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Visita 'por todo lo alto'

El Pirulí de Telefónica abre su mirador a los suscriptores de Diario de Cádiz, ofreciendo una vista sin parangón de la costa y la geografía urbana de 'La tacita'

Dos personas contemplan la ciudad desde lo alto del Pirulí y con el viento de Levante de cara.
Adrián Tarín / Cádiz

10 de agosto 2011 - 01:00

Mar al este. Al oeste. Al norte. Al sur. Mar por todas partes. La costa a un lado y el puerto al otro bordean la ciudad dibujando una urbe delgada y luenga. Uno piensa en la soledad de un náufrago, se encoge, y a la vez se deleita con la perspectiva del infinito, de su horizonte. Los edificios cambian según dónde se mire, y pasan de ser coloreados y comunes a brillantes casas de cal. Parece como si hubiera dos ciudades. Qué típico. A más de 90 metros de altura Cádiz se ve diferente. Se comprende que es una isla, o que poco le falta para serlo.

Casi una treintena de personas, entre suscriptores de Diario de Cádiz y acompañantes, se dan cita bajo el Pirulí, puntuales. Es posible que si les hubieran dicho que el número 6 de la calle Santa María Soledad se llama, realmente, Torre Tavira II, todavía se estaría esperando a algún rezagado. En grupos de ocho suben progresivamente tras recibir algunas indicaciones técnicas sobre la torre, que se alza 114 metros desde que en el año 1991 recibiera su bautismo. Sólo se puede subir hasta la cuarta planta. Para el ascensor, aunque se encuentra indicado que tiene capacidad para ocho personas, se decide hacer turnos. Hay dos niveles visitables, una planta delimitada por una cristalera y una superior, al aire libre. La primera parada es obligatoria, pero la segunda es opcional.

Reunidos en la zona acristalada, el guía aborda las capacidades operativas de la torre. Alberga equipos de telecomunicaciones, de transmisión y de seguridad, con conexión al Ministerio del Interior y a Salvamento Marítimo, entre otros. El apunte es breve, pues honestamente, lo que ha convocado a los visitantes son las vistas. En pocos segundos se anuncia la posibilidad de subir a la zona abierta. Comienzan la risa entrecortada, los agarres al brazo del compañero y el chascarrillo sobre una hipotética tragedia. Los dos tramos de escalera en espiral poco ayudan a tranquilizar el alegre nerviosismo. Metálicos y estrechos, en los peldaños mal cabe un 42. Parece que de un momento a otro va a parpadear una luz roja y a sonar insistentemente una sirena de submarino nuclear. Pero aunque el vértigo acobarde a unos pocos, la curiosidad y la belleza de la vista hacen que hasta ellos se atrevan a subir.

Y por fin, la libertad. Sin paredes ni cristales. Sólo una barandilla separa a los visitantes del abismo. Puede verse en los rostros de afirmación la complacencia. Es mejor de lo que esperaban. Cádiz se ve hermosa desde las nubes, aunque el viento de Levante se empeñe en estropearlo. Hay un foco que parece que va a salir volando, y si uno cierra los ojos siente el vaivén de la torre, mecida como si la masa de hormigón blanco naciera del mar. Cobijados bajo la sombra del pilar no pega el aire y se está mejor. Hay quien aprovecha para tomar algunas fotografías.

María Jesús es una de esas enamoradas del arte de retratar. "Este es un momento especial para hacer fotografías", reconoce. Maravillada con el contraste arquitectónico que presenta la ciudad, le resulta "preciosa la perspectiva, puesto que se entiende el diseño urbano y las diferencias entre la parte nueva y la antigua". El mar que baña la playa de Santa María del Mar, que ella ve "transparente", revuelve la arena de la orilla con el oleaje. Es esto lo que, precisamente Carlos, un jovencito de 11 años, observa con sus prismáticos. Muy decidido y sin ápice de vergüenza, se atreve a calificar la vista como "espectacular", destacando la belleza de Puertas de Tierra. El mismo adjetivo lo usa otra suscriptora, que al tiempo lamenta que el Pirulí no esté abierto al público. "Es una pena que no puedan visitarlo todos", expone.

Sólo algunos valientes se atreven a situarse cara al sol, donde azota el viento. Uno de ellos es Manuel, que bromea sobre la construcción del segundo puente. Especula sobre si finalmente se terminará o no. Observarlo es toda una metáfora. Los pilares, que parten el mar y se elevan, ordenados de menor a mayor, parecen todo un prodigio de ingeniería humana. Una proeza que, sin embargo, sin la pasarela, sin la carretera, se antoja fantasmagórico, como un esqueleto abandonado. Manuel, en cambio, no pierde la buena cara, y apunta que "las vistas son preciosas, estupendas, sobre todo el centro".

Apenas es un anillo de 15 o 20 metros de diámetro, pero hay mucho que ver. Tanto que, cuando se anuncia que es hora de bajar, sabe a poco. No obstante, hoy, a la misma hora, otros suscriptores tendrán la oportunidad de disfrutar del emblemático Pirulí, con la satisfacción de ver Cádiz por todo lo alto.

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