Balas de plata
Montiel de Arnáiz
Feliz Carnaval
Al principio eran sólo unos días en que tus padres te disfrazaban y salías a pasear por el entorno de la plaza del rey. Había cabalgatas, la de carnaval, la del humor. Posabas para fotografías eternas en la escalinata del viejo ayuntamiento, amarillo sin pintar. Te comías el mundo porque el personaje que encarnabas era el más poderoso de todo él. A veces, en la televisión, aparecía una chirigota y tu padre se reía, reconociendo la genialidad. Pero no ibas al teatro, ni salías en agrupaciones, como tu primo; ni siquiera en el colegio. Ni tienes arte, ni sabes tocar la guitarra.
Son dos superpoderes fundamentales para ligar cuando la adolescencia te embardurna. Y más allá. No había libros sobre carnaval, entonces.
Luego, un día, vas un viernes a Cádiz. Infinidad de gente disfrazada, cantando, bebiendo, fumando. No es tu rollo. Tampoco lo era, entonces, el rock. Pero te buscas la vida, usas un chaquetón del revés, con los forros rojos de un color intenso, dos coloretes pintarrajeados y el pelo encrespado con gomina, y te vas con tu hermana y sus amigas a patearte la ciudad. La polaca es muy católica, me dicen; la alemana se emborracha. Me parece que había una asiática.
Todos se pintan y visten de cualquier manera y se gaditanizan.
Con el tiempo, te introduces un poco más. No eres de pestiñás, ni ostionás, ni de aglomeraciones en general. Tampoco te gustan los coros ni sus carruseles. Sobre todo, las agrupaciones que te hacen reír, las que critican con ironía o a pecho descubierto, el Selu, el Yuyu, el Morera, Joselito, Carlos Meni, los niños, el Cascana, Jose Mari, el Gago. Te invitan al teatro y vas. Son noches frías de enero y febrero, a veces llueve. Chaquetones de raso, bufandas, vientres descompuestos. El sueño. Si la función no invita, entra mucho sueño. Las preliminares. Y un jueves, vas a las callejuelas a ver la chirigota del parchís y te divierten mucho. Te quedas con ganas de más, pero el tiempo vuela. Y cada vez tienes menos alas.
Una noche de hospital, de infame recuerdo. Acompañante de alguien a quien quieres, pero sin cama. El ánimo bajo, pero disimulado. Y con el poco 4g que consigues reunir, te conectas a la conexión de la radio donde aun escuchas a Manzorro, bonhomía vejeriega, y consigues arrancar una sonrisa de la enferma. Como la vez -no hace tanto- que escuchaste el resultado del concurso a las nueve de la mañana, camino de un partido en Sanlúcar, pleno de café en las venas.
Ayer empezó un nuevo año de carnaval, que para mí tiene su principio en el inicio del concurso del Teatro Falla. Y volverán los recuerdos, las sonrisas y las lágrimas, como preludio de la semana de recogimiento e incienso. Disfrutemos de su frescura, de la libertad, y del arte. Dentro y fuera del concurso. En nuestros corazones. Feliz carnaval a todos.
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