Ramón García, una vida entre libros
Aprendió el oficio cuando tenía 15 años en la desaparecida Imprenta La Voz de San Fernando
En la calle Beato Diego, entre San Francisco y Rosario, está abierto al público desde 1906 Encuadernaciones Cirilo, al frente de la cual se encuentra desde hace trece años Ramón García Gutiérrez, un isleño de 59 años, que ve ahora como el oficio que aprendió de pequeño y que le ha servido para mantener a su familia está entre los llamados a desaparecer pronto, por lo que se alegra de que sus 4 hijos no lo hayan continuado.
A los 15 años, después de pasar por el colegio de La Salle de San Fernando, tras el fallecimiento de su padre, entró como aprendiz en la Imprenta La Voz, una de las más importantes de la provincia, situada en la plaza de la Iglesia, en la que José Espejo Currá empleaba a más de 40 personas, y donde Manuel Barrios y Juan Calvia le enseñaron el oficio de encuadernador. Su primer sueldo fueron 20 duros, que entregó a su madre para ayudar a la economía familiar.
De aprendiz pasó por las tres categorías de oficial y a los cinco años en la empresa ya era oficial de primera, pero falleció el jefe, su hijo José Espejo Escribano, se hizo cargo del negocio, llegando a comprar una nave en el polígono Tres Caminos, pero sus proyectos no cuajaron, además enfermó y la familia decidió cerrar.
En 1993 y tanto él, casado y con cuatro hijos en edad escolar, como la mayoría de sus compañeros de trabajo, con excepción de algunos en edad de jubilación, se vieron parados y en la calle.
Recuerda que fueron cuatro largos años, dos cobrando el paro y otros dos la ayuda familiar, lo que obligó a que también su esposa, María Ángeles Portillo Ceballos, tuviera que ponerse a trabajar fuera de casa, mientras que él hacia los trabajos esporádicos que le iban saliendo.
En 1997, Miguel Gálvez Cirilo, hijo de José Gálvez, el yerno de Miguel Cirilo, el que abrió Encuadernaciones Cirilo en 1906, se jubiló, llegaron a un acuerdo y le compró el local.
Son incontables los libros que ha encuadernado, desde los ya casi desaparecidos de contabilidad a tesis doctorales y proyectos de fin de carrera, pasando por coleccionables y fascículos del Diario, aparte de los de Carnaval a Semana Santa, y recuerda especialmente uno de José María Pemán para una exposición en el Palacio de Congresos.
En la calle Beato Diego mantiene el material necesario para la encuadernación en rústica, cartoné o en piel, desde el martillo y la maza, al serrucho, las agujas o la plegadera para el pegamento.
Está convencido de que se verá abocado a cerrar pronto el negocio y lamenta que no se prime el aprendizaje mediante subvenciones que ayuden al empresario autónomo, que no deja de ser otro trabajador, a pagarle un salario al que quiera aprender un oficio artesanal, que se pierde.
No hay comentarios