Cuarto de muestras
Carmen Oteo
Plumas y plumajes
Solo los actores de kabuki y los luchadores de sumo lucen hoy en Japón, legítimamente, el moño de los antiguos samuráis. Para estos últimos, la chonmage, esa coleta ceñida de atrás adelante, no es solo un peinado ritual, sino la marca que los distingue una época de su vida como integrantes de una casta de guerreros. Fue el escritor González Viñas, cordobés del sol naciente, quien me habló en su momento del danpatsu-shiki, el acto ritual que escenifica la retirada del sumoca. Con unas tijeras de oro, familiares, amigos y contrincantes, van podando el moño que creció durante la época de consagración al oficio. Finalmente, es el maestro quien da el último tijeretazo, aquel que marca la muerte simbólica del luchador. A la luz de esta liturgia es imposible no pensar, claro, en los toreros, para quien cortarse la coleta es también rito de paso a un retiro profano. La ceremonia es aquí en el mismo ruedo, oficiada algunas veces por terceros, siendo el mismo torero, en otras ocasiones, quien, normalmente por arrebato, se amputa a sí mismo la castañeta. No es lo mismo, nos ha recordado Morante de la Puebla, quitarse coleta que cortársela para no volver. Los ritos de combate, tan a merced del tiempo, dejan ver con su crudeza ese interrogante que a todos nos acecha en la vida. Echar el resto o dejar la copa a medias. Fue otro amigo, el profesor Joan Ureña, quien me puso en la pista de un pelotari valenciano a quien llamaban El Genovés y cuya destreza en el juego era tal que, sólo alterando las normas, para ventaja de los contrarios, existía una remota posibilidad de derrotarlo. El Genovés se cortó su coleta con 41 años tras un duelo colosal, donde, casi gateando por el trinquete, como si estuviera interpretando un guion clásico del cine pugilístico, realizó el imposible de ganar al pelotari que, virtuoso y 20 años más joven, estaba destinado derrotarlo. El Genovés fue justo en el tiempo. En el griego clásico se distingue el chrónos, la medida del tiempo, del kairós, el momento oportuno, la justicia temporal respecto a las cosas. Errar en el kairós es una falta común del héroe trágico. Irse pronto puede significar cargar con el estigma de la evasión. Hacerlo tarde, te expone a la corrupción en las formas o a la derrota. Echarse a un lado es el arte de dominar la propia imagen. La retirada ritual precede al mito y educa a la comunidad en el límite. Aunque todos esperamos que el héroe permanezca un poco más o que vuelva y nos conceda la gloria imposible en su último baile. Y es por eso que ayer, a qué negarlo, yo torcí por un serbio.
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