El llanto eterno
La Tribuna Cofrade
Hoy no cabe Semana Santa que analizar; toca llorar y rezar para que esta pesadilla acabe cuanto antes
Hoy no hay lugar para la Cuaresma cada vez más imposible, para las ocurrencias de los que quieren tener la sartén por el mango sin saber y sin dejar a los que saben, o para las decisiones que se toman y se anuncian sin dejar de sorprender a propios o extraños. Hoy no importa que Sevilla siga poniendo cotos a esta difícil Semana Santa de 2021 que, previsiblemente, en próximas fechas se impondrán aquí también; ni tampoco que el Consejo siga empeñado en mantener una aparente normalidad mientras las cofradías suspenden sus cultos. Qué más da la última incorporación patrimonial, el último despropósito del vestidor de turno, menos aún el enésimo chismorreo de aquí o de allá. El dolor invade hoy toda la mente y el corazón, como la niebla cubría la ciudad estos días atrás sin dejar ver lo que ocurría a escasos metros por delante. Este rincón cofradiero cuelga hoy el cartel tan propio de los comercios tradicionales que de manera inesperada echan la baraja un día puntual: “Cerrado por defunción”. Así, haciendo las veces de esquela callejera, se sabía que el propietario de determinado bar o que un familiar directo de la de la tienda de allí había fallecido. Y cuando eso ocurría, y ocurre aunque cada vez cuelguen menos letreros en la puerta de los comercios porque las franquicias no entienden del luto y el duelo, daba igual el negocio, la clientela y llegar a fin de mes. La pérdida de un ser querido hace que todo lo demás quede a un lado. Mañana volveremos.
Así está hoy esta tribuna. De luto. De duelo riguroso anunciado por servidor con toque de campana por delante de la cruz de guía. De lágrima que se escapa en cada tecla tecleada, de un pellizco en el alma que no se borra, como una herida abierta que bien sabe uno que tardará en cicatrizar, si es que alguna vez lo hace. Esta página no volverá a lucir en el papel de una casa con la firma rodeada a rotulador, muestra del orgullo de padre que se empeñó en que entre el Pablo y el Manuel debía mediar un guión. Lo que desde hoy se cuente aquí ya no importará lo mismo, porque ya no será motivo de conversación: “¿Hoy has escrito algo de Vera-Cruz, no?”, preguntaba cuando la lucidez se lo permitía. La propia Semana Santa y las cofradías no serán igual; cómo no estremecerse ahora ante el Cristo de la Humildad y Paciencia del que tanto presumía, cómo no salir de San Agustín un Viernes Santo y creer verlo en la esquina de la plaza esperando a su mujer, siempre descalza detrás del Cristo.
De ahora en adelante queda el recuerdo, el orgullo y la gratitud. El recuerdo de quien vivía las hermandades de un modo particular; sin participar en primera línea, sin presenciar una procesión en la calle desde hacía muchos años, pero siempre pendiente a la televisión y al Diario; sin pertenecer a la nómina de ninguna corporación, pero militando (a su manera) en una Humildad y Paciencia de antifaz de raso negro, hebillas de plata y varilla que tan intensamente vivió de pequeño y que ahora mantenía también con su pequeño. El orgullo de una familia que creó para que hoy se mantenga unida y sólida, de una mujer que lo acompañó en las buenas y, sobre todo, en las malas al mismo tiempo que tiraba de un carro triple; orgullo de un hombre discreto y callado que literalmente se ha jugado la vida para acompañar a un padre en sus últimos días, caridad en su máxima expresión sin saber la mano izquierda lo que ha hecho la derecha. Y gratitud especialmente hacia unas hermandades que han vuelto a demostrar que son útiles, fundamentales, en la vida de los que profesan la fe y llevan a gala ser cofrades. En el dolor de una pérdida afloraron las oraciones de tantos y tantos, se multiplican las condolencias, se palpa la cercanía. Las cofradías cobran todo su sentido en situaciones delicadas, como lo vienen demostrando desde que la epidemia se coló en España y las hermandades dejaron a un lado sus problemas para hacerse cargo de los problemas de los demás, como lo han hecho ahora demostrando que en la oración está el consuelo y que cuando se marcha uno de los nuestros todos hacemos una piña.
Hoy no caben propuestas que debatir, semanas santas que soñar ni decisiones que analizar. Hoy toca llorar, y al mismo tiempo seguir implorando que esta pesadilla acabe lo antes posible. Toca pedir por Jacinto, por Juan Carlos, por Alicia y por tantos que miran cara a cara al virus maldito que arrebata lo que más queremos; toca ser agradecidos porque Manolo o Emilio han logrado superarlo. Y toca ser cautelosos, vigilantes y también orantes para que nadie más caiga en las garras de esta epidemia que juega con nuestras vidas y más pronto que tarde podamos volver a hablar en plenitud de cultos, salidas, bandas y cuadrillas. Todo ello sin dejar de rezar por los que se nos marcharon, desde el arzobispo castrense que tanto venía a Cádiz y que hoy recordamos en el fajín que luce la Virgen de la Victoria hasta aquel que nos ha dejado huérfanos de palabras y rebosantes de lágrimas. Y ya habrá tiempo para todo lo demás.
Hoy arriamos el paso, detenemos en seco el cortejo, buscamos el consuelo en los recuerdos que creíamos olvidados y que estos días afloran como en una primavera de la nostalgia. Hoy, queridos cofrades, echamos la baraja. Y ya mañana volveremos, con el llanto eterno de saber que nuestro nombre nunca volverá a ser rodeado con Edding.
El tío Juan
El Mentidero es desde hace unos días un poco menos amable, ha perdido esa chispa educada y siempre sonriente de aquel que escondía tras de sí todas sus penas y problemas y se enfrentaba a la vida y a sus vecinos con el mejor rostro posible. “¡Qué hay, picha!”, saludaba siempre contento. Su café en Tino y su misa de la tarde fueron durante muchos años el día a día de Juan. Del tío Juan, que si bien solo tenía dos sobrinas era el tío de todos. Sentado en el banco con la gorra a su lado era una estampa que queda grabada como si de un cartel se tratara; y conforme la iglesia fue cerrando sus puertas progresivamente, el tío Juan también se fue apagando.
En este tiempo de lágrimas y dolor no podemos olvidarnos de esa fiel infantería que muchas veces da sentido a todo esto; de aquellos que siempre tenían un saludo y una sonrisa, sin importar cargos ni cargas; de esos que acudían a diario al encuentro con su Virgen, sin detenerse en si está vestida así o ‘asao’ o si lleva tal corona o cual manto. Ellos están por encima de todo eso, y se llevan el cariño de todos los que lo trataron; de su sobrina especialmente, faltaría más, aunque para todos los demás también era el Tío Juan. Descanse en paz.
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