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"Uy, mi casa es mejor que la suya, dónde va a parar. Y no lo digo yo, que lo dijo él un día que vino a visitar mi casa y dijo: esto sí que es una gran casa". Carmen, que arrastra su carrito de la compra este jueves huracanado de finales de noviembre, es la vecina de Alfonso Díez, el viudo de la duquesa de Alba, aunque al vecino se le veía poco y a la duquesa, nada. "Yo nunca la he visto por aquí y con ese escalón en la entrada no creo que fuera el lugar más cómodo para ella".
Uno se adentra en la calle Santa Ana, en pleno centro de Sanlúcar de Barrameda, buscando el palacete anunciado por la prensa de corazón, la casa aristocrática que, decían, la duquesa le regaló a su flamante marido como obsequio de bodas. En Sanlúcar, lugar de recreo de adinerados sevillanos y jerezanos a principios de siglo, con tradición de sangre azul, donde residía la duquesa de Medina Sidonia, otra grande de España, hay muchos palacetes. En la calle Santa Ana, ninguno.
La casa de Alfonso Díez no tiene ninguna señal de ostentación exterior que pudiera hacer pensar que pertenece al último hombre que acompañó a Cayetana Fitz Stuart James, una de las grandes fortunas del país y la mayor terrateniente del suelo patrio. Al lado de una asesoría que se dedica a la gestión de impuestos, incluido el que grava duramente en Andalucía las herencias, está el portal sobrio y una fachada no muy grande perfectamente encalada. La balconada con sus rejas da a la casa de enfrente. Esas son las vistas. Bajo de Guía y el coto de Doñana están a un paseo, a más de 700 metros. "Lo que me han dicho es que por dentro ha puesto la casa muy bonita", explica Carmen.
Díez se lo ha trabajado. Desde que adquirió la casa, sus visitas han sido continuas, acompañado de un gran amigo de la familia, Diego Noguera, el arquitecto sevillano autor de la reforma de este inmueble con estructura clásica de casa de vecinos. Noguera, al que la prensa de corazón relaciona con Eugenia Martínez de Irujo, la hija pequeña de la duquesa de Alba, ha rehabilitado las dos plantas de estos 200 metros cuadrados que se reparten en seis habitaciones y un patio central con montera.
Sobre quién compró la casa se ha montado unos de esos pequeños debates que salpican la información rosa. Díez asegura que fue él el que pidió la hipoteca y él que la paga con su dinero. Otros dicen que fue la propia duquesa como un modo de dejarle algo a quien no heredaría nada, según se acordó con sus hijos para que bendijeran el enlace. Sea como fuere, no fue esta casita, "casa de pueblo", como la define su propietario, causa de fricción en la familia. El funcionario Díez, pese a su extraña boda con una octogenaria, se ganó pronto a los hijos por su discreción, por no decir nunca una palabra más alta que otra. Así lo definen sus vecinos de Sanlúcar: "Un hombre de una extrema amabilidad, muy muy educado y caballeroso".
"No sabemos quién compró la casa, pero a Kiko y a sus hermanas les tocó la lotería, vendieron en el momento justo, cuando nadie compraba". Kiko y sus hermanas eran los cinco herederos de la casita de Santa Ana. Allí pasaron su infancia. Cuando la casa se quedó vacía, hace unos cinco aaños, la pusieron a la venta en pleno estallido de la burbuja. Que Alfonso Díez se fijara en la casa y aceptara el precio de salida, unos 450.000 euros, es a lo que se refieren Santi y Meli, que son los encargados ahora de un lugar con solera, la peña La Taurina, una tasca de la calle Santa Ana, con que les tocó la lotería.Han seguido divertidos el pequeño culebrón de la casa de Sanlúcar del marido de la duquesa: "Salían en las revistas fotos del palacete, como llamaban a la casita, y nosotros decíamos pero cómo va a a ser si las cubas aún están dentro".
La Taurina está a unos pocos metros de la casa de Alfonso Díez. Es un museo de la tauromaquia. Lo abrió hace 50 años el novillero Juan Enríquez, que se codeaba con todas las figuras de la época. S i un torero tenía corrida en Sanlúcar, era obligada la visita a La Taurina. Empapelado de carteles taurinos históricos, destaca aquél en el que se da cuenta, en 1940, de la alternativa de Pepe Luis Vázquez, el gran amor de juventud de la duquesa de Alba. Pero ni la duquesa de Alba ni Alfonso Díez pisaron este lugar.
Para seguir el rastro del matrimonio hay que acudir a Casa Bigote, el restaurante más célebre de Bajo de Guía. En este lugar es en el único donde la duquesa se dejaba ver en Sanlúcar. Acompañada de su marido, a veces de alguno de sus hijos u otros amigos, siempre se sentaba en el mismo sitio, bajo un azulejo que anunciaba una antigua ruta fluvial en barcos de ruedas entre Sevilla y Sanlúcar. "Comía poco, un guisito de pescado y, bueno, no faltaban en la mesa los langostinos ni la manzanilla". Ahora a Casa Bigote vendrá solo Alfonso Díez, en su retiro, en su refugio.
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