Niño escuchando por una caracola. Niño escuchando por una caracola.

Niño escuchando por una caracola. / Edouard Boubat (1955)

Cuando Ismael entró en el vestuario por primera vez percibí con claridad que la adaptación de aquel niño de 10 años al resto del grupo iba a ser bastante más difícil de lo que había previsto. Ismael era distinto. Entró con la cabeza baja, arrastraba los pies y portaba una bolsa de deportes de la que no se despegó en ningún momento. Ni siquiera levantó la mirada mientras le presentaba uno a uno a los que iban a ser a partir de entonces sus compañeros.

Sus padres ya me habían advertido, Ismael no hablaba. No es que no supiese, lo había hecho perfectamente en el pasado, pero hacía seis meses que pronunció sus últimas palabras. Sin motivo aparente, Ismael selló sus labios y dejó de hablar. Apenas emitía algún gruñido en raras ocasiones para comunicarse o, la gran mayoría de las veces, sencillamente callaba. El silencio se había apoderado de su vida. Sus padres y los que le rodeaban en su entorno se habían adaptado a esta situación. Los psicólogos aconsejaban actuar con normalidad, no obligarle a nada, no atosigarle repitiendo las preguntas que no encontraban respuesta y, simplemente, tratarlo como uno más y no hacer notar su falta de palabra.

Yo, como entrenador, no tenía ninguna queja. Ismael se fue sintiendo cómodo en el grupo, prestaba atención a las explicaciones en el campo, se ejercitaba con corrección y demostró un buen nivel técnico. Encontró un sitio en el equipo y en apenas dos o tres partidos ya empezó a jugar como titular. Al acabar cada entrenamiento, cada partido, entraba en el vestuario, recogía su bolsa y se marchaba rápido a casa.

Un día, al finalizar la sesión y cuando aún yo recogía los conos y balones en el campo, escuché gritos y golpes procedentes del vestuario. Salí corriendo y entré para ver qué ocurría. Ismael estaba situado encima de otro niño y lo tenía inmovilizado. Le propinaba fuertes puñetazos en la cara y en todo el cuerpo, mientras el otro intentaba protegerse la cabeza con sus brazos sin poder evitar la paliza. Me eché sobre él y logré poner fin a aquella situación. Ismael estaba fuera de sí y me costó neutralizarlo. El otro chiquillo lloraba mientras ya se empezaban a reflejar en su rostro las muestras rosáceas de los golpes. La bolsa que Ismael siempre llevaba encima se encontraba abierta y tirada por el suelo. Cerca de ella una caracola de mar, que al parecer había salido de dentro. "¿Qué está pasando aquí?", grité a los dos. "Ismael, ¿qué estás haciendo? ¿Te has vuelto loco?". Ismael, muy agitado por la tensión del momento, respiraba con fuerza pero se mantenía con una firmeza que nunca le había visto.

Miraba al otro niño con ira sin soltar una sola lágrima. Se agachó, recogió la caracola, la metió en la bolsa y la cerró con rapidez. El otro chico lloraba sin parar y tampoco era capaz de articular palabra. "Antonio abrió la bolsa de Ismael, descubrió esa caracola dentro y no se la quiso devolver. Se rio de él y, cuando Ismael la quiso recuperar, la tiró al suelo", explicó otro compañero que presenció la escena. "¿Es eso cierto, Antonio?". De nuevo, más silencio. "¡A casa los dos ahora mismo! Hablaré con vuestros padres".

Entró con la cabeza baja, arrastraba los pies y ni siquiera levantó la mirada mientras le presentaba uno a uno a los que iban a ser sus compañeros

La madre de Ismael se mostró muy sorprendida por lo ocurrido. Dijo que jamás se había mostrado violento. Sabía que Ismael protegía con enorme celo su bolsa y que llevaba siempre dentro una caracola de mar, pero no sabía el motivo real por lo que lo hacía. "Yo siempre he creído que es porque Ismael no conoce la playa, nunca ha ido, y la caracola le hace imaginarse como será el mar", dijo su madre. Aquella revelación me llamó la atención y enseguida me puse manos a la obra. Hablé con el presidente del club y le planteé la cuestión. Ismael y Antonio estuvieron una semana castigados sin asistir a los entrenamientos ni al partido del fin de semana. Aquella visita de todo el equipo de un día a la playa debía ser el momento perfecto para volver a hacer grupo entre los chicos y pasar un buen rato. Para Ismael, además, podría ser una experiencia inolvidable.

Lo organizamos todo con gran entusiasmo y nos encaminamos el equipo al completo en autobús hacia la playa con algunos padres que quisieron ayudarnos. El día resultó fenomenal pero en cuanto a Ismael fue decepcionante. En ningún momento tuve la impresión de que su primer encuentro con el mar fuese lo que esperábamos. Corrió y jugó como los demás, pero no se mostró especialmente sorprendido. Le acompañaba su caracola como siempre, pero en ningún momento la sacó de la bolsa.

Satisfecho por la experiencia y contento por haber recuperado el buen ambiente en el grupo, regresamos ya de noche. Entré en casa, besé a mi mujer y me fui enseguida a la cama. No podía dormir. No paraba de pensar en Ismael y en la caracola. Aquel primer contacto con el mar resultó infructuoso. No era el mar lo que encerraba aquella caracola…

La madre de Ismael lo recogió a pie del autobús. Regresaron en coche a casa. Ismael se fue a su cuarto. La madre entró en la cocina y se encontró frente a su marido. Cuando una noche más empezaron los gritos, Ismael abrió la bolsa con cuidado, sacó su caracola y se la acercó al oído. El sonido del mar era plácido y sereno. Agarrado con fuerza a su caracola, las olas le sumergieron en un mar de tranquilidad y felicidad. Aislado de todo lo que le rodeaba, Ismael -el niño de la caracola- soñaba con el día en que podría vivir sin ella.

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