La opinión de Soco López: Poooo, po, popó
Contrapunto y aparte
Terminadas las preliminares, el concurso vuelve a dejarnos una estampa conocida: la de una abrumadora mayoría de señoros autores desplegando su muestrario viril, rebosante de testosterona, al ritmo del 3x4. El ingenio testicular no descansa. No hay sesión sin que afloren los chistes de entrepierna, el miembro erigido en medida universal de la gracia, el humor entendido como ostentación anatómica envuelta en doble sentido. Nada nuevo entre bambalinas: el único norte posible sigue siendo su propio ombligo.
Y es que aquí, el falocentrismo se retroalimenta año tras año, reproduciendo los patrones clásicos del patriarcado incluso cuando aparenta parodiarlos. El envoltorio puede ser un simple cuplé de pelo -otro más- pero en su interior suele esconderse la autoridad, la centralidad varonil y la disposición sexual permanentemente exhibida. El psicoanalista francés Jacques Lacan hablaba del significado social del falo. No es carne, es poder. La reafirmación de que el discurso sigue perteneciendo a quien presume del símbolo, y en el concurso hay quien camina ya encorvado de tanto mirarse la bragueta. A Lacan solo le faltó ser de la calle Pasquín para merecerse su estrella en la puerta del Falla porque nadie jamás inspiró más letras sin haber escrito una copla, ni probablemente haber pisado Cádiz.
Las alusiones humorísticas al tamaño del miembro y al potencial sexual masculino son tan frecuentes que darían para un concurso específico. Los ejemplos nos desbordan como una borrasca de finales de enero. Desde el autor de culto que convirtió la Torre de Preferencia en su marca personal, hasta la chirigota que tomó la parte por el todo y, en una sinécdoque falocéntrica, salió disfrazada de pene con todos sus avíos. En medio, cabe todo lo que se pueda imaginar sobre tamaños, rendimientos y potencias acompañadas de la gestualidad que sea necesaria para que a nadie se le escape que aquí lo que se está midiendo no es el ingenio, sino la hombría.
Por eso, cuando reaparece el debate sobre los límites del humor, conviene aclarar que aquí nadie viene a poner bozales ni a sacar la tijera en un alarde de catecismo deluxe a lo Tamara Falcó. No se trata de restringir la libertad creativa, sino de revisar un humor que, más que libre, es simplemente cómodo. Sacudir la naftalina a los repertorios no empobrece el concurso, lo ensancha liberándolo de estereotipos para que el ingenio no dependa de repetir el mismo chiste de siempre con distinto disfraz. La pista no es nueva. Ya lo avisaban Las Viudas hace 32 años: el concurso huele a “Poooo, po, popó. Poooo, po, popó”.
Temas relacionados
No hay comentarios