Reconstituyentes
Crónicas del retornado
Reconstituyente: [sustancia, medicamento, remedio] Que devuelve al organismo sus condiciones normales de salud, fortaleza y vigor.
Las generaciones de la posguerra, los niños en particular, estaban familiarizadas con anuncios de “reconstituyentes”. Normal, porque las carencias alimentarias eran muchas, lo que ocasionaba anemias, avitaminosis y todo tipo de deficiencias en los organismos de las personas.
En España se pasaba hambre, o, al menos, no se comía lo suficiente y la calidad de los alimentos era bastante discutible.
Los que vivimos aquella época recordamos a nuestras madres, tías y abuelas limpiando unas lentejas que contenían palitroques y piedrecitas, lo mismo que el tabaco racionado, el famoso “flor de andamio”, que solía abundar en astillas de regular tamaño.
Carne había más bien poca y no demasiado buena. Aún recuerdo el día en que mi padre apareció en casa con un producto llamado “ablandacarnes”, creado por la Sección Femenina de Falange, que ablandar, igual ablandaba, pero dotaba a los filetes de un sabor realmente desagradable.
Seguía habiendo cartillas de racionamiento para bastantes artículos y los chistes relacionados con el hambre y la comida eran moneda corriente. ¿O es que no se acuerdan ustedes del Famoso “Carpanta” y de su amigo “Protasio”?
Así que se vendían reconstituyentes de todo tipo, con el objeto optimista de equilibrar tanto desequilibrio.
Unos de éstos eran bien originales, como los vinos quinados con nombre de santo o santa, que ponían unos coloretes estupendos en los rostros infantiles, reconstituían una barbaridad, claro.
Luego estaba el aceite de hígado de bacalao, que sabía a demonios, pero debía de ser sanísimo, y los compuestos de calcio, algo menos desagradables, pero que tal vez no se hubieran hecho tan indispensable, si la alimentación hubiera sido algo mejor.
Por suerte a los españoles siempre nos ha dado por tomarnos a cachondeo casi todo, y ya digo que con la gazuza se hacían muchísimas bromas. La otra cara de la moneda eran los insultos: “tísico”, “muerto de hambre”, “tiñoso”, “piojoso”… No los encontrábamos excesivamente ofensivos, porque eran tan usuales, que apenas molestaban.
Por fin llegaron los americanos, dispuestos a reconstituir a los esmirriados niños españoles con toneladas de leche en polvo, que eran distribuidas en los colegios a la hora del recreo. A mi padre y a otros padres supongo, eso les ponía (valga la redundancia) de bastante mala leche. Es que resultaba lesivo para el patriotismo, la hidalguía o algo por el estilo. Nosotros nos la bebíamos sin entusiasmo excesivo, porque creo que hubiéramos preferido un buen bocadillo de chorizo o de sardinas., pero menos da una piedra.
Este tipo de reconstituyentes parece que se han hecho innecesarios en nuestros días, porque en general y de promedio se come bastante mejor, puntualizo en general y de promedio, porque me temo que queda mucho camino que recorrer.
Pero quiero referirme a otra reconstitución, la reconstitución anual o celebración de los sucesivos cumpleaños de la Constitución Española, que, el lunes de esta semana cumplía nada menos que cuarenta y tres.
Supongo que esta fecha fue acogida con entusiasmo por todas las familias españolas, que dedicaron el puente a comentar con entusiasmo todos y cada uno de los artículos de la Carta Magna:
A ver, Pepito: glósame el artículo 45.
Vale, papá, pero a mi me gusta más el 34.
Es que el 29 es la monda, ¿por qué no abrimos un debate en torno al artículo 29?
¿Qué no? ¿Qué lo que hicieron nuestros conciudadanos fue largarse de puente a la casa de la playa, o a visitar a los tíos del pueblo, o a comerse unos conejos al ajillo en una venta?
¡Vaya decepción!
Ya podían haberse fijado en el entusiasmo con que nuestros políticos celebraban efemérides tan señalada. Pues, tampoco, parece que tampoco.
Los medios de comunicación de cualquier signo político han coincidido en calificar las distintas celebraciones de “descafeinadas”. Se ve que el reconstituirse año tras año ha llegado a causar tedio o cansancio entre poderes y pueblo, y creo que hay sobradas razones para que esto haya sucedido.
La primera de ellas es el uso que han hecho unos y otros de la Constitución, convertida en un elemento inmovilizador, defensivo, cuando fue concebida como norma dinamizadora de la vida política.
Todos se agarran a la Constitución para eludir cualquier cambio en las instituciones o impedir una reflexión profunda sobre la realidad de España.
Este hecho se manifiesta en la negativa de todos a llevar a cabo una reforma a todas luces necesaria
Porque quienes asistimos a la redacción y promulgación de tan alta Norma sabemos de sobra en qué condiciones, bajo qué presiones y con qué acuerdos se llevó a cabo, y también sabemos que las circunstancias han cambiado sustancialmente, lo que obligaría una adaptación inmediata a ellas.
Pero ni es así ni va a ser así. Seguiremos reconstituyendo año tras año en medio de bostezos y miradas de reojo a la bancada vecina del Congreso de los Diputados o del inoperante Senado.
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