El parqué
Ligeros ascensos
nuevos rituales
La muerte como algo ajeno. O, al menos, como algo que procuramos que lo sea. La queremos lejos de nosotros, claro: lejos, muy lejos, de nuestro calor y de aquellos a los que queremos. Fuera, largo, lejos. La muerte se ha ido convirtiendo, en efecto, en algo cada vez más desgajado de la rutina. Se deja de existir y el cauce administrativo se encarga de lidiar con la corporeidad del momento hasta que el muerto termina, como ha de ser, bien apartado de los afanes de los vivos. La muerte existe, desde luego, pero solemos tenerla muy confinada.
"De la mano de la simplificación de todo el proceso, el ritual de la muerte ha quedado minimizado -comenta Félix Talego, profesor de Antropología de las Religiones en la Universidad de Sevilla-. El duelo ha cambiado profundamente: hemos pasado de presentar el dolor ostentosamente, públicamente, recurriendo incluso a la figura de plañideras, que seguían existiendo hasta hace relativamente poco, a que el dolor tenga que ser mínimo de cara al exterior. Hay que disimularlo. Cuando se muere alguien, tienes dos o tres días de permiso y luego, vuelta al trabajo. Todo se espera que siga siendo normal, pero si se ha muerto una persona importante en tu vida, la herida emocional es grande, sobre todo, si no se da tiempo a cicatrizar. De alguna manera, la rueda de la rutina, que por otro lado puede ser útil, espera de ti que te incorpores al ritmo como si no hubiera pasado nada. Parece que todo el proceso de asepsia e higiene respecto a la muerte se ha saltado el duelo emocional. Como recoge Durkheim, ante una pérdida importante el ser humano se queda huérfano y ha de contar con un tiempo mínimo reservado para rehacerse".
En esa desvinculación con la muerte y con el duelo asociado, aún existen diferencias entre campo y ciudad, "aunque, desde hace ocho o diez años, están desapareciendo a gran velocidad, con la llegada de los tanatorios a los pueblos", apunta Talego, que recuerda que, dentro de la tradicional marcada división por géneros de las tareas, eran las mujeres las que se encargaban de llevar a cabo todos los rituales que rodeaban el morir: las mujeres cercanas eran las que amortajaban, las que disponían el velatorio, ellas se encargaban de llevar la comida a las casas, las sillas, el arrope.
"Podríamos decir que el culto familiar a los muertos se ha ido debilitando porque la familia no es una institución de peso y no hay espacio para el dolor", indica el antropólogo. Una tendencia profunda, en la que apenas cuenta en estas fechas de Difuntos la introducción de Hallowe'en: una fiesta que "debería estar asociada con la gran familia de lo carnavalesco, y por esa vía, apuntando a lo dionisíaco. Es decir, fuera de los ritos piaculares pero entroncando con un tipo muy importante de rituales también, los irreverentes, que tienden a transgredir las normas y los límites, y las identidades, aunque sea para validarlas al final, desde su inversión en el tiempo ritual", explica.
Sin embargo, "si en la comunidad familiar puede seguir estando presente el recuerdo de alguien pero no ser muy importante; a nivel nacional, social e histórico, quién ha muerto y a quién se recuerda y por qué, sigue siendo muy importante", desarrolla Félix Talego.
Siempre ha habido clases. Cuando te mueres no va a ser distinto. Esta circunstancia la recuerda muy bien Philippe Ariès en Historia de la muerte en Occidente (Acantilado): no hemos de pensar que el culto a los difuntos ha sido una norma común en el pasado. El pasado, entre otras cosas, abarca mucho. Nos parece que ha sido siempre así porque durante el siglo XIX, por ejemplo, el culto a la muerte fue tremendo. Pero no hay que retroceder mucho más para encontrar gran cantidad de enterramientos comunes y fosas multitudinarias en los viejos osarios de las parroquias. El dinero siempre ha marcado a quién se recordaba, quién pasaba realmente a la posteridad.
"Y, según el culto que se le profese, puede parecer que algunas personas, estando muertas, están muy vivas -continúa al respecto Félix Talego-. Un caso claro en España lo tenemos con las eternas polémicas en torno al Valle de los Caídos y quien está allí enterrado, por ejemplo. En el otro lado del espectro, están todos los esfuerzos que hacen los llamados movimientos memorialistas, como los de las madres de la Plaza de Mayo o los de las víctimas del franquismo, para solventar aquellos casos en los que se considera que no se hace justicia a la memoria". En ocasiones, cuando en uno de estos últimos se produce un desagravio, "como puedo contar que ocurrió en la exhumación de las llamadas 12 Rosas de Guillena -continúa el antropólogo-, es frecuente que en muchas personas presentes en ese momento, tan potente, se despierte la necesidad de descubrir cuáles habían sido aquellas vidas, cómo habían sido sus historias... y repararlas, restituirles su dignidad".
No puede ser más parecido, le digo, a la trama de una historia de fantasmas: "Exacto. En la Antigüedad, la separación entre el mundo de los vivos y el de los muertos también estaba muy clara -confirma Talego-. Existía, de hecho, una ciudad para cada uno: la acrópolis y la necrópolis, ambas completamente separadas. El conflicto se sucedía si esos espacios se mezclaban: si el difunto no estaba enterrado donde debía estar. Había que acometer, entonces, el ritual adecuado, dignificarlo, y devolverlo a su lugar".
También te puede interesar
Lo último
No hay comentarios