El parqué
Ligeros ascensos
Acabo de perder a dos amigos: Leoncio Díez y Manuel Marín.
Leoncio, era más que un amigo: era un querido hermano, religioso marianista como yo. Viví con él en el colegio San Felipe Neri y soy testigo de su entrega a la educación. Imagino, por eso, el dolor de miles de alumnos y familias que llorarán su partida y le recordarán siempre.
Algunas noches, después de la cena, dábamos una vuelta los dos por el Paseo Marítimo, y sucedía siempre lo mismo: al encontrarnos con algunos alumnos, saludaban diciendo: "¡Hola, don Leoncio!". Yo le decía entonces que pasear con él era el mejor método de adelgazamiento: había perdido tanto peso que me había vuelto invisible... ¡todos los saludos iban para él!
A Manuel Marín lo conocí en 1966, en el Colegio Mayor Universitario Chaminade, de Madrid. Ambos éramos antiguos alumnos marianistas, él de Ciudad Real y yo de San Sebastián. Un año mayor que él, yo estudiaba segundo curso de Derecho y él empezaba ese año la carrera. Junto con otros colegiales de ese emblemático Colegio Mayor Marianista, que acaba de cumplir 50 años por cierto, imaginábamos una España diferente. Surgió una sincera amistad. La vida nos separó después: él fue a Bélgica a estudiar y a comenzar su misión en Europa, y yo ingresé como religioso marianista. Años más tarde nos encontrábamos periódicamente en Bruselas. Él era comisario y vicepresidente de la Comisión Europea, y yo un representante de una ONG española que, junto con otras, nos reuníamos con él por temas de trabajo. El Noni -así le llamábamos desde tiempos del Chaminade- seguía siendo el mismo: sabio, socarrón, cercano como siempre. El poder no le había cambiado. Tampoco cuando presidió el Congreso de Diputados.
Las personas pasan, pero los ejemplos no. Cuando quienes le conocieron se pregunten qué es un educador, pensarán en Leoncio. Cuantos recuerden a Manuel sabrán cómo debe ser un político. ¡Gracias, amigos! Vosotros descansad en paz. Nosotros, no: a nosotros nos toca seguir vuestros pasos.
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