Reyes Magos
Cándido y el optimismo. Por Yolanda Vallejo
En este mundo traidor –que decía Campoamor- resulta que nada es verdad ni es mentira sino que depende, al parecer, del cristal con que se mira. Aunque tal y como está el mundo a veces lo mejor es ni mirarlo, y así nos evitamos correr el riesgo de que nos tachen de pesimistas y esas cosas. Tal vez, lo más socorrido y correcto en este tipo de ocasiones es ponerse en la piel de Pollyana, la pava aquella a la que todo le parecía estupendo y maravilloso, o hacer como Cándido, el de Voltaire –aunque no sea muy litúrgicamente correcto hablar de Voltaire en pleno domingo de Ramos- y viajar por la vida con el salvoconducto de las más absoluta de las necedades, la que otorga la ignorancia. Mejor no saber, decimos muchísimas veces. Y por repetirlo, acaba convirtiéndose en dogma de fe. Mejor no saber que hay locos sueltos vestidos de autoridad que son capaces de montarse en un avión y estrellarlo contra una montaña llevándose por delante el optimismo de ciento cincuenta personas alegremente ajenas al drama psicológico –por llamarlo de una manera suave- del majarón que conducía en ese momento sus ilusiones. Mejor no saber lo que esconde la Ley de Seguridad Ciudadana aprobada el pasado jueves y que posiblemente nos hará más seguros, pero también menos ciudadanos, más súbditos. Mejor no saber en qué acaba la ilusión de Susana Díaz y su elenco de artistas baja-rampas y blanqui-verdes una vez que hayan concluido las negociaciones con todos los grupos políticos. Mejor no saber más del fraude de los cursos de formación, ni de los EREs, ni de la contabilidad paralela de Bárcenas, ni de la familia Pujol, ni de la corrupción. Sí, quizá es mejor no saber, como dice mi madre cada vez que pone los informativos. Pero yo me resisto a ese manual del perfecto ingenuo, me resisto a Leibniz, me resisto a Pope, me resisto a ese optimismo de cristovive del todo está bien, todo va a ir mejor, todo es maravilloso y perfecto. Primero, porque no es cierto –le pese a quien le pese- y segundo porque de vez en cuando hay que limpiar a fondo el cristal con el que se miran las cosas. Verá. El sorprendente –para algunos- resultado de las elecciones andaluzas en ciudades como Cádiz ha servido para dos cosas. La primera, para que se terminen las obras interminables del puente –la rotonda, al menos- y para que en menos de una semana hayan llegado a su buzón los multicolores folletos de todas y cada una de las maravillas que nuestro Ayuntamiento hace por nosotros. La segunda, para que un partido político nuevo y sin experiencia de gobierno se sienta tan fortalecido como para medirse sin complejo de David, con quien lleva veinte años en el sillón de San Juan de Dios, invicta porque nadie hasta ahora le ha hecho la menor sombra. Ahí es justamente donde está la cuestión. No en que Ganemos, o Podemos, o como se llamen, nos vaya a llenar la ciudad de comefuegos y malabares –en esta semana he escuchado de todo. No en los palmeros y pelotas que ya mismo están buscando en los chinos un pañuelo palestino y aprendiéndose la Conga del Trasnochador –genial Libi y sus veletas de Cádiz. No. La cuestión está en que por primera vez en muchísimos años, la Alcaldía de Cádiz entra en juego, y no es el PSOE el que la disputa. A los cándidos candidatos les que aún mucho partido por delante. Pero ya saben, unos y otros, que esta vez los equipos sí juegan en la misma liga, y eso lo hace todavía más interesante. Si finalmente la candidata a presidenta de la Junta de Andalucía cede en la negociación con el Partido Popular, se va a ver obligada a respaldar a los alcaldes populares en las próximas elecciones -siempre que sean los más votados y no obtengan mayoría absoluta-, lo que imposibilitaría un previsible pacto entre Por Cádiz Si Se Puede, que se postula como ganador, y los socialistas gaditanos que saben ya de antemano que ellos, aunque quieran, sí que no pueden. Porque es lo que tienen los pactos, que hay que cumplirlos. Así las cosas, veríamos cosas tan absurdas y divertidas como al candidato del PSOE apoyando la investidura de Teófila Martínez como requetealcaldesa de Cádiz. Porque eso sí. El PP parece decidido a que sus siglas pasen a un segundo plano y que sean los candidatos –los alcaldes, dicen ellos- los que protagonicen la campaña electoral. Hacen bien, porque la sombra de Rajoy y sus muchachos es tan alargada que es capaz de dar muy mala sombra a los comicios municipales. Desligar al partido de los candidatos con el cuento aquel de que para los ayuntamientos hay que votar a la persona y no a los partidos políticos, como si aquí las listas fueran abiertas y democráticas. En fin. Es un tiempo nuevo, no me cabe la menor duda. Tan nuevo que más de uno tendrá que leerse el manual de instrucciones para ponerse al día. Así que está bien la cosa. Para cándidos y optimistas se está perfilando el viaje perfecto. Se sabe que vienen curvas, pero podemos subirnos a este avión tranquilamente. Después de todo, no soy tan pesimista, y si le soy sincera, no creo que nos vayamos a estrellar. Es imposible que haya tantos majarones sueltos.
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