimental con un nuevo novio en el piso de al lado y de vez en cuando asomaba por allí con algo que había cocinado, para que no pareciera demasiado abusar.
Las niñas están muy bien, ya van entendiendo que la tele no funciona. Eva está contentísima, creo que le gusta la rutina de emergencia. Fue su cumpleaños el día 29, cuando estábamos refugiados. Con la prisa se nos olvidó llevarnos su regalo, lo único que hice fue llevar un bizcocho de manzana que preparé justo antes de irnos, y fue un error, porque uno de los niños de nuestros anfitriones es alérgico al trigo y le hice pasar un mal rato. Estuvo una hora repitiendo "cake" y su madre repitiendo "there's no cake". Incluso tuve que enseñar a mentir a Inés, pidiéndole que dijera que estaba malo. Aprendió muy bien, porque no solo dijo "it's yukky", sino que añadió "and very, very hot".
El equipo de mantenimiento de nuestro edificio ha trabajado muy bien, casi no quedaba basura en los bajos, que habían quedado muy sucios con las maderas que trajo el agua. El sótano y los garajes se inundaron y las cuatro torres de la urbanización no tienen agua ni electricidad, los ascensores no funcionan y aun así, hay gente que está viviendo dentro. Por suerte, nosotros vivimos en un quinto edificio que hay de casitas, y ahí las condiciones son algo mejores. Tenemos agua (fría) y gas, así que podemos comer caliente e incluso, dedicándole tiempo, darnos un baño calentito. Desayunamos como en los años 50: cazo de leche caliente y pan tostado en la sartén.
Estos días se veía a un montón de gente caminando hacia el norte con maletitas. De la calle 39 para arriba, todo esta normal, sin embargo más al sur nada funciona. Es como un muro de Berlín eléctrico.
Ayer salimos a dar una vuelta y nos cruzamos con dos niñas de la guardería de Eva que iban para allá. Nos extrañó, porque la guardería está dentro del parque y todos los parques están cerrados. Pero efectivamente, estaba abierta, así que tuve la ocasión de ir por primera vez a la guardería de Eva (normalmente esto es tarea de Dorian, porque es en horario de oficina). Luego fuimos a la oficina, donde pudimos usar internet y tomarnos un café.
Una vez en casa, bañamos a las niñas a la luz de las velas con agua calentada en cacerolas. Nunca me había parecido tan grande la bañera. ¡Cuatro cacerolas llenas de agua hirviendo, más el agua fría y apenas cubrí un par de dedos! Mientras tanto yo cocinaba parte de las provisiones que tenemos en el frigorífico desenchufado, ayer tocaban unas croquetas que teníamos congeladas. Freír a la luz de la vela no es nada fácil y además vino a vernos una vecina para ofrecernos pizza que tenía congelada. Había venido desde el piso donde está refugiada en el norte de Manhattan, andando (ayer estaba imposible el tráfico, porque al no haber transporte público la gente se lanzó al coche) solo para vaciar su frigorífico. Total, que mientras me contaba esto se me quemaron las croquetas y cenamos croquetas calcinadas y unos bocadillos a la plancha.
Después Dorian se fue porque había quedado para despedirse de un amigo que vino de Bélgica a trabajar unos días en la ONU (no sé si habrá llegado a entrar en el edificio). Yo me quedé jugando con las niñas y lo pasamos muy bien hasta la hora de acostarlas. Cuando al cabo de un rato volvió Dorian, me contó que había tenido miedo por el camino de vuelta. Nuestra casa está a la altura de la calle 25 y hasta la 39 es la oscuridad absoluta. Él había cenado en la 44, en el mundo civilizado donde todo está como siempre. Pero para volver a casa tenía que cruzar al lado donde no hay semáforos y vio que había mucha policía. ¡Y eso es lo que le daba miedo! Que algún policía le disparase, porque viendo cómo se las gastan... En fin, paranoias aparte, es la ocasión perfecta para entrar a robar. Las alarmas están apagadas, muchas casas vacías... Ahora sí que nos alegramos de tener seguridad 24 horas.
Esta mañana ya abría la ONU, así que he venido en el autobús, que es gratis, no sé si para evitar que la gente venga en coche o porque no funcionan las máquinas de cobrar. Dejar atrás la calle 39 es estupendo. En mi oficina, en la calle 46, todo está como siempre. Hemos pasado una hora charlando, para saber en qué situación está cada uno, pero aparte de eso, todo está normal. Aquí tengo mi cepillo de dientes eléctrico cargando.
El único fastidio es que no sé cuándo van a restablecer el servicio, parece mentira que no haya plan B. Se corta la luz y hasta que la arreglen no hay más. El Empire State está iluminado cada noche en medio de un montón de edificios apagados y Wall Street ha abierto, pero uno de los hospitales de al lado de casa ayer todavía estaba evacuando a enfermos. Uno que trabaja allí nos contó que los bajan por las escaleras en sábanas, no deben de tener camillas para todos.
Nosotros solo estamos incómodos, pero no nos podemos quejar. Tenemos una vecina en una de las torres de nuestro edificio que prefirió quedarse en su casa, en la planta 23. Allí no tienen agua porque sin electricidad no pueden bombearla, ni funcionan los ascensores. Ayer se decidió a bajar con su hija de dos años para ver si podía usar nuestro cuarto de baño. Pero nosotros estábamos en la oficina, fascinados por la tecnología, sin prisa por volver al submundo de tinieblas. Para cuando llegamos a casa, se había aburrido de esperarnos y volvió a subir las 23 plantas. Sin agua. En esa situación creo que aceptaría alguna oferta de alojamiento. A nosotros nos han ofrecido refugio, pero casi preferimos estar en casa sin luz con nuestras cosas a estar estorbando en casa ajena. De momento nos quedamos.
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