Se nos sigue helando la sangre

07 de febrero 2026 - 03:06

Eta ha existido. No como una abstracción ni como un episodio remoto, sino como una maquinaria de muerte con nombres, fechas y víctimas. Existió con funerales prematuros, con escoltas, con silencios impuestos y con una sociedad que aprendió a vivir mirando de reojo. Nada de eso desaparece por el paso del tiempo ni por una decisión administrativa. Hoy, cuando ya no mata, ETA sigue presente de otra forma. Está en sus herederos políticos, en dirigentes que nunca han hecho una condena moral clara de la violencia y que hoy ocupan posiciones de poder institucional. Y está también en una negociación discreta y opaca con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que necesita esos apoyos para sostenerse en La Moncloa. No hay pedagogía democrática ni explicación pública. Hay hechos que avanzan en silencio. La flexibilización del régimen penitenciario de condenados por terrorismo, el acercamiento de presos a cárceles vascas y la concesión de beneficios sin arrepentimiento ni desvinculación del entramado que legitimó los asesinatos forman parte de un mismo proceso. Todo se ejecuta con pulcritud técnica y con una ausencia moral que, efectivamente, sigue helándonos la sangre, como si la discreción administrativa pudiera amortiguar el dolor de las víctimas. El intento de sacar a ETA de la lista europea de organizaciones terroristas añade una dimensión simbólica decisiva. Las listas no solo sancionan, también recuerdan. Alemania entendió que el nazismo no debía diluirse ni esconderse: lo condenó sin ambigüedades y lo incorporó a su memoria colectiva para dignificar el dolor causado y evitar su repetición. En España ocurre lo contrario. Se borra, se suaviza, se acelera el olvido. Las nuevas generaciones apenas saben qué fue ETA ni a quién destrozó. En este contexto, la actitud del presidente del Gobierno resulta moralmente indefendible. No hay empatía ni reverencia hacia las víctimas. Se gobierna como si su dolor fuera un daño asumible frente a la aritmética parlamentaria. Esa frialdad no es solo política. Es humana. Y por eso es indigna. No se trata de negar la reinserción, sino de exigir verdad, culpa y reparación. Sin eso no hay convivencia, solo amnesia. Y cuando un país acepta olvidar a sus asesinados para garantizar la estabilidad de un gobierno, el problema ya no es el pasado. Es el presente que se construye.

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