En la ínsulae Leonis, a veces hay gente pa' to, gente pa’ na y olvidados y saludados, casi unamunísticamente hablando. Conozco al Cervantes. El nombre real del Cervantes no se puede decir porque se querella. Le llamo el Cervantes porque raja de una tertulia en la que estuvo y dice que no quiere acordarse. Y llama Malindrania a esta singular Isla de León, donde todos los estropicios son posibles. Lo que creo, personalmente, es que igual que el auténtico Cervantes, se las pintó solo para criticar a los de su tiempo, Lope de Vega, Jerónimo Román de la Higuera, cura toledano que alcanzó fama por sus falsificaciones de la historia cristiana y por sus falsos cronicones, así como Miguel de Luna, médico y falsificador de la historia del Rey Jacob Almanzor y de la traducción de los Libros Plúmbeos, cómo los de tantos escritores, que resultaron ser falsos. Como con estos antecedentes podrían vivir en la Isla y como Cervantes pone nombrecitos curiosos como, Don Azote, Don Carne Picada, la Sabia Mentironiana, el académico Monicongo o el gigante Caraculiambro, que es el rey de la Malindrania auténtica, de la Malindrania espiritual cuya cultura está entre la expresión de sí mismo en el sentir del pueblo y la amarulencia de los hidriotas o bebedores de agua con jugos de lechuga con macolla incluida.

La Sabia Mentironiana en el auténtico Quijote es el barbero y aquí, el Cervantes de aquí, denomina así a todos y a todas que hagan profecías o promesas falsas y no conclusas. Y del Académico Monicongo no quiero ni hablar. El otro día lo atisbé en el Mercado de San Antonio, en las inmediaciones del puesto del Coca. Empezó a rajarme de mis tertulias. A la Sisita no la puede ver. A la loca de la Matabrune (sic) , tampoco, al Acosta Martínez ni agua dice, al Carrillo que es chisgarabís y así va pasando la nómina, Melchor, Jesús, Bustamante, Castilla y todos los demás como trocitos secos de carne picada (otro apodo del Quijote).

Me pone la cabeza como una olla de chicharrones. Mientras sigue con la trituradora en marcha, me evado pensando en obras dignas de esta Isla. "Defensa de Atila frente a los iconoclastas" , "Reflexiones sobre los movimientos cárstico de la sepia en aguas del Sancti Petri", o en la Semiótica de los Envenenamientos, de Pierguin de Gombloux. Ya, os puedo asegurar que ni lo oigo. Similia, similia curantur. Y sí veo que Elena Matabrune me está llamando. No sé si decirle que estoy de vacaciones con Caraculiandros, neoetimología, en la Isla de las Especias o decirle a la alcaldesa de todos los isleños, aunque ella no lo vea así, por ¿trazabilidad política?, que proponga ya la calle para el doctor don Juan García Cubillana, tan deseada por muchos, recordándole que aquí, el Coronel sí tiene quien le escriba y no como en Macondo, otro nombre insular para ferias sin ferias. Que no está la cosa para tirar cohetes.

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