El Alambique
J. García de Romeu
La última sirena
Aquellos días de levante, antes justo de zarpar, la mítica sirena anunciaba la mañana, con tal fuerza que parecía que uno estaba sentado en el Liba tomando un café. Hace ya años que aquella sirena dejo de cantar, pero los graznidos de las gaviotas del Facebook, carroñeras como son, siguen intentando emular un recuerdo que no les pertenece. La mayoría de ellas jamás olieron el gasoil de su planta baja, y mucho menos rejuvenecieron con el aire de la Bahía, que, en la proa, antes de las medidas de seguridad, permitían disfrutar de un agradable paseo con la brisa rozando la cara.
Olvidaron que este, como el Enterprise de Stark Trek, no era el primero, era el tercero. Nunca perteneció esa armada, ni a la invencible ni a las galeras de Bazán, pero era entrañable, privado, y un negocio, digno, como otro cualquiera. Sin pedirlo se convirtió en un símbolo, un mítico emblema de una ciudad que apenas hacia uso de él, pero molaba mazo, como diría Jesucristo Superstar. Sin embargo, aunque alguno no lo entienda, el mítico barco no era ni de fibra de carbono, era de madera, curiosamente los dos anteriores fueron sustituidos porque la mar, nuestra mar, tiene esas cosas de deteriorar la madera, amén de que los sistemas se vuelven obsoletos.
Al Vapor le llegó su hora, trágicamente, con un hundimiento… al final, lo que era un accidente, cuyos principales perjudicados, o al menos, eso queremos pensar, fueron los propietarios, los dueños de un negocio ruinoso, cansados de pedir ayudas para subsistir, y hacia los que nadie, absolutamente nadie en esta ciudad, mostraron el más mínimo interés o apoyo. Quizás las movilizaciones patrióticas hubieran sido eficaces mucho antes, con campañas para forzar al Ayuntamiento a que se hiciera con el símbolo, pero a quién le importaba entonces, a nadie. La cosa fue cogiendo color cuando el trágico evento, la desaparición y su ruina fue objeto de acicate político, generando el insulto voraz, la rima carnavalera, lacrimógena y lamentable, espectáculo de portuenses sin poder dormir sufriendo por el pobre vapor. Y la verdad, la única verdad fue que la agonía de aquel viejo casco fue una autentica vergüenza, en donde nadie se atrevió a tomar una decisión, sobre todo para evitar la publica lapidación.
La solución, la práctica y sensata, luchar para que se bote el Adriano IV, o bien para navegar como espectáculo municipal, o bien para dejarlo en la ribera y que se pueda visitar, como barco museo, pero claro, eso sería pensar en positivo, y quizás, solo quizás, ese tanto, factible, se lo apuntaría quien ahora gobierna, y entonces… a quien atacaríamos… bueno, al Ayuntamiento por malgastar nuestros fondos, así que lo mejor será que a todos los que ahora lloran le vendan un trozo de madera, a modo de reliquia, para financiar al Adriano IV.
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