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Macías, el concejal del consuelo

'Diario de Cádiz' acompaña durante una jornada de trabajo al edil de Asuntos Sociales, que atiende "a a paso de legionario" una apretada agenda que se multiplica en estos tiempos de crisis económica

J.m. Sánchez Reyes / Cádiz

18 de mayo 2009 - 01:00

Ser concejal de Asuntos Sociales en plena crisis no es precisamente una bicoca. Al menos, quien ostenta el cargo tiene el servicio a los demás como vocación. José Macías conoce el paño como caballero hospitalario que es, aunque ya le gustaría tener más poderes (y dinero) de los que dispone para cambiar el pequeño mundo que le rodea, que no es otro que una ciudad con problemas socioeconómicos crónicos.

Una jornada de trabajo con Macías es agotadora. El edil no anda, desfila por las calles "a paso de legionario", como él mismo reconoce. Es un día cualquiera de una semana cualquiera. Macías sale del Ayuntamiento a las diez menos cuarto de la mañana con destino a la sede de la delegación que preside, en la calle Zaragoza. Allí le esperan miembros de la ONCE en Cádiz para mantener una cita concertada. En la mesa de reuniones de su despacho le espera una montaña de carpetas. El concejal pide permiso a la visita para poder firmar documentos a la vez que habla. Permiso concedido. Y escucha la propuesta mientras da el visto bueno a ayudas para comprar una lavadora o pagar meses de alquiler o hipoteca, altas o recibos de agua y luz, un calentador, unas gafas, tratamientos médicos y farmacológicos, un colchón, un audífono, dos billetes de autobús de Cádiz a San Fernando, un bonobús... Necesidades básicas de las que carecen muchos gaditanos. Una de las personas que integran la visita de la delegación de la ONCE da a Macías las gracias "por la labor social que está haciendo en Cádiz". El edil, dirigiéndose al periodista, le aclara sonrojado que la situación "no está preparada".

La siguiente visita es de un dirigente vecinal que viene a exponerle problemas, entre otros, de asunto privado. El periodista opta por quedarse fuera. Una vez acabado el encuentro, el dirigente recuerda que Macías "fue el único que estuvo allí de todos los concejales cuando el incendio", haciendo alusión a lo que pudo ser una catástrofe en un barrio de extramuros. El agradecimiento de la ciudadanía al concejal es una constante en el seguimiento que le hace Diario de Cádiz. Abandonamos la Delegación y un matrimonio mayor le aborda. "Le han quitado la paga a mi hijo, que tiene 50 años y está en Afanas", dice la madre. El edil les apunta su número de móvil en un sobre. Lo hace muy a menudo y facilitar su número personal le hace estar de guardia los 365 días del año. Podría derivar asuntos a los técnicos, pero prefiere tratarlos directamente. "El médico me ha pedido desconectar dos horas al día, pero es complicado. Menos mal que tengo una mujer muy comprensiva que acepta que me lleve los problemas a casa", explica antes de añadir que a las personas mayores "hay que escucharlas; aunque no puedas resolverles luego el problema deben sentir que se les haces caso".

Toca ahora visitar a una anciana entrañable en la plaza Pinto. La agenda manda. Más bien tiraniza. No hay tiempo que perder. Cogemos un taxi en San Antonio y nos dirigimos a La Viña. Allí espera Manuela Alba La del Caldito, que en tantas Erizadas reconfortó a agrupaciones y personalidades que acudían a una fiesta que se celebraba en la misma puerta de su casa. "Hoy me he caído otra vez de la cama", dice Manuela. Llega Carmen, la vecina que la ayuda, y cuenta cómo está la situación. Manuela se sincera ante Macías: "Esta vez sí me quiero ir de verdad". Y Macías le riñe. Porque Manuela accedió a ingresar en la residencia de las hermanas de Sor Ángela de la Cruz en la calle Zaragoza, pero el día señalado llegó con su maleta, almorzó y se volvió a la plaza Pinto. Tendrá que esperar. Ahora no hay plazas.

Dirección Edificio Amaya. Macías entra a saludar en María Arteaga. En la cocina admira los muebles nuevos y señala el comedor para los sin techo con una afirmación escalofriante: "Ahí he visto yo comiendo al dueño de un restaurante conocido que hubo en Cádiz". El concejal reconoce que una de las situaciones sociales que más le impacta es "la clase media en apuros, el nuevo pobre que no está acostumbrado a serlo. Cualquiera puede caer en desgracia, nadie está a salvo". La delegación no está desbordada, hecho que hubiera ocurrido si en Cádiz el desempleo procedente de la construcción hubiera sido, como en otras localidades, más acentuado. "En los presupuestos de 2009 nos han dado un 20 por ciento más. Menos mal que la alcaldesa está muy concienciada con los problemas sociales", admite.

Por la calle Compañía le para un hombre para pedirle un favor. A un vecino en apuros económicos le han multado por algo relacionado con sacar la basura. Macías coge el móvil y llama al concejal adecuado para el asunto. "Así estamos todos los concejales por orden de Teófila. En cuanto veamos un desperfecto en la calle o detectemos un problema, hemos de dar un toque para intentar que se arregle. Yo prefiero hacerlo en el momento y por teléfono. Apuntarlo en la agenda supone retrasar las gestiones", cuenta el concejal.

Una mujer que cree que Macías es el edil de Vivienda le para en la puerta del Edificio Amaya. El concejal le escucha, pero le aclara que no es su competencia. "Todo el mundo cree, como es lógico, que su problema es el más grave. Pero siempre hay alguien que está peor que tú", señala mientras sube las escaleras. Arriba le esperan más carpetas, más documentos que firmar. Macías es un hombre optimista, pero siente impotencia cuando no puede solucionar un caso. "Pienso que las quimeras en temas sociales no existen. A lo sumo, se resuelven en 10, 30, 50 años. Pero se arreglan. Y para eso hay que iniciar un trabajo y darle continuidad", manifiesta. A falta de una varita mágica confía en la labor de los técnicos de su delegación. "Sin vocación no estarían trabajando para nosotros. Estar escuchando problemas todo el día no tiene precio. Son admirables", reconoce.

Afirma que no llega a casa, de noche, reventado. A pesar de una agenda que no se acaba por la mañana. La tarde está plagada de compromisos, políticos en este caso. Al final de la mañana llega al Ayuntamiento. Y, como no podía ser de otra forma, en la puerta le aborda una mujer con una carta en la mano. Hay quien le pide hasta trabajo, como si fuera un San Pancracio de carne y hueso. Y José lo intenta, aunque encontrar empleo no figure entre sus obligaciones. No es El Conseguidor aquél del programa de José María Íñigo 'Fantástico', pero al menos cada noche se acuesta con la satisfacción de haberlo intentado.

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