Escondida el primer día de invasión
Doña Cuaresma
El sábado, primer día de la invasión, lo he pasado en casa, recluida. Había hecho la compra el viernes por la mañana para no tener que salir. Una compra frugal, claro está, porque a mi edad me alimento como un jilguero. No me hago tortillas de alpiste por que no sé cómo las voy a digerir. No me gusta comer y lo hago por pura subsistencia. Lo considero un acto impuro y el pecado de la gula no entra en mis planes. Desde mi casa se escucha la prueba de sonido del pregón de ese muchacho de Dos Hermanas. Ya el estruendo es horroroso, no quiero ni pensar cómo será el espectáculo. Parapetada en mi humilde hogar, mientras escucho ‘Las siete palabras’ de Haydn, observo a la turba que va pasando por mi calle. Muchas monjas y curas, qué horror. Tras el visillo me santiguo y deseo que el Señor perdone a esos sacrílegos. Pasa un grupo de jovencitas con falda corta, demasiado corta, disfrazadas de diablesas, todo un clásico. Mientras observo, lamento en lo que ha derivado la especia humana. ¡Cómo es capaz el hombre y la mujer de hacer el rídiculo de esa forma! Me aparto del cierro y me voy al salón a rezar ocho avemarías por todos ellos. Va a empezar el pregón. Me coloco los tapones en los oídos, me tomo una valeriana y espero a que el sueño me abrace. Ojalá me despierte el primer lunes de Cuaresma.
No hay comentarios