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Orden de actuación de la tercera sesión de preliminares

Del ultramarinos a la inmortalidad

El Faro cumplió ayer medio siglo de vida Mayte, Fernando y José Manuel Córdoba realizaron un emotivo homenaje a sus padres, Gonzalo y Pepi, los pilares del templo viñero del buen comer

El interior de la nueva carta es un cómic con escenas de la historia del restaurante.
Pedro M. Espinosa Cádiz

26 de abril 2014 - 01:00

Hace medio siglo Gonzalo y Pepi decidieron trasladar su modesto ultramarinos viñero a una esquina de la calle San Félix. La Viña era entonces un barrio a medio camino entre lo deprimido y lo pinturero donde nadie se atrevía a poner un velador en las calles para servir los frutos caleteros, el pescaíto frito, los guisos marineros, pescados que para los nacidos más allá de Puertas de Tierra carecían de nombre y para elegirlos tenían que señalarlos con el dedo, como decía García Márquez en su prehistórico y bendito Macondo. En 1964, la hostelería gaditana aún estaba en la oscuridad, casi saliendo de una postguerra larga y aterradora, lúgubre y que ajustaba cuentas con los que no levantaban el brazo derecho para decir hola qué tal. Pero en La Viña, a la espalda de La Palma, un valiente de frente despejada, cabezota de nacimiento, decidió pedir un millón de pesetas de la época, un kilo en billetes verdes, de los que sólo repartían los programas de televisión de la época, para demostrarle a España entera que desde Cádiz se podía exportar alta cocina sin platos de pitiminí, formando una gran familia y a la luz de un nombre reverencial: El Faro.

El Faro de Cádiz, ese restaurante que despierta la codicia de las papilas gustativas, fue ayer testigo de un homenaje en vida a su creador, a Gonzalo, que con 80 años aún emociona cuando habla pausado, sabio, flojito, como los grandes hombres. Lo hizo escoltado por su mejor legado, por sus hijos, por Fernando, gran maestre de la orden de los Córdoba; por José Manuel, el incansable vigía de la modernidad; por Mayte, la heredera de las llaves de la casa madre, de la constancia que los hizo grandes.

El Faro cumplió ayer medio siglo con la familia Córdoba, y cuando cuando digo familia no sólo me refiero a los que comparten apellidos, sino a personas que han formado parte de sus vidas, como Diego Daza, el capitán de esa maravilla que es su barra y que incluso ha inspirado su carta, realizada por los artistas Iñaki y Ricardo (Fritz), en la que se muestra de manera divertida la dilatada historia del restaurante; como Paco Marente, uno de sus metres, David, uno de los camareros más simpáticos que Cádiz haya conocido, casi pariente lejano de una estrella del mejor Manchester United, o Ricardo. Todos ellos se reunieron, junto a clientes de toda la vida, para celebrar esos 50 años ofreciendo calidad y experiencias desde que Gonzalo y Pepi decidieran trasladarse desde El Pasiego a esa esquina de San Félix que ya casi ha trasmutado su nombre para ser simplemente la esquina de El Faro.

Ayer, en una improvisada tarima, se sucedieron los agrecedimientos. A los clientes de toda la vida, muchos de ellos invitados para la ocasión, a su personal, a la familia Garrido, que avaló 700.000 pesetas de la época para que Gonzalo pudiera ver cumplido su sueño de abrir un restaurante en La Viña, a Nicolás Lucero, que le prestó a Gonzalo sillas y mesas para poner la primera terraza que se recuerda en el barrio de pescadores, antesala de lo que hoy día es la calle de La Palma, a los nietos de Gonzalo, que se preparan concienzudamente para continuar con el negocio. "Porque el secreto de El Faro es el cariño, que es lo que más necesita la gente que viene", dijo Gonzalo en su intervención, en la que, entre sonrisas socarronas, dijo que no sabía como había podido tener seis hijos cuando llegaba de trabajar a las tres de la mañana y se levantaba a las seis para ir a Sanlúcar a comprar el mejor marisco. "En el camino te dejas cosas, pero a lo hecho, pecho. Siempre tuve claro que quería dejar a mis hijos lo que yo no tuve. Mi padre siempre decía que estaba contento de que sus hijos fueran personas. ¿Sabes lo que es eso? Pues ni más ni menos que lo contrario a lo que es una mala persona. Y yo, con mis hijos lo he conseguido".

Y así, mientras Gonzalo nos hacía volver a su juventud, cuando dormía entre garbanzos y habichuelas en sacos de arpillera de la trastienda de un montañés, donde aprendió que si ganas dos pesetas hay que invertir una en el negocio, para que siga siendo un buen negocio, compartimos un momento delicioso, no sólo por las viandas, que también, sino porque estar en El Faro es como estar dentro de la historia de Cádiz, de la historia del barrio de la Viña, como formar parte de una familia que lleva por apellido Córdoba pero que es más gaditana que el faro que alumbra La Caleta. El mismo que da nombre a su casa. A la casa de cualquiera que cruza esa puerta de la calle San Félix.

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