Reyes Magos
¿Por qué somos del Atleti?Por Juan Tallón
Las épicas futbolísticas se cuecen siempre sobre una gran victoria, o una victoria imposible, o inesperada, o agónica. Esto es así. No necesita demostración. Tengo razón. Raramente un equipo se vuelve singular sobre una derrota atroz, horrible y bella. Por eso los seguidores del Atlético de Madrid somos, en general, gente rara. Crecimos identificándonos con cierto sentido trágico de la vida. Nos gusta ganar, claro, pero sólo de vez en cuando, para hacer gárgaras con el resultado y quitarnos de la boca, temporalmente, el sabor de la frustración. Nunca podríamos ser de otro equipo. Menos aún si ese equipo posee un gran palmarés, como Madrid o Barcelona, y despierta la pasión de la mayoría. Todos los atléticos, aunque no lo leyésemos, hemos asimilado a Mark Twain y sabemos que cada vez que te encuentras del lado de la mayoría «es tiempo de hacer una pausa y reflexionar». En el fútbol aprendimos que la vida va de perder, caer, levantarse, perder, caer, levantase, ganar, perder, caer, levantarse… En la vida hay una pauta. Esa es otra verdad que se desnuda sola. Y si eres del Atlético la descifras enseguida. Y aprendes muy pronto a levantarte del suelo.
No es fácil ser del Atlético. Todos nosotros, cuando cumplimos siete años, tenemos un tío del Barça o del Real Madrid que el Día de Reyes se presenta en casa con la camiseta oficial de su equipo, y nos la regala convencido de que es esa clase de oferta que un niño de siete años, con mocos, no podrá rechazar. Es su último intento –bochornoso– para que abandones tu obstinación pueril y vacía por ser del Atlético. Pobres. No saben que a menudo el camino correcto parece erróneo al principio. «¿No quieres ganar?», te pregunta cuando te reafirmas en ser rojiblanco, como tu padre, que un día se fue a Madrid, en los años setenta, y extrañaba tanto su pueblo que sólo encontraba consuelo viendo jugar a Pereira, a Panadero, a Leivinha, a Aragonés, a Gárate, a Ayala… Tú te encoges de hombros. Tienes siete años y no entiendes esa obcecación por la victoria que enarbola tu tío. En cambio, no necesitas que nadie te explique por qué hay que ser del Atlético. Lo entiendes, sin más. En el sentido que entiendes a Henry Hill en Uno de los nuestros, de Scorsesse, cuando asegura que para él «ser gánster es muchísimo mejor que ser presidente de los Estados Unidos».
Nadie te pide nunca que seas del Atlético. Es, de alguna manera, una depresión que contraes voluntariamente, feliz. En ocasiones sucede, de hecho, que te piden, cuando aún eres un niño, que no seas del Atlético, como cuando te dicen que no veas Bambi o que no leas a Shopenhauer, para no sufrir. Bah. Chorradas. Tú sabes, y los que son atléticos como tú también, que la infelicidad a veces te hará feliz. Has visto padecer a tu padre y te gustaría sufrir así, con esa fe en el dolor y en que éste pocas veces dura cien años. Ni siquiera cincuenta. Hay en ese achaque cierta apacibilidad. Te acuna. Nunca conviene fiarse de una felicidad prolongada, por otra parte. Recuerdo con lástima al protagonista de El crepúsculo de los dioses, de Billy Wilder. «Yo era guionista –advierte al comienzo de la película–. Mi mayor deseo siempre fue tener piscina. Conseguí la piscina y morí en ella». A eso me refiero. Cuando la felicidad es muy grande, y tus sueños a menudo se cumplen, corres el riesgo de ahogarte en ellos. A veces un minuto de felicidad basta. En nuestro último paseo por el desierto, esperando ganar al Real Madrid, dejamos transcurrir catorce años de derrotas y sed. No hallábamos el momento idóneo para ganar, como si vencer en cualquier partido, fuera de una fecha histórica, fuese un derroche. Acaso nos ocurría lo que a Oscar Levant, que para evitar la felicidad le dio las espaldas al alcohol: «Yo no bebo. No me gusta. Me hace sentir bien», decía. Cuando nos pareció que la hora había llegado, y todo estaba en nuestra contra, ganamos. Quiá. Fue un minuto, pero no tengo que explicar qué clase de minuto. Baste decir que a veces llamo por teléfono a la Federación Española de Fútbol para que me pellizque. Necesito que un empleado me confirme que el resultado, aun después del final del partido, no se ha movido del 1-2.
Un atlético nunca se fía de una buena racha, como si temiese a aquel verso de Rilke, según el cual «la belleza no es sino el principio de lo terrible». Nos resulta difícil no pensar, desde que el ‘Cholo’ Simeone se hizo con el banquillo, y el equipo comenzó a ganar competiciones, que antes o después pagaremos tanta prosperidad. Naturalmente, disfrutamos de ella, pero cuando nos metemos en la cama, y apagamos la luz, es inevitable que temamos a la resaca. Porque hay una tercera verdad en la vida que no hay que explicar: después de la borrachera llega el malestar profundo. Pongamos, pues, que sobrellevamos el éxito con pánico, pues nada causa más pavor que la alteración de una pauta. Y este año, además, ha llegado Villa.
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