... Y el ‘Worry’ se llamaba Manuel
Manuel López García nació en el barrio de Santa María, en el seno de una familia con problemas económicos y cinco hijos
Tras décadas viviendo en la calle, murió el pasado día de Reyes
Muere 'el Worry', una conocida persona sin hogar de Cádiz, junto al Hospital Puerta del Mar
No supe su nombre hasta que la muerte lo encontró aterido de frío en la calle. El Worry se llamaba Manuel López García, pero en vida nunca recibió tanta atención de los medios. Ni de nadie. Una vez consumado el desastre, sí. Entonces todos lo conocíamos. Llegaron las concentraciones de repulsa en los mismos lugares comunes que, durante años, Manolo transitó empujando su inseparable carrito de supermercado; se guardó un respetuoso silencio y los ojos de políticos y ciudadanos de a pie apuntaron al suelo, el mismo suelo donde él se sentaba durante horas viendo pasar una vida dura, como siempre lo es para las personas que se adentran en esa jungla de asfalto sin camino de retorno y que los convierte casi en invisibles. Igual pensamos que esa especie de enfermedad, ese sinhogarismo cronificado, puede ser tan contagioso como un virus letal para el que no hay cura.
Manuel López García nació hace 55 años en el corazón del barrio de Santa María. Hijo de un limpiabotas que se buscaba la vida por las inmediaciones de San Juan de Dios y de una limpiadora que hacía lo propio en casas del centro histórico, tuvo dos hermanas y dos hermanos, aunque uno de ellos murió hace tiempo de un infarto. Pasó los primeros años de vida en una modesta casa de la calle Teniente Andújar, aunque las estrecheces económicas de una familia desestructurada hizo que los asuntos sociales metieran baza y se hicieran cargo de la descendencia de una pareja que las pasaba canutas para sobrevivir y que era incapaz de garantizar la manutención de sus cinco hijos. Trataron de escolarizarlos y de enderezar sus vidas. Con Manuel no lo lograron.
Los años 80 trajeron nuevas formas de inmolación al barrio. La heroína hizo estragos entre aquella juventud que se sintió invencible. Manuel, entonces un chaval de mirada más fiera que la que lucía en sus últimos años, se paseaba por los alrededores del Instituto del Rosario buscando quien le facilitara algo que calmara sus adicciones. Nunca fue violento Manuel, al contrario, más de una vez tuvo que sufrir en sus carnes la ley de la calle y aparecía con marcas en su rostro. Quizá por ello siempre pareció tener el doble de edad que nosotros. Si cumplíamos 15, él parecía tener 30, si 20, él 40... y cuando llegamos a los 50, su rostro era el de un anciano surcado por decenas de profundas arrugas. En aquella época de descubrimiento juvenil aún no era el Worry y los chavales de la época lo conocíamos por otro apodo que no viene al caso. Pero tampoco era Manolo.
La última vez que lo vi, días antes de morir, se resguardaba de la fuerte lluvia bajo la cornisa de una zapatería frente a la Glorieta Ana Orantes. Yo viajaba agarrado a la puerta trasera de un autobús de la línea 1 camino de la redacción del Diario. Su mirada encerraba toda la tristeza del mundo. Me pregunté cómo era posible subsistir durante tantos años en la calle. Pero posiblemente Manolo no sabía vivir de otra manera.
Cuentan un vecino de la calle Sirena, por donde también paró un tiempo en su constante deambular por la ciudad, que incluso hubo un intento de ingresarlo en un centro asistencial. “Tuvo una entrevista en El Delfín Azul. Lo vimos ahí sentado con unos señores. Se había afeitado, le habían facilitado ropa nueva… pero por lo que se ve aquello no cristalizó, porque al poco tiempo volvía a estar en la calle con su carrito”, rememora.
Milagrosa González Bey, presidenta de la Asociación Personas sin Hogar con Derechos, quien conocía bien el caso, declaró tras su muerte que “no nos podemos permitir como sociedad que haya personas que mueran en estas condiciones. Hace falta garantizar un alojamiento alternativo permanente. Es absolutamente necesario. Lamentamos profundamente que sigan ocurriendo estas cosas. Sabemos que era una situación que sea había cronificado, pero como sociedad tenemos que proponernos el reto de desafiar esto. Estoy convencida de que si tuviéramos más recursos serían posibles más soluciones”.
Es curioso, y triste, que muchas veces me crucé con Manolo casi sin verlo y ahora su imagen me vuelve a la cabeza de manera recurrente sin saber muy bien el motivo. Igual es que el fracaso de esta sociedad también es el mío propio. Porque Manolo nunca me pidió nada, ni siquiera un pitillo o algo de abrigo, pero tampoco yo le ofrecí mi ayuda.
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