Berenguer y Delibes, dos amigos
Los Berenguer y los Delibes compartimos, a más del cariño mutuo, algunos recuerdos, ser muchos hermanos y el orgullo de haber tenido un padre escritor, la herida de haber sufrido una orfandad temprana que nos marcó para siempre
Luis Berenguer y Miguel Delibes compartían bastante más de lo que imaginaban antes de contactar personalmente. Tras la publicación del Juan Lobón, ambos sabían del otro que era escritor y cazador, lo que no es poco, pero enseguida sumarían al acervo común el amor a los perros, el gusto por dibujar, ser padres de familia numerosa, haber integrado la tripulación de un buque de guerra, etc. Me atrevería a decir que en Delibes predominaba la pasión por la caza y en Berenguer por los perros, y también que, aunque el primero había publicado más, el segundo tenía las inquietudes literarias mucho más desarrolladas. Apenas los separaban tres años de edad, pero la tardía incorporación de Berenguer a la literatura "oficial" le hacía parecer, o eso pensaba él, un aprendiz en relación al maestro. Tras intercambiar unas cuantas cartas amistosas, Luis se presentó en Valladolid en junio de 1968 con una preciosa cachorra drahthaar, la Rufita, devenida simplemente Fita en su nueva casa, que, aunque extraviada tempranamente, dejó indeleble huella en los Delibes. Estuvo Berenguer unos días en la ciudad del Pisuerga, contactó con escritores y periodistas vallisoletanos, y encontró que eran tipos normales, quizás demasiado para ser literatos, pero también buena gente: "Valió la pena el viaje por respirar vuestro aire tan distinto a todo lo poco que conozco del mundo literario (…) me dan esperanza y fe (…) en que hay gente limpia incluso entre los que no son analfabetos", escribió. Eso sí, aspiraba a hablar de "monsergas literarias", del "jamesjoycismo que se lleva", y se volvió con las ganas. Delibes le respondería: "Del jamesjoycismo no te preocupes; supongo que Joyce escribía como sabía. Los que lo imitan supongo que carecen de una fórmula más personal; tú sí que la tienes, úsala; sólo queda lo que es auténtico: Lobón". Creo que nunca volvieron a encontrarse físicamente, pese a diversos intentos de hacerlo, pero se escribían y hablaban por teléfono, comentaban las cuitas familiares, sus libros, las anécdotas cinegéticas y las peripecias profesionales ("he ascendido a Fragata"). En 1972 uno mismo se instaló en Andalucía, en el Coto de Doñana, y Delibes me encomendó a los Berenguer. Elvira, Luis y sus hijos nos recibieron, primero solo a mí y luego también a mi joven esposa Isabel, como parte de la familia. Dormimos y comimos en la casa familiar, salimos a la sierra de montería, y hasta llenaron de bichos (para estudiarlos luego) las cántaras de formol que yo les dejaba. En 1973 Berenguer felicitó a Delibes por su ingreso en la RAE con un original telegrama: "Enhorabuena al sillón de la e que encontró tan sensacional inquilino. Stop. Un abracísimo de Berenguer. Stop". Ángeles de Castro, esposa de Delibes, falleció en 1974 con tan solo 52 años, y en 1979 lo hizo Luis, también indebidamente joven. Los Berenguer y los Delibes compartimos, a más del cariño mutuo, algunos recuerdos, ser muchos hermanos y el orgullo de haber tenido un padre escritor, la herida de haber sufrido una orfandad temprana que nos marcó para siempre. Felicidades, familia Berenguer, por el cumpleaños centenario.
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