La destrozada escultura de San Agustín en la portada de la Prioral
La figura está a la espera de reparación por parte de los técnicos restauradores del Museo Municipal. Es una de las ocho imágenes que decoraban la Puerta del Sol
La conocida como Puerta del Sol es actualmente la principal entrada a la Iglesia Mayor Prioral. El primer cuerpo de esta gran portada retablo se proyectó con esculturas en los intercolumnios. Una de ellas, la que representaba a San Agustín, ha sido destrozada recientemente. Dar a conocer mejor dicha imagen y valorarla en su justa medida son los principales objetivos de este artículo.
En la fachada lateral de la Prioral alzada en la Plaza de España que da acceso a su nave de la Epístola se construyó esta portada renacentista en el segundo tercio del siglo XVI, muy probablemente por Martín Gaínza, salvo el frontón ondulado del remate. Queremos referirnos en esta ocasión a las pequeñas esculturas mal conservadas en las hornacinas de los intercolumnios que flanquean el arco semicircular bajo el que se accede al interior, concretamente a la que ocupaba uno de los nichos del cuerpo inferior: San Agustín.
Las ocho esculturas de pequeño formato (miden unos 80 centímetros de altura) labradas para decorar dichos espacios entre parejas de columnas abalaustradas del primer cuerpo de esta portada han sido desafortunadas. De ellas sólo llegaron a nuestros días seis: los cuatro Evangelistas en la parte superior y dos de los Padres de la Iglesia latina en el inferior: San Agustín a la izquierda y San Ambrosio a la derecha. A las desaparecidas San Jerónimo y San Gregorio Magno hay que añadir ahora la destrozada imagen del obispo de Hipona.
A la espera de que los técnicos restauradores del Museo Municipal puedan recomponer los fragmentos que restan de la imagen de San Agustín, nos conformaremos con las fotografías y este recuerdo a modo de breve artículo. El santo obispo, uno de los pilares de la Iglesia y de la filosofía medieval, estaba representado a modo de altorrelieve en actitud erguida, maduro y barbado, como obispo, con algunos de sus atributos. En este caso han sido elegidos para su interpretación iconográfica los ornamentos pontificales (mitra coronando la cabeza y capa pluvial cubriendo el hábito sobre cuerpo y extremidades) y un gran libro abierto sobre su mano izquierda (en otras ocasiones, el libro es sustituido por una maqueta de iglesia indicando fundación). Ese libro tan protagonista en esta representación por su volumen y grosor hace referencia a un episodio de su etapa juvenil, plena de incertidumbres y desasosiegos. Se cuenta que escuchando los sermones de San Ambrosio en Milán puso en duda sus creencias maniqueas y escépticas que profesaba por entonces, que se resolvieron del todo cuando un día en que reflexionaba y lloraba angustiado oyó una voz que le decía "toma y lee", refiriéndose a la Epístola a los romanos de San Pablo que llevaba consigo. Todos sabemos que inmediatamente se convirtió al cristianismo, siendo bautizado en el año 387.
Debía portar otro símbolo sostenido por su mano derecha, posiblemente una pluma de ave, otro emblema que hace referencia a su faceta de escritor y doctor de la Iglesia, o simplemente un báculo aludiendo a su función pastoral como obispo que fue de Hipona. Otro atributo típico en las representaciones de San Agustín, presente desde el siglo XV en muchas de ellas es un corazón inflamado, en señal de su total entrega y amor ardiente a Dios. Aguayo Cobo piensa que ese corazón llameante estaría presente posiblemente delante del pecho, a modo de cierre de la capa, y aunque está (estaba, perdón, ya se habrá perdido totalmente) tan deteriorado, parecía un simple broche de ese ornamento, porque de estar presente, probablemente lo sostendría más bien en su diestra. En cualquier caso, la mano derecha y su correspondiente atributo ya estaban perdidos desde hace mucho tiempo.
Bajo la peana o repisa a modo de ménsula que sustentaba a San Agustín se ha conservado una cabeza de ángel como posible alusión a esos "espíritus puros que habitan en la ciudad de Dios" -título de una de las obras del obispo de Hipona- disfrutando de su presencia", según la interpretación de Aguayo Cobo.
En cuanto a su estilo y posible autoría, podemos comentar que Esperanza de los Ríos atribuyó estas esculturas a José de Arce, escultor flamenco afincado en Sevilla y Jerez a mediados del siglo XVII (La fachada-retablo en el Marco de Jerez…, publicada en las Actas del Congreso sobre Conservación de retablos en 2006). Pero comparando este San Agustín con el labrado por Arce junto a los otros Doctores de la Iglesia en la iglesia del Sagrario de Sevilla en 1657, observamos ciertas diferencias. Aunque la amplitud de las formas y el tratamiento de los paños en grandes planos sea típico de ese escultor barroco tan extraordinariamente representado en la vecina Jerez, y se aprecie en nuestra pequeña escultura de la Prioral, no debemos olvidar que se trata de unas características presentes en buena parte de los escultores que trabajaron junto a Arce y Roldán en la segunda mitad del siglo XVII en buena parte de Andalucía. Podríamos preguntarnos, con Moreno Arana, si no serían más bien obras de Ignacio López, imaginero sevillano establecido en El Puerto entre 1680 y 1718, autor documentado de la imaginería del retablo de Ánimas de la Prioral y otras muchas esculturas repartidas por la misma ciudad, Jerez y varias localidades andaluzas. Los elementos morfológicos más sobresalientes en sus imágenes aparecen en ésta que comentamos: rostro oval con ojos ligeramente almendrados, acusados pómulos, nariz recta, boca entreabierta de carnosos labios y pequeña y redondeada barbilla (aquí cubierta con ampulosa y abocetada barba). A la expresividad de esas facciones se une la delicada y a la vez valiente mano conservada, de perfecto modelado y naturalista anatomía y el dinamismo en actitudes e indumentaria (tratada con rigor a base de angulosos y volados pliegues, aquí menos precisos que en sus obras de madera policromada). San Agustín puede compararse perfectamente con las imágenes documentadas de López en dicho retablo de Ánimas, concretamente con las de San Gregorio Magno y San Judas Macabeo.
Lo que no cabe duda es que podemos considerarla una de las más interesantes esculturas de esta portada de la Prioral. La cabeza inclinada mostrando interés en la lectura, la expresión compungida de un rostro sumamente expresivo, la amplitud del manto con gruesos pliegues ondulados y la presencia de una elocuente mano izquierda soportando el libro le aportan las notas suficientes para adscribirlas al dinamismo barroco de esta transición de entre los siglos XVII y XVIII.
Creemos que, aunque en las seis conservadas en nuestros días se puedan apreciar diferentes manos, bien pudieran formar parte de las labores de reconstrucción y reformas sufridas por el primer templo portuense durante la segunda mitad del siglo XVII.
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