“Lo dramático llega cuando tratas de ser útil y no lo consigues”
De Cerca | Juan Carlos Rojas
El jefe del Parque de Bomberos de Cádiz repasa sus cuarenta años de servicio en el Cuerpo con momentos para todo: desde la tragedia hasta la emoción y con hueco también para anécdotas divertidas
Apenas unos días después de cumplir los 21 años, en noviembre de 1980, Juan Carlos Rojas (Cádiz, 1959) ingresó en Bomberos, un cuerpo por entonces municipal en el que los medios no eran ni de lejos los que ahora facilitan una labor esencial en el campo de la prevención y las emergencias. Cuarenta años de bombero dan para mucho, y más en una figura como la de Juan Carlos, entregado a una profesión que reparte satisfacciones y frustraciones en partes nunca equitativas.
–¿Cómo se hizo bombero?
–Yo entré por fortuna, por suerte. Cuando estaba en la mili en Cerromuriano, en el campamento, todos los quintos salían, pero mis recursos económicos eran escasos y yo me quedaba en el cuartel haciendo deporte, sobre todo en la pista americana. Aquello me valió muchísimo para la parte física.
Pero mi primera intención después de la mili fue ser policía nacional. Mi madre lloraba muchísimo y no quería, porque eran los tiempos chungos de ETA y te enviaban al País Vasco. Coincidió que salieron unas plazas de bombero en el Ayuntamiento, dos plazas, y eché los papeles al tiempo que también salieron plazas en Bazán. La última prueba de Bazán coincidió con la penúltima prueba de bomberos, y en Bazán yo sabía que entraba seguro por la posición que llevaba en el proceso.
Primero fueron las pruebas físicas, con la cuerda que había que subir, tocar y quedarse arriba. Me salió muy bien. La segunda prueba fue escrita, con preguntas básicas de historia, geografía, operaciones matemáticas... Y la tercera prueba era un examen oral. ¿Y qué van a preguntar de bomberos?, me decía yo. A mí me gustaba ir a la librería Minerva, que tenía una magia especial, con Antonio, un hombre mágico y encantador. A él le pregunté por un libro de bomberos. Se quedó pensativo, extrañado, se metió en el interior y me vino con un librito como aquellas novelas de la época de Estefanía, de cowboys... Y me leí el libro en los días que tuve hasta la prueba.
Nos convocan al examen oral; estaban el alcalde Carlos Díaz, dos o tres concejales... Me hacen la primera pregunta, que estaba en el libro y la contesto. Me hacen la segunda, que estaba en el libro y la contesto. El tribunal se quedó mirándome como más fijo. Me hacen la tercera, también estaba en el libro y la contesto. Me percaté de que se miraban entre ellos. Después llegué a la conclusión, a lo mejor me equivoco, que ellos hicieron las preguntas basándose en el libro que me había dado Antonio.
Y entré con el número uno. El tercero fue mi hermano Jesús, y pensé en irme a la Bazán para dejarle el puesto porque teníamos que trabajar para ayudar a mi padre, pero me advirtieron de que si renunciaba, la plaza se quedaba desierta y la convocaban de nuevo.
–Y empezó a trabajar.
–Entré el día de los difuntos de 1980. Fue mi primera guardia. El Piojito estaba entonces en el descampado de Telegrafía sin Hilos y ardieron unos matojos. Uno de los veteranos me encargó que apagara el fuego y apareció un vendedor: “¿Qué haces? Esto lo apago yo con dos escupitajos”.
–Entonces el servicio era municipal. ¿Dónde estaba?
–Sí, era municipal, y estaba ya en las bóvedas de la Puerta de Tierra. Antes había estado en la plaza Viudas, en la Alameda, por detrás de la Cárcel Vieja... Estaba el parque y después el retén detrás de la cervecera, en unos cuartuchos del matadero.
–¿Cómo se andaba de medios?
–Cuando yo entro ya había siete caretas para los sesenta y tantos bomberos que éramos. El número de bomberos que había cuando yo entré era el mismo que el que hay ahora, lo que pasa es que el turno de entonces era de 24 horas trabajando y 48 libres. Éramos veintitantos por turno.
–Los coches serían distintos.
–Me acuerdo de algunas de sus matrículas, eran 91489, 91490, 1638-A..., este era uno de los más modernos. Eran camiones con la dirección mecánica. La gente más joven no puede entender cómo con un camión de esos se metían los conductores de la época en la calle Feduchy, por ejemplo.
–¿Y cómo se cogían las llamadas que alertaban de un incendio?
–Había dos teléfonos, y la emisora era la de Radio Taxi, que la donó el Ayuntamiento de Cádiz... Era una época distinta y los medios eran pocos, los equipos de protección brillaban por su ausencia, había muchas ganas de aprender, muchas ganas de hacer cosas pero poca formación, poco conocimiento de las cosas. Allí me encontré a un grupo de hombres que me acogieron, y la escasez de recursos era superada por la abundancia en la entrega y el esfuerzo, y las limitaciones educativas se sustituían por la ilusión de aprender. Hablando de las bombas, me explicaban para qué servían algunos mandos, y yo preguntaba: ¿y estos?. Y me decían: “Anda ya, eso no. Aquí sota, caballo y rey”. Una vez que llegó Alfonso Miralles, fue introduciendo poco a poco nuevos elementos y herramientas en el servicio.
–Hasta entonces habría que superar las limitaciones en una intervención.
–Como decían los viejos: “No hay grillo que de tomate se coma un kilo”. Más o menos se referían a que ningún fuego iba a durar una eternidad, que antes o después se apaga. Nosotros lo que hacemos es que se apague antes. Entonces, eso sí, era una hombría entrar en un fuego con un pañuelo húmedo y arrastrándose por el suelo. Había pocos equipos de respiración, pero algunos no se lo ponían, y costaba convencerles de que tenían que protegerse y de que el pañuelo, si no había oxígeno, no les servía. Pero era un grupo estupendo, y yo, no sé si por lo joven que entré, siempre veía lo bueno que tenían. Y recuerdo hasta el olor que tenía el parque de bomberos antiguo, era muy característico.
–No había muchos parques en la provincia.
–Los únicos eran el de Cádiz, con 62 bomberos; el parque de Jerez, con 36 bomberos, que trabajaban 24 horas seguidas y descansaban otras 24 ganando la mitad de lo que se ganaba en Cádiz; el Parque de El Puerto, donde había un bombero, y el de Algeciras. Me acuerdo de ir a los incendios en las Canteras de Puerto Real, a Chiclana, a Conil, a Vejer..., porque no había bomberos en ningún lado. Hasta que empieza a cuajar la idea del Consorcio, que los antiguos del Parque veían como una amenaza.
–¿Qué temían?
–Era algo muy humano. Ellos creían que aquello era como privatizar el servicio. Creían que iban a dejar de ser funcionarios. En una asamblea, el concejal Luis Pizarro trató de explicar que pasaban a Diputación, y allí se armó el dos de mayo. Y es que en los bomberos municipales había bomberos y conductores, que pertenecían al parque móvil y que querían seguir dependiendo del Ayuntamiento. Fue además el primer consorcio de bomberos de España, que además obligó a unificar horarios, turnos, libranzas y sueldos. Y se unificó con las condiciones de Cádiz, por lo que los de Jerez duplicaron sueldo y descanso.
Conforme fue avanzando todo se crearon nuevas plazas y nuevos parques, y comenzaron a incorporarse los voluntarios que, en principio, tampoco fueron bien entendidos porque creían algunos que les iban a quitar el puesto de trabajo. Lograban una serie de puntos que después valían en las pruebas para entrar en el cuerpo. Después, algunos de los que entraron y habían sido voluntarios, ya desde el movimiento sindical que me parece imprescindible y necesario, apostaron por cargarse a los voluntarios. Yo entendía al mayor que no quería los voluntarios porque en su mente no entraba esa figura, pero ¿el que había sido voluntario?
–En materia de intervenciones, ¿cuál sería el peor recuerdo, el peor momento?
–(Piensa). Probablemente hubo varios o muchos..., es verdad que el paso del tiempo atenúa los malos recuerdos y catapulta los buenos. ¿Servicios chungos? En la calle Ustáriz en un incendio de vivienda en el que murieron dos niños y uno de ellos no aparecía. También un día de Nochebuena, frente a Cortadura, se podía cruzar la vía y una furgoneta con una pareja, en una noche de neblina, fue alcanzada por el tren. La búsqueda de los cuerpos fue impactante. Otra vez apareció flotando un joven en la Alameda, bajamos con los medios de entonces, lo sacamos del agua y en la zapata tratamos de reanimarlo sin éxito. O un incendio en la calle Ejército de África, con una señora que también murió. Lo dramático llega cuando ves que puedes ser útil y no lo consigues. Es como si siembras un naranjo y al final no te da naranjas. Es una frustración: accidentes de tráfico, accidentes de trabajo, el rescate de víctimas mortales... Estas cosas nos ayudan a ser más humanos.
–¿Y de los mejores recuerdos?
–Muchos, y divertidos también. Que se me venga a la cabeza, un incendio en Enrique de las Marinas. Cuando llegamos, nos dicen que hay gente dentro, el padre y dos niños. Las botellas para respirar eran de hierro, pesaban cinco veces más que ahora, y allí estábamos arrastrándonos por el suelo, no se venía nada. Y palpando dimos con un tobillo, el pie, y era el padre. Entramos otra vez para buscar al niño y la niña: los encontramos en el lavabo, con el niño con el grifo abierto echándole agua a la hermana que estaba llorando agarrada a la camiseta del hermano. Días después fueron a bomberos, nos llevaron dulces y durante años los vi crecer por la calle, aunque ellos me perdieron la pista.
–Emocionante.
–Es una de las que más me han emocionado porque fue de las primeras. En la calle Brasil sacamos a mucha gente en un incendios, en María Auxiliadora a una mujer con la que tuve que compartir la máscara de aire, y también estaba su madre que nos dijo que primero sacáramos a la hija... También vinieron por el parque.
¿Como más divertida? Pues en la calle San Antonio Abad, detrás del Ayuntamiento, hace un montón de años. Había un incendio de vivienda. Cuando llegamos, todos estaban preocupados por un niño que no aparecía. Y dentro se escuchaba: “¡Mamá, mamá!”. Entramos en la casa, mirábamos, salíamos para fuera porque hacía una calor horrorosa, entrábamos otra vez y se seguía escuchando: “¡Mamá, mamá, mamá!”. La gente llorando hasta que llegó un vecino de la zona y dijo que Pedrito, que era el niño, estaba en otra casa a salvo... ¡Quien gritaba mamá era un loro!, que desde su jaula solo sabía decir ‘mamá’ y “Juan, carajo”. Juan era el nombre del hermano mayor del niño... Verídico.
–¿Cuántas veces le han llamado para rescatar un gato de un árbol?
–Uf, muchas. Y buitres, una iguana, una serpiente... Buitres, muchos. Una vez tuvimos que ir detrás del buitre desde arriba del Ayuntamiento hasta el campanario de la Catedral y después al Pedrín... Y una vez, rescatando un gato, fuimos al ambulatorio tres bomberos, dos policías locales, un vecino que quiso ayudar...
–Y de muchas de estas historias y de otras tiene cosas guardadas.
–Sí, desde el principio: recortes de prensa con las intervenciones de los bomberos, fotografías, libros donde están anotadas las intervenciones desde 1961, desde antes que yo entrara, tengo mis primeras nóminas, mi primer carné de bombero del Ayuntamiento, tengo guardado un billete de veinte duros de mi primer sueldo...
–¿Qué fin tiene todo eso ahora?
–Pretendemos abrir un pequeño museo en el Parque de Cádiz. Tengo más cosas guardadas por ahí: cascos antiguos, cinturones, herramientas, escudos, equipos, los distintos reglamentos del Cuerpo, algunos de ellos originales como uno de 1917. Hemos buscado incluso los orígenes del cuerpo en Cádiz en el Archivo Provincial.
El bombero que pudo morir... de niño
Juan Carlos Rojas García fue el segundo de cinco hermanos. Nació, como era habitual en la época, en su domicilio, el 19 de la calle Bendición de Dios. No fue, en principio, un bebé sano, pues antes de cumplir su primer año comenzó a sufrir unos ataques que hicieron que el médico dejara en la casa una partida de defunción preparada por si el pequeño, como era lo esperado, no pasaba de aquella noche. Pero Juan Carlos vivió y después de esa noche, que sus padres seguramente pasaron en vela, vendrían otras más noches en vela del propio Juan Carlos en sus centenares de guardias en el Parque de Cádiz. El traslado del domicilio familiar a la calle García de Sola le permitió entrar en el colegio Carola Ribed y aprovecharse de la sapiencia de don Eufemio, el profesor que le inició con éxito en la lectura y que le abrió muchos ojos de la vida con sus sentencias. Automoción en San Severiano, Bachiller y COU precedieron a su ingreso, con 21 años, en Bomberos.
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