Un retrete por favor

01 de febrero 2026 - 07:00

Durante años nos prometieron una estación de autobuses como mandan los cánones autobuseros, de esas que lucen en las ciudades que se saben importantes. Al fin y al cabo, El Puerto supera holgadamente los 90.000 habitantes y presume —cuando conviene— de ser un enclave turístico de primer orden, con sus más de 400.000 viajeros anuales moviéndose en autobús como si aquello fuera la Estación del Norte madrileña. Con semejantes cifras, cualquiera pensaría que nos correspondía un edificio digno, funcional, incluso bonito si la inspiración acompañaba.

Pero ya se sabe: donde dije digo, ahora digo Diego. Y así, lo que iba a ser una estación en toda regla ha terminado convertido en un “intercambiador” de esos que parecen diseñados en una servilleta durante un café rápido. Un equipamiento de tres al cuarto, sin más pretensión que la de existir, como quien cumple un trámite administrativo. Y lo más poético del asunto —poético en el sentido más negro del término— es que ni siquiera han tenido a bien incluir un retrete. Un simple váter. Un refugio mínimo para el viajero que, ingenuo él, crea que en pleno siglo XXI podrá aliviarse antes de subirse al autobús.

Quizá la idea sea fomentar la movilidad sostenible: si no hay baño, uno se mueve más, aunque sea por desesperación. O tal vez se trate de un experimento sociológico, una prueba de resistencia para comprobar cuántos usuarios son capaces de aguantar estoicamente la espera sin huir a otra ciudad con instalaciones más dignas. Porque, seamos sinceros, en los alrededores hay municipios con menos población, menos turismo y, sin embargo, más caché a la hora de construir algo tan básico como un lugar donde sentarse… o donde mear.

Mientras tanto, aquí seguimos, celebrando la colocación de primeras piedras como quien inaugura una catedral, aunque lo que se levante después sea poco más que una marquesina con pretensiones. Eso sí, nos dirán que es intermodal, moderno, estratégico y que atraerá no sé cuántas oportunidades. Y quizá sea verdad. Pero uno no puede evitar pensar que, si la grandeza de una ciudad se mide por la dignidad de sus infraestructuras, El Puerto merece algo más que un apaño apresurado. Merece, al menos, un baño.

stats