Misantropía

09 de febrero 2026 - 03:06

No habla nada bien de todos los ayuntamientos que desde entonces han sido el hecho de que la solución para la Casa Lazaga se esté demorando desde hace 25 años, aunque parece que ahora, con la licitación, empieza a vislumbrarse una solución para tan destacado edificio, el más espléndido de los que jalonan la larga Calle Real de la Isla. No está sobrado San Fernando de casas palacio, aunque parecería que por su Historia debería estarlo.

Viene esta mención, que no deja de ser una buena noticia, a cuento de la preocupación, escasa diría yo, que muestra esta población por su patrimonio. No hablo del ayuntamiento, sino de la conciencia popular que ha visto sin protestar a lo largo de las décadas cómo se destruía buena parte de ese legado histórico urbano, aún preservado en muchos rincones afortunadamente.

Esto me lleva algunas veces a preguntarme cuáles son las inquietudes de la gente de mi pueblo, si es que tal cosa está extendida entre las diferentes capas sociales. ¿Qué es lo que preocupa de verdad, o por otra parte ilusiona a los isleños en lo que se refiere a su ciudad? Desde luego, no he visto grandes manifestaciones o movimientos ciudadanos en pro de la Casa Lazaga. En realidad, tampoco por muchas otras cosas más, quitando las llamadas cosas de comer como, por ejemplo, el trabajo.

No me atrevería yo, con esto, a afirmar que vivimos en un pueblo adormecido que sólo se levanta significativamente cuando es convocado a disfrutar de una de las numerosas fiestas o celebraciones colectivas y gratuitas, llámense semanas, rutas o eventos. Pero en mis peores momentos tiendo a esta sensación. Posiblemente sea sólo un problema de edad, la mía claro, aunque, como a veces me siento tan perverso, me da por maliciar que es La Isla la que está vieja y necesita para sentirse joven estas inyecciones de adrenalina festera.

Seguramente todo se reduce a un problema, personal por supuesto, de integración, a una cierta misantropía que el cuerpo y el alma generan por sí mismos y que lleva, tal vez, a creerse único cuando en realidad es que uno se va volviendo raro e incluso malage.

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