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Sorprende cuánto se lucha por conservar unas viejas piedras y cómo se deja que desaparezca ese otro patrimonio escrito

Por tercera vez se insiste, en este mismo espacio, en recomendaciones veraniegas de antiguas novelas localizadas en Andalucía. Siempre con la misma intención: reavivar el recuerdo de unas obras que sufren inmerecido olvido. No se pretende atraer lectores de un día para otro, pero si despertar preocupación por este tipo de pérdidas. Resulta sorprendente cuánto se lucha por conservar en cualquier rincón unas viejas piedras recién descubiertas, pronto sacralizadas y convertidas en venerado Patrimonio y cómo se deja que ese otro patrimonio escrito -las costumbres del pasado recogido en las novelas- desaparezca de la memoria colectiva sin dejar huella, dada la poca ayuda que se presta a su conservación-difusión. Hay dos tópicos que han contribuido a este desdén regional por el género novelesco: uno se basa en el justificado cartel conseguido por los poetas andaluces. Sus nombres han llenado, durante siglos, la nómina y el canon de la poesía española. Como contrapartida se ha acuñado un curioso prejuicio: a la sensibilidad literaria andaluza le va bien la lírica, pero está menos preparada para la novela y el ensayo crítico. A este ingenuo estereotipo, se añadió un segundo tópico, impuesto por la simpleza teórica de algunos seguidores de Lukács: como en Andalucía no ha existido una burguesía sólida, tampoco se ha consolidado la novela, el género literario que le correspondía apadrinar. Así, gracias a los prejuicios de unos y a la falta de apoyo de otros, se han marginado unas manifestaciones narrativas que capaces de facilitar un buen conocimiento de la sociedad andaluza, de la diversidad de sus mentalidades y de sus conflictos. Pero aún circula, en los medios académicos, otro tópico: el de su conservadurismo social, justificado a consecuencia de una lectura sesgada de algunas obras de Fernán Caballero y Juan Valera, fundadores del género en el ámbito meridional. En sus enfoques predomina la aristocracia latifundista, y, en efecto, se encuentran rasgos muy conservadores e idealizaciones en los entornos sociales descritos. Pero basta una lectura de Clemencia, de la primera autora, o Doña Luz, del segundo, para comprobar hasta qué punto esconden también corrosivos retratos, desde dentro, de aquella nobleza decimonónica. Sin contar esa gama de rompedores y atrevidos personajes femeninos que protagonizan La gaviota, Pepita Jiménez y Juanita la Larga. Son las mejores compañías para revivir aquel pasado.

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