Por montera
Mariló Montero
Se nos sigue helando la sangre
Naturalmente, no voy a opinar de la lluvia. Con todos sus problemas y perjuicios, es lógico que llueva a mares (¡qué expresión tan exacta!) si tenemos que equilibrar con los años secos para conseguir nuestra media de 600 litros por metro cuadrado en los viñedos del marco de Jerez. Pedro Sánchez, de los chaparrones, es completamente inocente.
No lo es tanto de que las infraestructuras hídricas sean del año de –ejem, ejem– Maricastaña. Ni es inocente de que el presupuesto para su mantenimiento resulte insuficiente. Ni de que las cuencas no se limpien. Ni tampoco de que, cuando un particular quiere hacer –en su finca y con su dinero– una presa que ayudaría a frenar las inundaciones y a paliar las sequías, se aburra esperando la burocrática autorización.
No sólo es lo que no se hace ni lo que no se deja hacer, sino lo que se hace enseguida: se embarran en la rencilla política. Se vio en la gestión de la DANA, que solamente fue eficaz en el traslado de la culpa absoluta a Mazón. En la tragedia de los trenes de Adamuz, como no hay responsabilidad nada más que del Gobierno, no va a haber responsabilidad ninguna. Cuando Pedro Sánchez se mira al espejo, no ve a nadie.
Y para que quede clara la inocencia gubernamental, Sánchez respalda y elogia al ministro de Transportes, convertido así en un Puente levadizo, cuando debería ser, como mínimo, un Puente colgante, si no cabeza de Puente, donde la oposición se hubiese hecho fuerte en sus denuncias. Por debajo de Puente, no se sabe qué fue de los millones de euros que dieron para el mantenimiento de las vías.De todo esto, tan grave, hay un daño colateral. Con las imprevisiones, las ineficacias, quizá las mordidas, los despistes, el escaqueo de responsabilidades y el victimismo arrojadizo termina politizándose lo que nunca debería. Jamás las víctimas, desde luego, ni el dolor de sus familiares. Pero tampoco la lluvia (piove, porco governo) ni un desgraciado accidente si no hubo culpa ni corrupción ni desatención por parte de nadie. Pero si no se investiga, hasta el dolor nos lo termina expropiando el partidismo. Y los fenómenos atmosféricos traen su carné político, dependiendo de quién gobierne y de si son cálidos o fríos.
Resulta todo ridículo, aunque para no hacer el indio bastaría que los gobernantes hiciesen su trabajo, y ya.
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