Balas de plata
Montiel de Arnáiz
Días de lluvia
Me importan un bledo los pantanos. Cuando en un sitio en el que históricamente llueven veinte días al año la sucesión de jornadas oscuras, ventosas y con precipitaciones se prolonga demasiada, cambia el sentido de las cosas, incluso en contra de nuestro propio interés. Por un lado, el aparcamiento escasea, la gente coloca su automóvil y no lo mueve, especialmente aquellos que acaban de lavarlo en talleres y gasolineras, sabedores de que con esa acción imprudente invocarán a Manitú, a la tormenta y al Katrina, casi. Es como la persona que desafía a los elementos colgando ropa en tendederos cuando se vislumbra un haz de luz en el cielo. Llamémosla imprudente, llamémosla provocadora. El mero hecho de tender provoca que el calor solar evapore el agua de los mares, los ríos y los charcos, convirtiéndola en vapor, que sube a la atmósfera. Una vez allí, al enfriarse, el vapor se condensa en gotitas, formando nubes, y cuando las gotas pesan demasiado, se convierten en pequeños misiles húmedos de la gravedad. Y la ropa se moja, y por tanto se mantiene en los mismos tenderetes durante días porque recogerla carece de sentido.
Otra característica de la lluvia prolongada se refiere a la conducción negligente que muchos ofrecen sobre el alquitrán de las carreteras. La lluvia acelera nuestro organismo, obligándonos a apresurarnos sin saber bien por qué. Los Ceda el paso se convierten en seres inanimados e incoloros que incitan a la flexión de la pierna derecha a través de su tobillo y la planta del pie. Pareciera que escucháramos la mente de los conductores que pululan alrededor de las rotondas: ¡Me da tiempo! ¡Me da tiempo! Parte amistoso. Pero el tiempo es algo relativo, como sabemos. Tanto es así que el camino de ida es siempre más largo que el de vuelta. Sobre todo, si a la ida nos coge una lluvia torrencial subiendo un puerto de montaña.
Es, además, la sucesión de días lluviosos, un ejercicio claro de la crueldad de los dioses, que se solazan en el sufrimiento de los infantes y sus madres. ¿Cuál es la hora clave para que se derrame un aguacero? Responde un coro de mujeres con algún hombre haciendo los bajos: la de la salida del colegio de los niños. Esto es así, y nadie puede negarlo. Es sonar el timbre que avisa del final de las clases y un cielo deshabitado de nubes, con un sol rampante enluciendo las fachadas, se convierte en la escena del monstruo final de un videojuego de zombis. Los coches salen quemando rueda, ocupan dobles filas, se suben en las aceras, impiden el paso a los peatones, dan marcha atrás más de siete metros, suenan los cláxones sin mesura, flotan en el aire los insultos y se mojan, todos, especialmente los niños.
Pero, claro. Daño no hace la lluvia, ni a los campos, ni a los ríos, ni a los pantanos. Un poco sí a los deportistas, que ven cómo los pabellones deportivos municipales a los que se les puso un parqué nuevo hace cinco años resultan inhábiles por un grotesco levantamiento de esas planchas que se colocaron nuevas no hace tanto tiempo. Y qué decir de las goteras, que bautizan brutalmente los pabellones recién inaugurados. Y los suelos resbaladizos, que provocan caídas y lesiones. Queda una semana de lluvias, como mínimo. Y no paramos de sufrirlas. Gota a gota. Paso a zasssss.
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