Réquiem por mis amigas
Doña Cuaresma
Cada vez me siento más cansada. Llevo en esta columna desde los 90 (y ya era vieja) predicando en el desierto, como San Juan Bautista. Pocos me hacen caso y mis sermones no han servido para librar a esta ciudad de la barbarie carnavalesca. Todo ha ido a peor. Hace tres décadas criticaba a los carnavaleros por sus patéticas coplas y sus lamentables comportamientos. A todo eso se ha unido hoy la desfachatez de sus coplas bordes y la proliferación de temas contra la Santa Madre Iglesia. Mofas y burlas a Jesucristo y ¡a Dios mismo! Arderán en el infierno, pero a ellos no les importa. Ni a casi nadie, porque en esta ciudad quedan pocas personas como yo. Se han ido muriendo todas mis amigas, fervorosas defensoras de la fe, y sus descendientes ya no se toman la religión y el decoro tan a pecho. La nieta de mi querida Eudovigis sale en una comparsa juvenil. Si la viera su abuela se cortaría las venas con el filo del boletín del Obispado. Al bautizo de una sobrina de mi añorada amiga Caridad fue a cantar un trío de aguardentosos. Desde el cielo estará llorando y secándose las lágrimas con la túnica de San Pedro. La hija de mi compañera de clase Apolonia sale en un coro mixto, me dicen que muy malo, con su marido, mientras sus hijos se quedan en casa abandonados. Estoy cansada y sola en esta batalla contra los infieles, pero al menos me felicito por no haber tenido descendencia. Me sale un nieto comparsista y me tiro para abajo desde una espadaña de la iglesia del Carmen.
También te puede interesar
