"Ser vicario general ocho años me ha dejado alguna cicatriz"
Ciudadanos de Cádiz
Aniversario. Domínguez Leonsegui cumple este año treinta desde que se ordenó sacerdote, para lo cual abandonó los estudios de Medicina, "con las mismas ganas de trabajar por la Iglesia"
CON una audioguía visitando la Catedral encontramos a su máximo guardián, su principal representante, Guillermo Domínguez Leonsegui. "Siempre se aprende algo nuevo ", responde a nuestra llegada. En el interior del primer templo, del que es deán, desarrollamos esta entrevista que repasa la trayectoria pastoral y humana de este sacerdote que cumple treinta años de ministerio y que llegó a ser la mano derecha del obispo Ceballos hasta su marcha y la llegada de Zornoza.
-¿Cómo termina un estudiante de Medicina metido a cura?
-En la facultad ya entré con la idea de entrar en el Seminario. Esa es una decisión que se va madurando y que con ayuda del director espiritual se va orientando. Allí conocí a Óscar González Esparragosa y a otro joven que era de la provincia y tenía las mismas inquietudes que nosotros, aunque al final no se hizo cura creo.
-¿A quién debe su vocación?
-La inquietud fundalmente nace en la adolescencia por el ejemplo de algunos sacerdotes que conocía.
-Empezó haciendo Medicina, lo dejó por el Seminario y al final terminó haciendo Derecho, ¿por qué ese cambio?
-Cuando acabé los estudios del Seminario en Sevilla tenía veintitrés años, y entonces hasta los veinticinco no se podía recibir la ordenación sacerdotal. Entonces el obispo (Dorado) vio oportuno que ampliara estudios y me manifestó la necesidad que había en la diócesis de tener algún canonista. Yo acogí ese deseo del obispo y estudié Derecho, aunque él me dejó libertad para elegir la materia que yo hubiera querido.
-¿Y la Medicina entonces?
-Siempre fue la opción que barajaba si no hubiera ido al Seminario. Pero al final las cosas fueron por otros caminos.
-¿Qué queda de aquel joven recién salido del Seminario que se enfrenta a su primera encomienda como sacerdote?
-Pues queda casi todo, en cuanto se refiere uno a la ilusión por el ministerio sacerdotal, por el contacto con los fieles y con la gente… Eso sí, ya con la ponderación que te dan treinta años de experiencia ministerial. Pero me siento con las mismas ganas de entonces de trabajar por la Iglesia.
-¿Ser vicario general marca la 'carrera' de un cura?
-Sí. Te da la oportunidad de tener una visión completa de la vida de una diócesis, en todos sus aspectos. Te hace ser más realista y a la vez más comprensivo. Y, si cabe, te hace mirar a la Iglesia con mayor admiración por la grandeza de la obra que hace. Yo creo que todo lo que la Iglesia hace no se sabe, muchas veces no lo sabe ni el propio sacerdote que está en un ministerio momentáneo, me atrevo a decir.
-¿Qué balance hace, por tanto, de esa etapa como vicario general?
-El balance fue positivo porque adquirí un conocimiento. Pero reconozco que hay muchos disgustos y sinsabores porque tienes que resolver multitud de imprevistos, de conflictos, en los que además no tienes la última palabra; sino que eres el colaborador más inmediato del obispo y tienes que saber asesorarlo de manera que la decisión del obispo sea la más acertada. Al vicario le toca recoger la información para que después el obispo la reciba, y tiene que saber transmitirla. Fueron ocho años muy intensos que por supuesto me han marcado y me han enriquecido, aunque también me han dejado alguna cicatriz.
-Uno de los episodios posiblemente más tensos de su etapa fue toda la negociación en torno al Oratorio y el rechazo que la posible desacralización obtuvo incluso dentro de la propia Iglesia. ¿Cómo vivió todo aquello?
-La conmemoración del Bicentenario de la Constitución, al ser la Iglesia propietaria del Oratorio, nos colocó en el centro de muchos intereses y por ello nos tocó lidiar con diferentes sectores políticos y sociales, que cada uno iba buscando sus propios intereses. La Iglesia lo que quería era que el Oratorio fuera referente desde la Iglesia para toda la ciudad, sin ningún tipo de identificación ni distinción. Yo entiendo que la negociación terminó bien. De hecho, el Oratorio se restauró íntegramente, con una inversión que la Iglesia jamás hubiera podido asumir. Y hay que reconocer que se le dio al Oratorio y a Cádiz una proyección internacional enorme, que todavía hoy sigue, aunque quizás sí creo que se podría fomentar algo más.
-Con la llegada Zornoza quedó usted relevado como vicario. ¿Cuál es su relación con el obispo actual?
-Él tomó posesión en octubre de 2011 y con él estuve dos cursos como vicario. Luego, como es normal en todos sitios, cuando ya conoció con detalle la realidad diocesana, constituyó su nuevo equipo de colaboradores, como hacen todos los obispos. Desde entonces, nuestra relación es cordial.
-¿Está cambiando algo o le está aportando algo nuevo Zornoza a la Iglesia de Cádiz?
-La preocupación clara está orientada hacia la Nueva Evangelización, como pide la Santa Sede a los obispos. Ya el Papa Benedicto XVI declaró el Año de la Fe porque hay un declive de la fe en Europa, eso es una realidad. Don Rafael desde su experiencia como sacerdote en Madrid y luego como obispo auxiliar en Getafe, conocía una serie de actividades y de movimientos que se dedican especialmente a esto de la Nueva Evangelizacón y los está trayendo a Cádiz, donde ya se están viendo los primeros frutos.
-Casi a la par que la Vicaría General, cambió usted la Catedral Vieja por una parroquia en la Barriada de la Paz. ¿Cómo es la vida de párroco allí?
-No hay tanta diferencia. Salvo el edificio, que cuidar de la Catedral Vieja requiere mucha dedicación, la realidad pastoral es parecida a la que había en El Pópulo. No he notado en ese sentido una diferencia fuerte. Sí reconozco que fui yo el que le pidió al obispo una iglesia que mantenerla no me ocupara tanta dedicación, porque ya venía de Santa Cruz y quería dedicarme más a la actividad pastoral de la gente. Además, ya tenía que cuidar de la Catedral, y del Oratorio de la Santa Cueva, donde también soy rector.
-¿Y es difícil compaginar el cargo de deán con una parroquia?
-Se lleva bien, porque afortunadamente tengo muy buenos colaboradores en ambos lugares. En la parroquia hay un grupo excelente de laicos colaboradores y en la Catedral evidentemente no estoy solo, sino que está todo el Cabildo, en el que me apoyo continuamente.
-Están colocando ustedes la Catedral en la vanguardia del turismo en la ciudad. ¿A qué se debe esa apuesta decidida del Cabildo por el turismo?
-Nos dimos cuenta de que Cádiz es una ciudad eminentemente turística. Al principio, quizás los horarios no estaban ajustados, ni disponíamos de un servicio de información en la Catedral -porque no se trata solo de entrar en la Catedral, sino de conocer la historia, el edificio y, a través de él, la historia de Cádiz-. Así que fuimos conociendo otras catedrales que ya tenían esos servicios más elaborados. Y finalmente, en un encuentro de la Conferencia Episcopal Española sobre Patrimonio al que fuimos varios canónigos, conocimos a la empresa Artisplendore y le pedimos un proyecto. Ahí empezó nuestra relación, que sin lugar a dudas creo que es más que positiva.
-A través de esta experiencia en la Catedral, o de la que ha atesorado como vicario general, ¿cuál diría que es el papel de la Iglesia en la sociedad o cuál debería ser?
-Cádiz se puede considerar una ciudad religiosa, a su manera. Y eso se ve sobre todo en sus manifestaciones públicas. La Iglesia lo que pretende ser es fermento en la masa. Y, por tanto, el papel de la Iglesia debe ser aprovechar su influencia en las personas para constituir una sociedad más justa, fraterna y solidaria. Y recordar continuamente su mensaje de que el hombre está llamado al encuentro definitivo con Dios, donde alcanzará su plenitud; si olvidamos esa meta, el horizonte del hombre queda totalmente mutilado.
-¿Y se le reconoce ese papel hoy en día?
-La Iglesia, por su larga historia, tiene sus luces y sus sombras. Pero honestamente creo que el balance a favor de la humanidad es muchísimo más favorable. Y sin embargo entiendo que, injustamente, a veces se sacan de contexto algunas cosas para trasladar una imagen que no es la auténtica. El servicio de la Iglesia a la humanidad y a los pobres a través de los siglos y actualmente no admite parangón con ninguna otra entidad en el mundo, a pesar de sus errores.
-Ha desarrollado usted su vida sacerdotal, por ahora, con los obispos Dorado, Ceballos y ahora Zornoza, ¿qué destacaría de cada uno?
-Para Dorado, siempre mi gratitud porque me admitió en el Seminario, me ordenó y me manifestó siempre una amistad muy sincera. De Ceballos valoro siempre la gran confianza que tuvo en mí y el ejemplo que me dio en todo momento de hombre de Dios, incapaz de hacer daño a nadie y de una humildad ejemplar. Y de Don Rafael me admira su vitalidad apostólica y su deseo de llegar a todos, especialmente a las familias y los jóvenes.
1 Comentario