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Tres borrascas: Mouliaá, Uclés y Rosa
Propongo que los próximos nombres que les pongan a las borrascas tengan los de personajes de la máxima actualidad. Así, la borrasca Marta podría haberse llamado Elisa; probablemente se habría diluido después de un arranque intempestuoso de diva televisiva. Otro ejemplo podría ser la borrasca Uclés, que descargaría por Cartagena, antes que por Úbeda, y cuyo frío invitaría al uso y disfrute de la boina más decimonónica. Por último, proveniente de la costa galaica, aparecerá la borrasca Rosa, de aparente perfil bajo y sin embargo sabedora de todos los ríos y afluentes desde Nebraska a Arizona.
Mientras los pueblos serranos de la provincia de Cádiz (y los no tan serranos) lo están pasando mal de verdad, con Grazalema desalojada, Ubrique en serio peligro, El Bosque, Benamahoma, Villaluenga y todos los tesoros del norte del sur a pique de que una presa ceda, de que un acuífero desborde, para tener una desgracia, la frivolidad llama a mi puerta y, lo reconozco, me acerco a abrir y franquearle el paso.
Elisa Mouliaá se ha convertido en la nueva Juana Rivas. Sus cambios de dirección, los giros de su guión, están empezando a dificultar la producción del biopic protagonizado por ella misma. Tiene pinta de persona impulsiva, de esas que deja al abogado en mal lugar salvo que sea el propio letrado el que se conduzca a la zona de arenas movedizas que lleva de lo rosa a lo penal. El escrito presentado por la actriz renunciando a la acción contra Íñigo Errejón por razón de su salud, sin firma de abogado y procurador, mientras, bellísima ella, luce a modo de selfie y hace morritos, es tan inútil que lleva a preguntarse el motivo. Para colmo de males, al día siguiente raja contra la Fiscalía, acusándola de pedrista. Uno ya no entiende nada.
Ítem mas, la que ha liado el amigo David Uclés, líder de ventas con su primera novela, un remedo de realismo mágico en un pueblo de la guerra civil española. De repente cambió su viento, y los muchos que aplaudían su originalidad y estilo, se dispusieron al ataque, quizás por motivos ideológicos. U homofóbicos, añadió el propio autor. Pero del chaval humilde y talentoso de hace un año poco parece quedar ahora, un mes después del premio con el que ha cambiado de editorial: no para de meterse en charco tras charco. El último, la increíble afrenta ocasionada a Pérez-Reverte, que a buen seguro prologará un duelo al amanecer junto al cementerio de París, o de Jaen. Hacía tiempo que no aparecía un enfant terrible en las letras hispanas. Disfrutemos mientras dure.
Por último, y no por ello menos baladí, el programa de televisión “Pasapalabra” alcanzó su destino al completar una de sus concursantes, Rosa Rodríguez, el rosco completo, llevándose más de dos millones setecientos diecisiete mil euros, impuestos incluidos. Lo que pareció un evento supremo del share ha sido tachado de tongo por la turba de la red: en primer lugar, porque la respuesta dada no parecía corresponderse exactamente con la pronunciación correcta del apellido requerido; por otro lado, por la incredibilidad de la capacidad de la concursante para recordar un dato tan alejado y obtuso. La sospecha del pucherazo.
Reconozco que yo me ensoñaba pensando en que al final Rosa y Manu compartirían el premio, desvelando que su competición tras casi un año había hecho germinar el amor entre ambos, como si fueran político y actriz. Pero el chubasco de la realidad cayó sobre mí, dejándome totalmente empapado, como un escritor convertido en diana por su propia voluntad o torpeza.
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