Paco Leal Moreno, artista con los cinco sentidos
retratoa dos caras
Cuando lo veo venir de lejos, con su barba blanca, sus gafas de pasta, su aire pensativo y una camiseta fantasía "Qué viene el lobo", me parece estar delante de uno de esos directores de cine que todo el mundo idolatra, un icono de la cultura del siglo XX. Pero la escena no ocurre en Venecia, sino frente a la gasolinera Africa, en la Segunda Aguada, que en un momento dado tiene nombre de película de misterio.
Paco Leal Moreno no quiere charlar en un bar. Quiere contarme su vida en media hora en un banco al solecito. Es verdad, su vida merece una gran iluminación, no un descafeinao de máquina. Paco siempre ha respondido al mito del payaso. Siempre divertido, pero con su toque melancólico. Está especialmente triste porque hace poco que ha perdido a "Medio Kilo", su perrita durante los últimos quince años. Recuerda al Masa, cuando fue a verlo al hospital y más paca que pallá todavía tenía humor para decirle con voz ronca y señalando al gotero que le estaban poniendo: "Mira Paco me están inyectando puchero. Paco recrea la escena haciendo moines con la boca e imitando la voz del compañero cuartetero del Peñita de Cádi. Te parece estar viendo a esa inmensidad de hombre, porque Paco es un artista, que sale hasta tomando el solecito en una plaza frente a la gasolinera Africa.
Nació en el 13 de la calle La Palma hace 66 años. Lo parió "La negra", como le decían a su madre porque tenía la piel caoba. "Era muy guapa" dice Paco. Resume su niñez con 3 chistes. Qué se ponía de pan hasta arriba porque su abuelo trabajaba en el horno del "Laurel", que su primer colegio fue una "Miga", como se conocían los colegios chungaletis por entonces y que su primera actuación de arte fue vender "granizadas" por la calle, con más colorantes que un palito de cangrejo: "Yo era muy fenicio", dice, por aquello de ser comerciante precoz.
Pero a Paco más que de fenicio, me lo imagino en el Renacimiento, con unos leotardos color manchao de café y con un niki verde, tapándole el culo y poco más, color parterre del parque Genovés, parándose por los pasillos de un gran palacio lo mismo recitando poesías a las damas de la Nobleza, que contándole chistes a los guardaespaldas del emperador. Paco ha tocado todos los palos del arte en su vida. Hizo teatro "de ideas" con Sánchez Casas, el del Grapo y conoció a la vanguardia intelectual de Cádiz con "El Carrusel"
Aunque su profesión de toda la vida ha sido administrativo en una empresa de Aduanas, también se sacó el título estudiando "en el nocturno" para dar clases de expresión corporal. Ha ejercido de maestro, de maquillador. De joven llegó a ser el primer árbitro de jockey sala que hubo en España
Ha hecho alguna película, programas de radio y Carnaval, mucho Carnaval, porque quizás la fiesta es un compendio de artes.
Paco fue uno de los pioneros de las chirigotas callejeras, de los cuatro locos que se salieron de la rutina del teatro y empezaron a cantar cuplés sin trincá, por afición. Tengo grabada su imagen vestido de niña de Primera Comunión, de organdil y con un casco blanco en la cabeza. Pero cuenta que su mejor actuación chirigotera fue cuando un día se subió a bailar encima del mostrador del freidor de Las Flores. Sólo un buen cartucho de pescao frito, logró que abandonara aquella pasarela choco, en la que se paseó más bonita que ninguna.
Ha viajado mucho. Conoce Africa, casi toda Europa y se le nota "viajado", aunque su especialidad sea el "micromundo" de Cádiz. Su última dedicación artística fue la cocina. La crisis del "muelle" le llevó a poner un bar ya madurito, bien superados los 40, pero Paco volvió a triunfar en un "partidito" de cocina, porque la "sala de máquinas" de La Perola, su bar, no tenía más de metro y medio.
Llegó a salir en un revista americana de postín, gracias a sus originales tapas. Triunfó con sus albóndigas en roquefort. Si todo el mundo las metía en tomate, Paco se atrevió a darles un toque distinguido y las bañó en queso. Se atrevió también con las tortillas rellenas y engatusó a medio Cádiz con su potaje de garbanzos con langostinos. "Yo lo hacía como una sopa de marisco, no como una berza" puntualiza.
Sus manos ponían el almuerzo y su ingenio ponía el postre, porque Paco, cuando estaba en La Perola, despedía a los clientes con un chiste al que daba vida con poses chirigoteras y moines de actor con tablas. Se inventó a Omaita. Ahora, todavía la saca a pasear en unos mini relatos que escribe, cuando le sale la inspiración, en su muro de Facebook, donde publica con gran éxito de crítica y público.
La Perola acaba de cerrar, aunque ya Paco la dejó hace unos años "porque tenía una hernia", que Paco es gaditano hasta pa ponerse malo y una hernia es muy de Cádi.
Ayer hizo menudo, lo dijo en su Facebook. Hombre de ideas, como se decía antes a los que se dejaban caer a la izquierda ya tiene definición de Donald Trump: "Parece una rosa de plástico, pero con flequillo".
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